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Lucía Be: "La moda sigue ocupando un lugar muy importante en mi vida"

Madre de cuatro hijos, viuda, empresaria de moda, cantante, pintora, escritora y autora y voz de un pódcast. Incansable y creativa, Lucía Be nos habla de reinvención, de pérdidas, de belleza y de cómo la moda, pese a los cambios y las mudanzas vitales, continúa siendo uno de los ejes que sostienen su universo

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«Perdona que no te coja el teléfono». Es el grupo de Instagram del que más mensajes recibo. Uno al día, como mínimo. «Aquí seguimos, ladies», «Preventa de camiseta Survivir», «Me he dado cuenta de que llevo dramatizando mi vida desde los noventa». Es mi manera de saber de ella, de seguirle el pulso. Incluso estuve a punto de hacer esta entrevista por esa misma red social. Porque ella —como anuncia sin rodeos— no puede coger el teléfono. Y no me extraña: la vida le sucede a una velocidad que apenas deja espacio para el timbre.

Licenciada en Periodismo y con un máster en Ingeniería del Diseño, especialidad en Gráfico, trabajó en televisión y prensa escrita antes de fundar, en 2011, la firma que llevó su nombre, Lucía Be, de la que fue CEO, directora creativa e ilustradora hasta 2023. Autora y voz del pódcast All of Us Are Pringuers en Podimo y escritora de tres libros publicados por Lunwerg Editores (Grupo Planeta), hoy su proyecto más ambicioso es ella misma: «Actualmente, Lucía Be es mi propio nombre como artista multidisciplinar». Y en esa afirmación no hay cierre, sino apertura: una nueva etapa donde la moda sigue ocupando un lugar muy importante en su vida, pero ya no como etiqueta, sino como lenguaje.

— Escritora, cantante, pintora… Hubo un tiempo en el que la moda ocupaba un lugar destacado en tu vida, ¿qué espacio le dedicas ahora?

— La moda fue mi puerta de entrada, pero no tanto por la ropa en sí, sino por todo lo que hay detrás. La moda es industria, es narrativa, diseño, intuición, identidad… Es una forma de leer el mundo.Estudié Periodismo, hice un máster en diseño de producto, trabajé en medios y acabé siendo redactora jefa de una revista de moda. Desde ahí construí mi propia marca. Pero, en realidad, lo que estaba construyendo no era solo ropa, sino una manera de pensar y de contar.

Por eso, aunque ya no desarrollo colecciones como antes, la moda sigue ocupando un lugar muy importante en mi vida. Sigo pensando en términos de marca, de estética, de concepto… Al final, me da igual si estoy haciendo una canción, un cuadro o una camiseta; para mí todo es lo mismo. Es intentar contar algo verdadero y darle una forma que conecte.

— Los lemas de tus camisetas siguen siendo mantras. Conectas con muchas mujeres, ¿a qué crees que se debe?

— Básicamente porque me hablo a mí misma y, al final, yo soy una persona muy normal. No parto de un mensaje hacia fuera, sino de mi propia experiencia. Y, dentro de que cada persona es única, también hay algo muy poco épico, pero muy verdadero: nos pasan cosas bastante parecidas. Nos desbordamos, dudamos, nos venimos arriba, nos caemos… y yo simplemente pongo palabras a eso. No voy de gurú; solo soy una mujer intentando entenderse y compartiendo su proceso. Vivimos en un mundo de mucha pose y sobreexposición, pero, cuando alguien habla desde su verdad sin intentar edulcorarla, se produce una conexión real.

«Vivimos en un mundo de mucha pose y sobreexposición, pero cuando alguien habla desde su verdad sin intentar edulcorarla, se produce una conexión real»

— Te fue genial en la moda online, pero te diste un batacazo con la apertura de la tienda en València. ¿Qué pasó?

