Cultura

Juan Manuel de Prada: "Si te ahorras pensar, por tu ideología, te conviertes en masa cretinizada"

El escritor participa este viernes, 20 de febrero, en el ciclo 'Con todas las letras' del Instituto Juan Gil-Albert presentando 'Cárcel de tinieblas'

  • Juan Manuel de Prada.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

ALICANTE. El escritor Juan Manuel de Prada participa este viernes, 20 de febrero, a las 19 horas, en el ciclo Con todas las letras del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, donde presentará Cárcel de tinieblas, segundo volumen tras La ciudad sin luz, de su ambicioso proyecto narrativo Mil ojos esconde la noche. Una exploración moral, política y espiritual del siglo XX centrada especialmente en el París ocupado por los nazis y en el destino de escritores, artistas y oportunistas que se movieron en ese ambiente ambiguo de colaboracionismo, exilio y decadencia. El autor, ganador del Premio Planeta en 1997 por La tempestad, reedita además su novela Me hallará la muerte. En esta conversación reflexiona sobre colaboracionismo, ideología y responsabilidad moral en épocas, de ayer y de hoy, marcadas por el miedo, la autojustificación y la tentación de acomodarse a los paradigmas dominantes.

— Juan Manuel, el proyecto Mil ojos esconde la noche es un proyecto narrativo monumental. ¿Nace como una necesidad literaria o es un ajuste de cuentas con la historia?

— Es una mirada misericordiosa sobre la historia, más bien, a pesar de que en el tono del narrador pueda aparecer un tono agrio, amargo o incluso cínico. Al final se impone una mirada misericordiosa sobre los personajes. No nace como un ajuste de cuentas; yo no creo demasiado en los ajustes de cuentas, y además tampoco tengo ninguna cuenta que ajustar.

Más bien nace de mi amor por los extrarradios del mundo cultural. Creo que nuestra mirada sobre la realidad literaria y artística de épocas como esta está muy marcada por el devenir histórico y por la hegemonía de las ideologías a lo largo del siglo XX. Se han creado cánones que, en gran medida, pueden ser acertados. Es indudable que muchos de los artistas, escritores y creadores que hoy reconocemos son personas muy valiosas. Pero también creo que ha habido otros muchos que, a lo mejor, no tienen una obra tan significativa o tan deslumbrante, y sin embargo poseen un gran valor.

A mí siempre me ha interesado hurgar en esos arrabales del mundo literario y artístico español, fijarme en esos rincones oscuros. En Las máscaras del héroe me fijé en los bohemios del Madrid anterior a la guerra; aquí me he fijado en esa colonia de artistas y escritores españoles que vivieron en París durante los años de la ocupación alemana. Ese era el motor que me movía: dar a conocer, a través de un ejercicio literario, un mundo que mucha gente desconoce por completo.

— Es la segunda publicación, Cárcel de tinieblas, pero un proyecto tan amplio y tan grande… ¿En qué momento decide que esta historia no cabía en una sola novela?

— Eso lo decide la editorial. Es una sola novela. Yo entregué la novela íntegra: incluso con un tamaño de letra pequeño hubiese ocupado unas 1.300 páginas. Era un volumen incómodo. La editorial decidió publicarla con un tipo de letra más grande, más fácil de leer, y dividirla en dos volúmenes. Fue una decisión editorial al cien por cien. Consideraron que un libro de 1.300 páginas, con una letra compacta, era un libro muy duro para el lector.

Con la perspectiva, creo que ha sido un error dividirla. Mucha gente piensa que el segundo volumen es una secuela o una novela concebida a posteriori. Y no: es la misma novela, que se cortó por la mitad. Está escrita íntegramente de principio a fin y corregida de principio a fin como una sola obra.

— En la novela se muestra cómo muchos intelectuales justificaban su cercanía al poder en nombre del pragmatismo. ¿Cree que hoy existen formas más sutiles de colaboracionismo?

— A lo largo de la historia uno puede comprobar que la inmensa mayoría de los artistas, por mucho que hayan posado de rebeldes o de disidentes, se acomodan. No digo todos: ha habido intelectuales muy perseguidos por los poderosos. Pero el noventa por ciento se acomoda a lo que hay. Esa es la realidad.

Me hace gracia cuando se mira al creador como alguien que va a dar luz en medio de la oscuridad

Me hace gracia cuando se mira al creador como alguien que va a dar luz en medio de la oscuridad. La dura realidad es que la mayoría son personas que quieren vivir cómodamente y se amoldan a los paradigmas culturales de su época. Hoy muchos intelectuales defienden determinadas causas no necesariamente por convicción personal, sino porque consideran que de ese modo obtienen prestigio, relumbrón o poder. Y si dentro de veinte años esas causas se vieran de otro modo, cambiarían de opinión.

