Libros y cómic

LA LIBRERÍA

Máscaras femeninas y espíritus inquietantes de Fumiko Enchi

Chai Editora publica esta novela que retrata las profundidades y las superficies humanas cuando nuestras vidas se cruzan más de lo que desearíamos con aquellos a quienes queremos y aquellos a quien amamos

  • Fotograma de la película Los cuentos de la luna pálida
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VALÈNCIA. Existe una sensación muy particular que es el resultado de abrir un libro de una autora japonesa al aire libre en una primavera que se ha resistido en aparecer, y que al pasar las páginas se eleve el aroma vainilla de la literatura y se entrevere con una reminiscencia a combustión en la brisa, pero no la propia de las fiestas de marzo en estas tierras, sino producto de otras cosas. Tal combinación detona un recuerdo: estar leyendo en el parque de Viveros Kitchen de Banana Yoshimoto, y después Sueño profundo, y después Azul casi transparente de Ryū Murakami, en ese orden. Las imágenes de aquellas lecturas se manifiestan tras las pupilas como espectros de épocas pasadas muy placenteras: éramos felices y sí lo sabíamos. A esa sensación tan concreta uno desearía ponerle un nombre, y quizás lo haga. La evocación sensorial se completa con un cosquilleo en la nuca y el espinazo, de esos que se atribuyen a la incomodidad, la nostalgia, la mirada fija de un desconocido fuera de nuestro campo visual o la presencia de un ente sobrenatural en las inmediaciones. Es posible que entonces, en aquel jardín junto a la universidad, hubiese un poco de todo eso simultáneamente.

  • Máscaras femeninas, de Fumiko Enchi (Chai Editora) -

Las relaciones humanas tienden a enredarse en forma de trenzas. A veces se deshacen los nudos, a veces se cortan. Es una verdad prosaica: a poco que se viva, se comprueba. Una verdad que salta por encima de los principios, las convicciones, los deseos y las aspiraciones. Es, lo que se dice, ley de vida. O de cultura. O de era. Tanto da, porque es. Se ha escrito muchísimo acerca de ello, pero sobre todo, desde ello y de ello. Cambian la trama, los nombres y el contexto, pero el fondo es esencia el mismo. Una batalla sanguinaria del corazón en la que generalmente todos sufren y uno pierde, aunque no siempre sea este el más evidente. Es la historia más antigua de la humanidad, o una de ellas, con toda probabilidad la fuente original del sufrimiento, y de un modo muy tribal y prehistórico queda reflejada hasta en las tablas de la ley de Moisés. Cuando el amor se trenza, da comienzo un ciclo de destrucción. Después, claro, vienen la construcción y la reconstrucción –a cada cual le toca una/su parte–. Máscaras femeninas, de Fumiko Enchi, publicada por Chai Editora con una bella edición y traducción de Matías Chiappe Ippolito, es el relato de este fenómeno y de la fenomenología natural y sobrenatural que lo envuelve.

Dos amigos, Ibuki y Mikame, el primero casado, el segundo no. Una amiga: Yasuko. Ambos están enamorados de ella y ella concede que podría estarlo de ambos, sea lo que sea el amor, que no es algo que admita estandarizaciones, y esa es otra verdad que también se aprende, se quiera o no se quiera. Hay tantos tipos de amor que algunos ni siquiera lo parecen. También participa de esta historia Mieko Togano, madre del difunto Aiko, marido de Yasuko. La literatura japonesa hace gala de una característica virtuosa que es ese halo de realidad irreal que se superpone a los hechos que se narran; una máscara, precisamente, que traduce lo cotidiano en algo diferente sin renunciar a una calma a la que no estamos acostumbrados en otras tradiciones. Las máscaras arquetípicas del teatro nō son en esta novela los protones y neutrones del núcleo en torno al que orbitan los personajes. De ellas obtienen sus títulos las tres partes del libro como tres actos: Ryō no onna, espíritu vengativo de mujer; Masugami, joven mujer enloquecida; Fukai, mujer adulta y profundamente triste:

“Estaba seguro de que Yasuko había estado a su lado en todo momento, pero cuando por fin cerró los ojos, arrastrado por un sueño deslumbrante y un cansancio agradable, mientras reinaba en la habitación una oscuridad sin la luz de la lámpara, se despertó exaltado al sentir una fría cabellera contra el interior de su brazo; corrió entonces la cortina sobre la cama y la luz blanca de la luna menguante se filtró para la ventana para iluminar a su lado un rostro de mujer, con la piel blanca como la nieve y las cejas y pestañas como dibujadas: el rostro compacto de Harume. Ibuki gritó sin poder contenerse y quitó el brazo con el que la abrazaba. El cabello frío y pesado de Harume se deslizó entre sus dedos, y los ojos de ella, despertando del sueño, se levantaron para encontrarse con la mirada del hombre que, con el ceño fruncido en un gesto de asombro, la observaba. Sus labios, pintados del rojo intenso de una camelia, rebosaban sensualidad, y su rostro era exactamente igual a una máscara masugami, de una joven mujer enloquecida, como la que había visto alguna vez en la casa Yakushiji. A pesar de la expresión vívida de alarma en su rostro, no parecía que el miedo la paralizara. Con la mirada perdida en el rostro de Ibuki, que se había apartado de ella tan repentinamente, Harume se limitó a esbozar una sonrisa sensual”.

La escena es terrorífica, igual que lo han sido históricamente los cruces de caminos frecuentados por todo tipo de seres fantásticos, o los cruces de vidas. Por supuesto, Máscaras femeninas esconde mucho más que eso, pero no es menester aquí encender la luz tan rápido para espantar a los fantasmas. Como en las sesiones de espiritismo, suceden muchas cosas y otras tantas entre bambalinas. Vuelan objetos, se escuchan voces con mensajes siniestros, se sienten escalofríos, se sufren miradas, se ponen en tela de juicio testimonios y flota como una centella la venganza prisionera en la habitación.

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