Daniel Segovia: "El Mercado Central de Alicante es un lugar de memoria y, sobre todo, un símbolo de paz"

Cultura

  • Daniel Segovia Lalinde
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ALICANTE. Amor entre dos mares, la nueva novela de Daniel José Segovia Lalinde, recupera desde la ficción las heridas, los silencios y la memoria de Alicante tras el bombardeo del Mercado Central de 1938. A través de una historia de amor, promesas y secretos que reaparecen décadas después, el autor entrelaza documentación y emoción para rendir homenaje a quienes vivieron las consecuencias de la guerra. La obra se presentará el viernes 25 de septiembre, a las 18:30 horas, en el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA).

— ¿Cuál fue la primera imagen, historia o pregunta que dio origen a Amor entre dos mares?

— Siempre me ha gustado mucho comprar en el Mercado Central de Alicante. Es un lugar que forma parte de mi vida cotidiana y, precisamente por eso, siempre me ha parecido injusto que muchos alicantinos desconozcan lo que ocurrió allí aquel 25 de mayo de 1938. Sentí que quería hacer un homenaje a todas aquellas personas que perdieron la vida y también a quienes sobrevivieron, pero tuvieron que convivir con aquella pesadilla durante el resto de sus vidas.

Me gustaría especialmente que los jóvenes se acercaran a esta parte de nuestra historia, que visitaran los refugios antiaéreos y que, cuando pasaran por el Mercado Central, no vieran únicamente un lugar donde comprar. Me gustaría que lo miraran también como un lugar de memoria y, sobre todo, como un símbolo de paz. Creo que ahí está realmente el origen de Amor entre dos mares, en recordar lo que ocurrió para que las nuevas generaciones puedan conocerlo y comprender por qué nunca debería volver a suceder.

— El bombardeo del Mercado Central es decisivo en la novela. ¿Qué ha significado para usted llevar ese hecho histórico a la ficción?

— Sobre todo, una enorme responsabilidad. Estamos hablando de personas que existieron y de una tragedia que forma parte de la memoria de Alicante. La ficción me permitía acercarme a lo que pudieron sentir quienes vivieron aquel día, pero tenía claro que debía hacerlo desde el máximo respeto. No quería utilizar aquella tragedia simplemente como escenario para una novela. Quería que el lector comprendiera que aquello sucedió aquí, en nuestras calles, a personas que tenían familias, ilusiones, problemas y una vida cotidiana como cualquiera de nosotros.

— Entonces empezó escribiendo una novela y acabó sintiendo una responsabilidad. ¿En qué momento se produjo ese cambio?

— Cuando la documentación empezó a tener nombres, rostros y voces. Una cosa es investigar un acontecimiento histórico y otra muy distinta sentarte delante de una persona que lo vivió y escuchar cómo, más de ochenta años después, sigue recordando determinados momentos. Entonces, comprendí que algunas personas me estaban confiando una parte de sus vidas y de la memoria de sus familias. A partir de ahí, sentí que tenía una responsabilidad mucho mayor: debía contar esta historia con respeto y procurar que aquellas voces no volvieran a caer en el olvido.

— ¿Cómo equilibró el rigor documental con la libertad de inventar personajes y situaciones?

— Para mí era fundamental distinguir desde el principio entre el contexto histórico y la ficción. He intentado documentarme y respetar los acontecimientos reales que aparecen en la obra, pero quiero dejar algo muy claro: Amor entre dos mares es una novela, no un libro de historia. El lector va a encontrar mucha ficción. Necesitaba libertad para crear personajes, conversaciones, encuentros y situaciones que permitieran construir una historia y transmitir emociones. En determinados momentos, por tanto, me he permitido licencias literarias propias de una obra de ficción. Y aquí me gustaría expresar especialmente mi respeto y agradecimiento a los historiadores e investigadores alicantinos que durante tantos años han estudiado, documentado y preservado la memoria de aquellos acontecimientos. Su trabajo es el que nos permite a los demás acercarnos hoy a esa parte de nuestra historia.

Si alguno de ellos encuentra en la novela una situación, un detalle o una licencia que no se corresponde exactamente con la realidad histórica, le pediría que la entendiera dentro de la libertad narrativa del autor y no como un intento de modificar o cuestionar los hechos históricos. Mi intención nunca ha sido sustituir el trabajo de los historiadores. Todo lo contrario. Si la novela consigue que un lector, y especialmente un joven, sienta curiosidad y después acuda a sus libros, visite los refugios o quiera conocer mejor lo que ocurrió en Alicante, para mí habrá cumplido una parte muy importante de su propósito.

— ¿Qué le enseñaron los documentos, fotografías y testimonios recibidos durante la investigación?

