Cultura

Compartiendo el trabajo de la historiadora Adriana Cases sobre la violencia de género en la II República

  • Goya Telo, de espaldas; María Telo, con el cartel, y Pilar Alonso, bajo la escalera, el 1 de mayo de 1936, en Cantalpino
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ALICANTE. La Segunda República supuso un gran avance en los derechos de las mujeres y en la igualdad de género: el matrimonio civil, el divorcio, la destipificación del adulterio y el sufragio femenino, entre otras normas jurídicas. Sin embargo, estos logros fueron más formales que reales por la persistencia de ancestrales prejuicios en la sociedad española, ya que como es sabido la evolución de  la mentalidad colectiva transcurre de una forma más lenta que en el marco legal. Debido a ello, perduraron situaciones de desigualdad como su infrarrepresentación en la educación secundaria y universitaria, permaneció la asignatura de labores para las niñas y salarios muy inferiores a los percibidos por los varones, por mencionar algunas discrimaciones.

Pero hay  una vertiente más importante que aparece en contadas ocasiones en los medios: el machismo y la violencia de género durante este periodo. Y como suele suceder con las temáticas que se publican en el restrictivo ámbito académico, sean artículos o libros, rara vez sus contenidos trascienden a la ciudadanía, dejando a muchos huérfanos de ciertos asuntos que, sin duda, podrían interesarles.

Hace unos años, documentándome sobre un tema histórico, descubrí casualmente un interesante artículo de la reconocida historiadora alicantina Adriana Cases Sola titulado La violencia de género en la Segunda República, que fue publicado en la revista Hispania Nova en 2013, una fecha relativamente reciente que muestra  las numerosas lagunas que aún tenemos sobre ese periodo de nuestro pasado. Su trabajo se basa en el estudio de un vasto material documental de la época del que extrae, a mi parecer, una sorprendente conclusión, motivo que me ha impulsado a escribir estas líneas coincidiendo con el casi olvidado aniversario de la proclamación de la Segunda República.

La autora expone en la introducción los dos objetivos de su investigación: analizar la violencia de género durante la Segunda República y esclarecer la cuestión de si en los sistemas democráticos con igualdad de derechos para ambos sexos la violencia contra las mujeres tiene una mayor incidencia o, simplemente, es más visible porque existe una mayor libertad en la sociedad para denunciar.

  • Adriana Cases Sola -

Empieza subrayando que el uso de la fuerza física es tan solo la punta del iceberg de esta lacra social, cuyo origen proviene de una cultura y una estructura patriarcal que causan maltrato físico y psicológico, agresiones sexuales, desamparo económico y comisión de asesinatos. Bajo esta premisa, establece que una de las maneras en que se ejerce esta violencia es a través de la construcción de estereotipos, siendo uno de los medios el lenguaje sexista que trata de universalizar y homogenizar el comportamiento de las mujeres que dan por sentado “su modo natural de ser”. Esta conceptualización de la mujer parte de dos axiomas misóginos: “'con las mujeres ya se sabe' (porque todas son iguales) y 'con las mujeres nunca se sabe' (ya que son imprevisibles)”, es decir, la universalización antes citada. La consecuencia es que estos axiomas justifican dos tipos de violencia: la sancionadora, porque “ya se sabe” y la preventiva porque “nunca se sabe”.

Y complementando estos axiomas, recoge la opinión de una figura de aquel entonces que habría que reivindicar: César Juarros, un prestigioso médico psiquiatra forense y diputado en la Cortes republicanas que destacó por su lucha por los derechos civiles y la igualdad. En una de sus publicaciones estableció la idea del amor que tenían los hombres de su época y que resumió en cinco puntos: “La infidelidad de la mujer constituye un deshonor”, “La mujer es inferior al hombre”, “Cuantas más mujeres se hayan poseído, más mérito varonil”, “Quien bien ama tiene celos” y “Comprar el amor no es humillante”. Estas consideraciones, como se puede observar, siguen vigentes hoy en día en ciertos sectores de la población.

¿Cómo estudiar la violencia de género en la República?

Cases Sola indica, en primer lugar, las dificultades con que se encuentran los historiadores en la investigación de este tipo de violencia durante este periodo, señalando a continuación que las mayores fuentes de información para su estudio proceden de la prensa, principalmente ABC y El Socialista, y de los tribunales.

Sobre este último punto, cabe precisar que por aquel entonces no se realizaban encuestas oficiales para determinar esta violencia, tanto los  casos denunciados como los ocultados; no existían registros en instituciones sociales ni en centros sanitarios, cuyo interés estriba además en que, probablemente, numerosos casos no llegarían a los tribunales. Además, tampoco existían organismos para la prevención y seguimiento de la violencia de género, es decir, los actuales  observatorios, entre otras razones porque el concepto de violencia de género es moderno, pues se empezó a utilizar en foros internacionales por los setenta, y en nuestro país se integró plenamente en el ordenamiento jurídico a principios de este siglo.

La prensa y los tribunales de la época

La autora menciona, en primer lugar, dos  titulares ilustrativos de la visión que reflejaba la prensa de entonces: “Impulsado por los celos da puñaladas a su esposa” y “En Barcelona, un sargento celoso y despechado, mata a tiros a una mujer e intenta suicidarse”. Seguidamente, analiza el contenido de las noticias y destaca algunas descripciones que los periodistas realizaban de estos asesinatos: “crímenes pasionales”, se cometen “en caliente” y frases similares.

En cuanto a la información recabada de los tribunales, hace referencia a un caso por apuñalamiento, que fue muy mediático, en que una Audiencia Provincial condenó al acusado a veintiseis años de reclusión mayor por asesinato con premeditación y alevosía. Pero el procurador interpuso un recurso ante el Tribunal Supremo alegando que “el procesado no había actuado con premeditación y frialdad”, a pesar de que había comprado la navaja la mañana del crimen, y añadiendo como disculpa de su actuación porque el objetivo era, en el fondo, “el triunfo del amor”.

Y con el fin de tener una visión más completa de la percepción que la ciudadanía  tenía sobre este sin sentido contra las mujeres, la autora señala que no existía una sensibilidad social que hiciera reconocer la violencia de género como un problema público que afectara a la sociedad; y abundando en la cuestión afirma que, incluso, con agresiones en la calle la gente lo consideraba como algo privado y no lo denunciaba porque no tenía derecho a hacerlo.

¿Hay más violencia de género en las democracias que en otros regímenes?

En las conclusiones de su artículo reconoce que no se puede afirmar con seguridad que la violencia de género aumente en las democracias, porque se carece de datos cuantitativos para comparar con otras épocas, como la Restauración monárquica o la dictadura franquista. “Sin embargo —continúa Cases Sola—, el hecho de que el móvil de muchas agresiones sexistas se base en la decisión de las mujeres a ejercer sus derechos —como el divorcio, por ejemplo,— nos hace pensar que sí existe una relación entre un sistema político con más libertades y el incremento de la violencia machista en su forma más brutal”. 

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