— El batacazo no fue ni la tienda física ni la online pues ambas funcionaban muy bien. El batacazo fue más global, de empresa. Y tuvo que ver con algo bastante común en perfiles creativos como el mío: confundir crecer con expandirse y no hacerlo con las personas adecuadas. Cuando delegas la gestión, es fundamental rodearte muy bien. Yo aprendí, a base de realidad, que hay personas en las que confías que pueden querer descapitalizar tu negocio para quedarse con él, básicamente. Fue una época muy compleja, delicada y superexigente, pero también muy clarificadora. Me dejó muy claro cómo quiero trabajar y, sobre todo, cómo no.

Abrir una empresa a gran escala, en cierto modo, era como decir «soy una empresa seria», cuando en realidad yo funciono mejor siendo un poco punk. Me metí en una estructura que no iba conmigo. Fue un golpe durísimo, pero bastante útil. Aun así, cada vez que paso por la esquina de Cirilo Amorós donde estaba la tienda me entra una morriña tremenda. Creo que era la tienda más bonita de la ciudad, con aquel corazón enorme… La gente todavía me escribe, porque añora toda aquella época y todo lo que mi marca representó, y eso también fue muy verdadero.

— ¿Cómo definirías tu moda?

— Para mí la moda tiene capas: es estética, funcional, emocional… Es la herramienta que usamos para presentarnos al mundo, pero también para enfrentarnos a él. Es decidir quién quieres ser ese día, o al menos cómo quieres habitarlo.

Como diseñadora, artista o, incluso, en mi día a día a la hora de vestirme, me relaciono con la moda desde un lugar que no tiene que ver solo con verse bien, sino con quién soy.

La estética me parece importantísima, claro. La belleza tiene algo muy transformador. Pero me interesa sostenerla con algo más: con emoción, con verdad. Y luego, para mí, hay algo clave: tiene que ser divertida. Porque bastante seria es ya la vida como para que también lo sea tu ropa.

— ¿Y la moda de hoy en día?

— Creo que ahora mismo hay bastante confusión entre moda y contenido de moda. Vivimos un momento muy atravesado por la inmediatez, donde el look ha ganado terreno al discurso.

Pero la propia industria está reaccionando a eso. Me parece muy interesante ver cómo grandes marcas están volviendo a poner el foco en la dirección creativa, buscando reconectar con la cultura, la identidad, el contexto o incluso con la contradicción, más allá de la imagen. El ejemplo de Zara trabajando con John Galliano me parece muy revelador. Habla de revisar el pasado, de reescribirlo, de volver a dotar de sentido a algo que se había vuelto demasiado rápido.

El consumidor está cada vez más saturado de looks, de estímulos constantes… También se están desdibujando mucho las fronteras: el fast fashion quiere elevarse, parecer más conceptual, y el lujo, en cambio, busca ser más cercano, más conectado con la calle. Todo está mezclándose. Ahí es donde creo que está el punto interesante ahora mismo. Todavía hay mucho ruido, pero creo que hay una necesidad real de volver al significado, como si la moda estuviera intentando recordarse a sí misma qué era.

— Con una vida tan ajetreada, ¿cómo te llega la inspiración?

— Para mí la inspiración no es algo puntual, sino una forma de estar en el mundo. La vida en sí —y más la vida ajetreada— es una fuente constante de ideas: me inspira el caos, lo cotidiano, una conversación, un bajón, mis hijos… todo.

Pero, en medio de todo eso, cuido muchísimo el silencio. Me retiro bastante, ya sea a través de la meditación, de encuentros con otros artistas o simplemente yéndome a la montaña o al mar. Necesito espacios para conectar conmigo. Esa combinación —el silencio y el caos— es lo que hace que luego la vida diaria se convierta en una fuente constante de estímulo.

El problema no es la falta de inspiración, es el foco. Es abrir mil pestañas y ser capaz de concretar todo eso en algo. Por eso mi verdadera musa es la fecha de entrega. Eso no falla.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 136 (mayo 2026) de la revista Plaza

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