— Me enseñaron, sobre todo, lo fácil que puede resultar que una parte de nuestra historia termine desapareciendo de la memoria colectiva. Durante la investigación quise encontrar una fotografía de Santiago Martí Hernández, alcalde de Alicante cuando se produjo el bombardeo del 25 de mayo de 1938. Busqué por distintos medios y no conseguía localizarla, así que decidí ir personalmente al Ayuntamiento de Alicante. Allí me atendieron y me llevaron al Salón Azul, donde se encuentran los retratos de quienes han sido alcaldes de la ciudad. Y ocurrió algo que me sorprendió muchísimo: tampoco encontramos allí su fotografía. La buscaron y comprobaron los retratos, pero no estaba.

Aquello me hizo reflexionar. Estaba investigando uno de los acontecimientos más terribles de la historia de Alicante y ni siquiera conseguía poner rostro al hombre que ocupaba la Alcaldía cuando sucedió. Esa experiencia, junto con los documentos y especialmente con los testimonios personales que fui conociendo, me confirmó la importancia de recuperar nuestra historia. No para buscar culpables ni para dividir, sino para evitar que las personas y los acontecimientos desaparezcan de nuestra memoria.

— Diego Berenguer queda marcado por una jornada concreta. ¿Quería explorar cómo una tragedia histórica continúa viviendo dentro de una persona?

— Sí. Porque una guerra no termina necesariamente el día en que dejan de caer las bombas. Puede continuar durante décadas dentro de las personas que la vivieron. Diego representa esa memoria que uno puede intentar guardar en algún rincón de su vida, pero que nunca desaparece completamente. Me interesaba contar no solo lo que sucede durante una tragedia, sino lo que queda dentro de una persona después de haber sobrevivido a ella.

— La historia salta más de sesenta años en el tiempo. ¿Por qué era importante que el pasado irrumpiera en el presente?

— Porque el pasado nunca desaparece del todo. Podemos pensar que algo ocurrido hace más de sesenta u ochenta años pertenece exclusivamente a los libros de historia hasta que aparece una carta, una fotografía, un recuerdo familiar o una persona que estuvo allí. Entonces, de repente, deja de parecernos tan lejano. Ese salto temporal me permitía mostrar que algunas historias esperan durante décadas hasta que alguien vuelve a encontrarlas.

— Hay una carta, una promesa y un amor que resiste al olvido. ¿Qué papel tiene el amor frente a la guerra en la novela?

— Para mí son prácticamente dos fuerzas opuestas. La guerra destruye, separa y enfrenta. El amor intenta conservar aquello que nos hace humanos. Por eso, aunque la novela transcurre alrededor de acontecimientos muy duros, no quería escribir únicamente sobre muerte o sufrimiento. Quería hablar también de esperanza, de amistad, de fidelidad y de promesas capaces de sobrevivir al paso del tiempo. Al final, Amor entre dos mares habla precisamente de eso: de lo que puede permanecer cuando parece que todo lo demás se ha perdido.

— Usted plantea la memoria desde vidas y afectos, no solo desde fechas. ¿Qué permite contar la ficción que quizá no alcance un libro de historia?

— Un libro de historia puede explicarnos qué ocurrió, cuándo sucedió y cuáles fueron sus circunstancias. Una novela puede intentar que durante unas páginas sintamos que estamos allí. Puede colocarnos junto a una familia, hacernos escuchar una conversación, sentir el miedo de alguien o comprender por qué una determinada decisión puede marcar toda una vida. La ficción nunca debe sustituir a la historia. Pero sí puede despertar algo muy importante: la curiosidad por conocerla. Si un joven termina Amor entre dos mares y después quiere visitar los refugios antiaéreos, conocer qué sucedió en el Mercado Central o preguntar a sus abuelos por aquella época, para mí la novela habrá conseguido algo muy valioso.

— Finita y Alfredo José son una historia especialmente llamativa: la ficción imaginó un encuentro y la realidad acabó superándola. ¿Cómo vivió ese descubrimiento?

— Un día fui a visitar a Finita y a Alfredo José. Ella tenía 94 años y él 92. Me preguntaron cómo estaba y les conté que estaba escribiendo una novela. Finita cerró los ojos, suspiró profundamente y me dijo: "Me acuerdo perfectamente". Tenía once años cuando se produjo el bombardeo del Mercado Central. Como sabía leer y escribir, sus profesoras la habían enviado a trabajar a una tienda de la calle Bailén. El día del bombardeo salió corriendo en busca de su padre, porque su familia vivía en Carolinas Bajas. Todavía recordaba cómo, al llegar a la calle Calderón, corría entre los cadáveres que encontraba a su paso. Escuchar aquello directamente de una mujer de 94 años y comprobar que, después de más de ocho décadas, aquellas imágenes continuaban dentro de ella fue uno de los momentos que más me marcaron durante la escritura.

