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Los 'Perros de caza' de Borja Navarro y el mal de Almansa

Malas Tierras publica esta novela de narrativa asfixiante, angustiosa y sedimentaria en la que entramos sin aclimatación a la crudeza de un paisaje humano del que cada vez somos más forasteros

  • Borja Navarro
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VALÈNCIA. Tres siglos hace, un poco más, y por estas latitudes valencianas se recuerda todavía el nombre del municipio integrándolo siempre en ese refrán maldito: las siete letras del topónimo, en ese orden, conjuran una derrota histórica y la vergüenza y el dolor de la pérdida de soberanía. Posiblemente a estas alturas del milenio sean muchos quienes conozcan el refrán pero no el trasfondo. El llamado saber popular funciona así: permanecen las ideas como cascarones de un fruto legendario, pasan de mano en mano, de generación en generación, hasta que son el símbolo de un recuerdo que hace ya mucho se deformó hasta desaparecer su significado por completo. En ocasiones, eso sí, con algunos de estos hechos se dan voluntades y esfuerzos que recuperan la idea original, la ponen de nuevo de actualidad, o al menos algo derivado de ella, como el supuesto dire wolf traído de vuelta a la vida recientemente por obra de la ingeniería genética. 

En el caso de lo sucesos locales no históricos, este fenómeno se da con mayor frecuencia allí donde la gente más se conoce, es decir, en sociedades pequeñas en las que el anonimato es un lujo inaccesible y el torrente de estímulos propio de otras realidades no discurre por allí o se secó hace tiempo. También se han secado en estos pueblos en España las vías ferroviarias, la industria y por supuesto las propias personas que los habitan, muertas sin reemplazo y con gran parte de la sangre en la diáspora urbana nacional o extranjera. En muchos de estos lugares la propia historia ha muerto, y lo que queda es un vacío existencial, ruinas y decadencia. Lo que fueron orgullosos polígonos que empleaban no solo al pueblo, sino al territorio circundante, y que incluso atraían migración, ahora languidecen abandonados y siendo pasto de una naturaleza que no hace concesiones ni prisioneros en la nostalgia y la melancolía.

Si hablamos de Almansa, es inevitable recitar aquello de “quan el mal ve d’Almansa, a tots alcança” que lleva arraigado en el refranero valenciano desde abril de 1707, para fastidio de los almansinos que cargan desde entonces con ese sambenito y el rencor de sus vecinos que lleva aparejada tal sentencia. Evitable y mucho menos conocido son los luctuosos acontecimientos que tuvieron lugar en la década terrible de los crímenes, el conocido como exorcismo de Almansa, que tuvo como víctima a una niña, asesinada de un modo horroroso por su madre, sus tías y dos vecinas. Ocurrió en la calle Valencia, para mayor vicio de la relación. Casi cuarenta años después, el eco de todo aquello ha sido recogido por Borja Navarro, quien tiene un pie en ambas tierras, y un gran talento para narrar de tal modo que a las pocas palabras de haber comenzado Perros de caza (Malas Tierras Editorial), uno ya comienza a asfixiarse y a sentir tierra descendiendo por la garganta, polvo en los ojos y una dolorosa aridez en el espíritu. 

La cosa no mejora en ese sentido; en el literario no necesita mejorar porque el nivel es muy altísimo todo el tiempo. Por otro lado, la novela no es una reconstrucción de los hechos, en los cuales se inspira para hablar, principalmente, de la propia Almansa: “Niña apuntó con la escopeta a aquellos seres que se cruzaron a su paso. Primero en la fábrica de Padre. Silenciada. Las paredes de chapa se convirtieron en las de un mausoleo. En los años siguientes, las fábricas, todas, se convertirían en mausoleos dedicados a trabajadores asfixiados. Las estructuras sufrirían las consecuencias del abandono. Niña miraba las columnas que, en el futuro, con ella convertida en el demonio, se infectarían de firmas, de promesas. MYJ 13/02/2008. ROSA ASESINA HIJAPUTA. MANU SUBNORMAL. Las frases aparecen en los espacios descapitalizados. Donde el porvenir no existe. Son su hábitat. Brindan el abono ideal para que crezcan. Baños abandonados. Urbanizaciones en los cimientos. Descampados en construcción perpetua. Muros. Lugares de quiebra. Allí acuden los inestables buscando bienestar, buscando trascender con sus huellas. El calzado desechable y las suelas inutilizables”.

Nunca estará todo escrito sobre los crímenes más atroces, pero desde luego, menos aún sobre los territorios escenario del abandono que conocemos íntimamente: es evidente que para Navarro Almansa, pero también los márgenes y las carreteras secundarias, son una poderosa fuente de relatos sugeridos que él sabe transformar en historias como Perros de caza, que también es una piedra sobre la tierra agrietada del esoterismo terminal, que nunca termina de morir y que de hecho rebrota como un obstinado hongo que sobrevive enterrado hasta en los ecosistemas más inhóspitos para expandirse de nuevo cuando se dan las condiciones apropiadas, que hoy día y en el plano de las supercherías constituyen el miedo al presente y al futuro, un presente en extremo complejo, interconectado, peligroso y ultraveloz que se pretende simplificar por medio del retorno a la sencillez de la magia y las creencias, y con ello la desconfianza hacia todo lo que huela a razón, como la ciencia y sus sorprendentes hallazgos de los que se desconfía y a los que se combate para desgracia de tantos. 

Además de lo anterior, el libro está sembrado de ideas brillantes, como la descripción de lo que implica volver a la casa familiar: “Me dijo: nos enseñan a irnos de casa, pero no a volver. Y nuestra generación siempre vuelve, ¿verdad? No sabemos volver a la cama de nuestra adolescencia, en la que tan bien dormíamos entonces y tan mal dormimos ahora. Retomar el rol que ejercíamos con nuestros padres porque no hay forma de cambiar la relación. Levantarnos y tener el desayuno preparado. No nos enseñan a cargar con el dolor de poner la mesa en casa de nuestros padres después de haber vuelto”. Volver, volver, volver.

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