En la novela hay un caso muy evidente. Gregorio Marañón fue un decidido eugenista en los años veinte y treinta porque la eugenesia estaba de moda y bien vista en ámbitos progresistas, sobre todo en Estados Unidos y Gran Bretaña. Cuando los horrores del nazismo vinculan la eugenesia a Hitler, defenderla pasa a ser aberrante. Es decir, muchos se apuntan a aquello que les da aplauso político y social. Son rehenes de los paradigmas dominantes, ya sean de izquierda, de derecha o de lo que esté de moda.

— En la Europa ocupada que retrata, las grandes traiciones comienzan con pequeñas cesiones morales. ¿Qué pequeñas renuncias actuales le parecen más preocupantes?

— Yo creo que ya no hablamos de pequeñas, sino de grandes renuncias. Estamos en una fase descendente muy fuerte. Hay temas que no se han tratado con seriedad. Por ejemplo, la inmigración. Toda comunidad humana tiene derecho a su integridad. Puedes admitir gente que venga de fuera, incluso puede ser saludable, pero no puedes desfigurar la comunidad hasta hacerla irreconocible, porque entonces creas una sociedad cada vez más inhabitable.

No se trata de alimentar tesis racistas ni de odiar a nadie, pero no puedes transformar una sociedad de forma drástica sin conducirla a una quiebra interior

No se trata de alimentar tesis racistas ni de odiar a nadie. Se trata de que no puedes transformar una sociedad de forma drástica sin conducirla a una quiebra interior. Y creo que sucesivos gobernantes no se han tomado en serio este asunto. Podríamos hablar también de la cuestión económica. Hemos aceptado con demasiada alegría convertirnos en un país de servicios, sin industria, destruyendo nuestra agricultura. Allí donde fijemos la vista vemos signos de destrucción evidentes.

— Sus personajes rara vez se ven a sí mismos como culpables. ¿Vivimos hoy una época especialmente hábil para la autojustificación moral?

— Hay que distinguir planos. Los personajes de mi novela son hijos de su época. Viven en un clima que los aísla de las verdades morales. Marcel Proust decía que sus personajes vivían en una especie de líquido amniótico que los protegía de la conciencia del mal. No se veían obrando mal. Además, muchas de sus decisiones podían estar motivadas por la supervivencia, no necesariamente por maldad. El problema viene después, cuando evocan esos años y mienten u ocultan lo que hicieron.

Hoy ocurre algo parecido: hay gente que se sube a un carro porque considera que es lo normal, lo que toca, por pasividad o por oportunismo. Las razones pueden ser muy diversas. Pero estoy seguro de que muchos, dentro de unos años, mentirán sobre lo que hicieron. A mí no me gusta juzgar moralmente a las personas. La conciencia es un lugar sagrado al que no puedo entrar. Algunos actuarán por deseo de destrucción; otros serán simplemente personas gregarias que se suman a lo que se lleva. La psicología social demuestra que mediante propaganda sistemática puedes transformar la mentalidad de masas enteras. Muchas transformaciones sociales recientes son inducidas.

— ¿Se han convertido las ideologías en una religión que ahorra a la gente el esfuerzo de pensar?

— No es que se hayan convertido en una religión: es que fueron concebidas como religiones sustitutorias. La Biblia no habla de ateísmo; habla de fe o de idolatría. Cuando no tienes fe, sustituyes esa necesidad por una idolatría. Las ideologías son las idolatrías de nuestra época. Tienen dogmas, ritos, promesas de paraíso en la tierra. Pero el paraíso no estará en la tierra.

Las ideologías prometen lo imposible y, al final, lo que generan es desánimo y decepción

Las ideologías prometen lo imposible y, al final, lo que generan es desánimo y decepción. Creo que ya estamos viviendo esa resaca. El auge del nazismo o del comunismo fue también fruto de la decepción con el sistema. Uno no puede poner el corazón ni la cabeza en las ideologías. Si te ahorras pensar porque ya sabes lo que tienes que pensar, has dejado de ser plenamente humano. Te conviertes en rebaño, en masa cretinizada.

— ¿El intelectual contemporáneo asume más o menos riesgos que en el siglo XX?

— En cualquier época, quien desee ser una voz que grita en el desierto corre peligro. No ha habido épocas fáciles. La nuestra empieza a convertirse en una época verdaderamente difícil. El grado de censura y de control social que se está imponiendo es monstruoso. Existe una penetración en las conciencias por parte del poder como no existió en otras épocas.

— ¿Siente la obligación de incomodar moralmente a su tiempo?

—Tal y como concibo mi vocación, esa es la misión del escritor. El escritor debe ser una mosca cojonera, alguien a la contra. El problema es que vivimos en una sociedad cada vez más gregaria, más cretinizada, donde no se entiende que no te alinees. No se entiende que no estés con unos o con otros. Hoy la mayoría de los escritores adoptan una posición neutra y evitan opinar sobre cuestiones que afectan a la polis, o bien se convierten en lacayos de tal o cual facción política o ideología.

Recibe toda la actualidad
Alicante Plaza

Recibe toda la actualidad de Alicante Plaza en tu correo