Alfredo José también había conocido la tragedia desde niño: perdió a su padre de forma violenta cuando tenía solo siete años. Con el tiempo estuvo muy vinculado al deporte alicantino, especialmente al balonmano y al Calpisa, y llegó a ser el socio número 1 del Hércules CF. Pero lo más hermoso es lo que ocurrió después en sus vidas: Finita y Alfredo José se conocieron, se enamoraron, se casaron y formaron una familia. Cuando decidí incorporar sus historias a Amor entre dos mares, quise unirlas de una manera especial. Me inventé el momento en el que se conocían y construí para ellos un encuentro muy emotivo alrededor de un partido de fútbol. La ficción me permitió imaginar cómo podía comenzar su historia; la realidad ya había escrito lo verdaderamente importante: que dos niños marcados de distinta manera por aquellos años terminaran encontrándose, enamorándose y construyendo juntos una familia.

— ¿Qué aporta el vínculo con el Hércules CF a esa historia y a la identidad alicantina del libro?

— El deporte formó parte de la vida de Alfredo José. Su vinculación con el balonmano y con el Calpisa, y el hecho de que llegara a ser socio número 1 del Hércules CF, hacían que el fútbol tuviera un significado especial dentro de su historia. Pero también existe una razón personal. El Hércules forma parte de mi propia relación con Alicante y esa vinculación continúa en mi familia: mi hijo sigue siendo abonado del Hércules.

En la época en la que sitúo ese momento de la novela no podía utilizar un partido real como si se hubiera celebrado, porque no lo hubo. Por eso me permití esa licencia literaria y creé un partido de fútbol ficticio, construido de una manera muy emotiva, que me permitiera unir las historias de Finita y Alfredo José y, al mismo tiempo, introducir al Hércules dentro de la novela. Amor entre dos mares tenía que respirar Alicante. El Mercado Central, sus calles, los refugios, sus habitantes y también el Hércules forman parte de la memoria y de la identidad de la ciudad.

— Señala que no busca reabrir heridas ni señalar culpables. ¿Cómo se puede recordar con honestidad sin convertir la memoria en confrontación?

Poniendo a las víctimas y a las personas en el centro. Yo no he escrito esta novela para decirle a nadie lo que debe pensar políticamente. La he escrito porque hubo personas que perdieron la vida y otras que sobrevivieron y tuvieron que convivir durante décadas con aquellos recuerdos. Creo que podemos conocer nuestra historia con rigor sin utilizarla para volver a enfrentarnos. Para mí recordar el 25 de mayo significa fundamentalmente rendir homenaje a las víctimas y defender algo muy sencillo: la paz.

— ¿Qué espera que descubra un lector de Alicante sobre su propia ciudad?

Me gustaría que después de leer la novela mirara Alicante de otra manera. Que cuando entre en el Mercado Central se detenga un momento a pensar qué ocurrió allí. Que conozca los refugios. Que camine por determinadas calles sabiendo que bajo sus pies y detrás de sus edificios existe una historia que pertenece a todos nosotros. Sobre todo, me gustaría que los jóvenes sintieran curiosidad. No quiero que vean el Mercado únicamente como un lugar donde comprar. Me gustaría que también pudieran verlo como un símbolo de paz y de memoria.

— Después de Los niños de la Encarnación, vuelve a temas de injusticia y memoria. ¿Hay una búsqueda que conecte ambas novelas?

Sí, aunque son novelas distintas. Creo que me interesan especialmente las historias de personas que pueden quedar olvidadas detrás de los grandes acontecimientos. En Los niños de la Encarnación había una mirada hacia la injusticia y hacia personas con muy poca capacidad para defenderse. En Amor entre dos mares aparece nuevamente esa preocupación, pero vinculada a nuestra propia historia y a las personas que sufrieron las consecuencias de la guerra. Quizá lo que conecta ambas novelas sea precisamente eso: intentar mirar hacia quienes normalmente no ocupan las grandes páginas de la historia.

— Si pudiera conversar con una de las víctimas o supervivientes que inspiraron la obra, ¿qué le gustaría preguntarle?

Creo que no empezaría preguntándole por la guerra. Le preguntaría cómo era su vida antes. Qué quería ser, de quién estaba enamorado, dónde jugaba, dónde compraba, qué hacía los domingos, qué lugares de Alicante frecuentaba y qué sueños tenía. Porque cuando hablamos de una tragedia corremos el riesgo de convertir a las personas en cifras. Y antes de convertirse en víctimas fueron exactamente lo mismo que somos nosotros: personas con una familia, proyectos, preocupaciones, ilusiones y un futuro. Eso es precisamente lo que no deberíamos olvidar.

 

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