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Punk: una revuelta cultural que cumple medio siglo

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VALÈNCIA. El punk ya tiene edad suficiente como para ser materia de estudio universitario o para ser tema de exposición en museos. La intención de los grupos que tuvieron que ver con aquello –Sex Pistols, The Clash, Damned, Buzzcocks...- no era esta, pero el tiempo ya nos ha hecho saber que el rock & roll y sus adeptos pecamos de ser demasiado inocentes. Cuando se es joven no se piensa ni en la vejez ni en la muerte y el rock & roll era la música de los jóvenes. Ocurrió que se hizo mayor enseguida, por eso en 1976, el rock ya era una cosa para gente mayor. De un berrido, el punk lo devolvió a la casilla de salida y allí se quedó un par de años; luego, todo siguió como siempre, pero con una nueva vía abierta que estuvo generando cambios y nuevos subestilos durante los tres o cuatro años siguientes. Aquello, el punk, no fue cualquier cosa. Para la gente que aún no había cumplido los 20 en 1963, los Beatles marcaron la línea divisoria entre el ser o no ser. Para quienes atravesaban la adolescencia en 1972, descubrir a Bowie significaba que ya no había posibilidad de regresar a una visión convencional del mundo. En 1976, cualquier joven británico que no hubiese tenido la fortuna de nacer en el seno de una familia acomodada, sabía que su derecho a prosperar estaba boicoteado por el sistema. Que surgiera una generación de bandas de sonido grosero que invitara a escupirle a la cara al mundo que no había futuro, eso también marcó una línea divisoria.

Se cumple medio siglo desde el nacimiento del punk y a los que nos pilló de lleno la onda expansiva de Ramones, Generation X o Siouxsie nos ronda la nostalgia. Nos gustaría que aquel espíritu de rebelión fuese el que le plantara cara a Trump, a Ayuso, a Vox, al racismo, al clasismo. Es entonces hay que recordar ese principio físico que dice que la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Esa rebelión tiene ahora otra voz, otra edad, otro acento, otro idioma. El punk que diseñaron Vivienne Westwood y Malcolm McLaren en la tienda SEX ya es como tantas otras cosas que hoy pertenecen a la historia. De la misma manera que no serviría de nada intentar fundar un nuevo dadaísmo u otra internacional situacionista, tampoco resultaría muy útil empeñarse en revivir el punk. Uno puede sentirse punk cuando escucha Anarchy In The UK, emocionarse con lo repelente que resultaba Johnny Rotten, vibrar al revivir la audacia que fue todo aquello. Y te haces con la enésima reedición nosecuantos aniversario de Never Mind The Bollocks o Damned Damned Damned, con vinilos de colores recién prensados de cualquiera de aquellos gloriosos discos aparecidos entre 1976 y 1978. Y sigues teniendo la edad que tienes, y el punk también. Y el que le toca las narices al lado oscuro de la fuerza no es Joe Strummer, es Bad Bunny.

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Es inevitable volver a vibrar con aquello, qué bueno que así sea. Pero nada de eso tiene efecto ya en nuestra sociedad, ni siquiera durante un instante fugaz, que es lo que fueron aquellos meses de 1976 y 1977, cuando los Pistols salieron en un programa de televisión de máxima audiencia y en menos de cinco minutos cabrearon a un país entero con sus palabrotas y su actitud chulesca. En el pop, las epifanías llegan siempre a través de momentos fugaces, irrepetibles. Elvis en 1956. Rolling Stones en 1967. T-Rex en 1972. Kraftwerk en 1978. Soft Cell en 1981. New Order en 1985. Pixies en 1989. Nirvana en 1991. Etc. Es resplandor que ciega y que llega acompañado de un sonido que hace temblar el suelo tiene una vida limitada, aunque su impacto perdure durante años y años. El punk fue parte de todo eso. Johnny Rotten mirando a cámara con un rictus aterrador mientras increpaba a Su Majestad. Jordan con su tupé y sus ojos pintados como un mapache colgando camisetas con diseños obscenos en las paredes de SEX. Titulares alarmistas en los periódicos ingleses (y también en algunas publicaciones españolas), reportaje a pie de calle con reportero preguntándole a la gente de pie qué opinaban de aquella moda tan fea, preguntándole a los culpables de aquella moda por qué se ponían imperdibles en la cara y collares de perro en el cuello.

El quincuagésimo aniversario del punk lo celebramos, sobre todo, señoras y señores que ya hemos sobrepasado los sesenta. En mi caso, con la dosis imprescindible de nostalgia y la enorme alegría de haber vivido aquello aunque fuera desde la distancia. Agradecido de que ocurriera justo en el momento –mis 14 años- en el que empezaba a preocuparme por no acabar de encajar del todo en ninguna parte. Me habría gustado poder vestirme como los punks ingleses de las revistas, pero en 1977, en el barrio de l’Olivereta, esa opción no era en absoluto viable. Tampoco sé si me habría atrevido a ponerme algo más que unas gafas oscuras y una camiseta de colores chillones. El problema de los aspirantes a punk españoles era que no había donde hacerse con la indumentaria, a no ser que viajaras a Londres o París. Gracias a mis malas notas de estudiante –uno de los varios motivos por los que no tenía más remedio que identificarme con el punk-, ese nunca fue mi caso. Tendrían que pasar algunos años para que mi ropa fuera mi reflejo, y cuando lo conseguí, lo que se estilaba era ser nuevo romántico, que tampoco estaba mal.

Después de medio siglo dando tumbos, el vocablo punk se ha convertido en un adjetivo más. La gente lo usa para nombrar su manera de cabrearse. Llevarle la contraria a alguien puede ser sinónimo de ser punk. Ser maleducado y grosero porque sí, porque no sabes ser de otra manera, también. Consecuencias del uso y desuso de una palabra anglosajona aceptada por la RAE cuyo significado original se va pervirtiendo. Decía Kim Gordon que “el punk es de las mujeres porque somos anarquistas”. Yo añadiría además que el punk es de todo aquel individuo que se sienta marginado. Por su familia, por la sociedad, por sus preferencias sexuales. Cualquier que piense que ser punk consiste reivindicar a Franco o la instauración de una dictadura, no es punk, es ignorante. Es, en definitiva, parte de aquello que propició que existiera aquel fenómeno llamado punk.

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