VALÈNCIA. Acaban de salir en Estados Unidos las memorias de Anthony Hopkins, We Did OK, Kid (Simon & Schuster), en las que habla de sus personajes míticos y de cómo saltó de la, posiblemente, mejor escuela de teatro del mundo –la británica- a la Meca del cine –Hollywood-, pero que me han llamado más la atención por lo que tienen de diván. Hay un repaso exhaustivo y flagelador a todos los errores que cometió en su vida, que no fueron pocos, la inmensa mayoría de ellos causados por el alcoholismo.
El padre del futuro actor galés era panadero. Un tipo duro que educó a su hijo en un temperamento espartano, de aguanta lo que venga y no te quejes. El hombre también lo aplicaba a su vida y obtuvo las consecuencias correspondientes: depresión y alcoholismo. La casa de los Hopkins fue un escenario de gritos y peleas constantes y, más adelante, cuando el padre vendió la panadería y se hizo con un pub, la ingesta de alcohol se fue de madre y el hogar se desestructuró completamente.
En esa situación, el crío vio sus primeras actuaciones. Su padre echaba el cierre al bar, se quedaba dentro con los parroquianos más fieles y, cuando estaban completamente borrachos, les recitaba poesías y rompía a llorar. Aquello fascinaba al pequeño Anthony que, al mismo tiempo, podía sentir cómo su padre pasaba olímpicamente de él, lo miraba como a un extraño. A su tío lo quería más, pero estaba cortado por el mismo patrón. Murió alcoholizado en Glasgow bebiendo hasta el último día de su vida.

Con estos referentes, Anthony se inició en el teatro. Aprendió a tener una dicción extremadamente precisa y a aguantar largas escenas, pero no solo eso. Cuando se pasó al cine, supo mantener esas facultades sin sobreactuar, que era la enfermedad crónica de los que provenían del teatro. Así se convirtió en uno de los mejores actores de la historia.
No obstante, la sangre que le corría por las venas era la de su padre y su tío y a principios de los 60 era, en su propia lengua, un hard drinker. En su caso, de algún modo beber se convirtió en una automedicación. Tenía algo de TOC y timidez crónica, y trasegando lograba relacionarse con normalidad y apagar el cerebro, que le bombardeaba con fechas y detalles absurdos de forma obsesiva. En los 70, adicto al tequila, se había convertido en un “monstruo” agresivo. Perdía la cabeza, tenía alucinaciones e insultaba a todos los que le rodeaban, hacía sufrir a los que le querían, etc… el conocido pack.
Su primer matrimonio con Petronella Baker saltó por los aires. Vivían en un apartamento en Manhattan al que el actor llegaba cada noche cargado de botellas de whisky. Ni siquiera cuando nació su hija logró parar. En 1969, tras regresar de un rodaje de aquella manera, Petronella se puso a insultarle y, tal era su orgullo, que se dio media vuelta sin quitarse el abrigo y las abandonó a las dos. Dice que esa decisión es de lo que más se arrepiente en toda su vida.
Entretanto, empezó a rodar sin saber qué escena había grabado el día anterior. De lo que hizo en los setenta, dice que no se acuerda de absolutamente nada. ¿Se imaginan rodar Un puente lejano y no acordarse? En un trabajo para televisión, The Arcata promise, precisamente sobre un alcohólico, le dijo al director que el guión se parecía demasiado a su hogar y el director, David Cunliffe, le contestó que sí: “Tony, esta es tu vida”. Todos lo sabían menos él. Acabó ese rodaje bebiendo desde las nueve de la mañana, el productor organizó apuestas a ver si lo acaba, cosa que finalmente logró, de nuevo, por orgullo. Pero siguió a lo suyo.
En 1976, fue hospitalizado por una trombosis. Los médicos le advirtieron que su cuerpo parecía tener treinta años más de los que tenía. Entonces, para demostrar a todo el mundo que no era alcohólico, Hopkins empezó a beber solo cerveza. El punto culminante de su adicción llegó en una ocasión en la que condujo desde Arizona hasta Beverly Hills sin saber por qué venía de allí ni por qué iba no sabía dónde. Al día siguiente ingresó en Alcohólicos Anónimos. Lleva desde el 29 de diciembre de de 1975 sin beber. Cincuenta años.
El siguiente escenario nos lo encontramos en Mudholland Drive, donde vivían juntos Martin Scorsese y Robbie Robertson, guitarrista de The Band. El relato aparece en las memorias del músico, tituladas Insomnia (Hutchinson Heinemann, 2025), que describe aquellos días como “una bruma” de drogas y alcohol. Dice que circulaban con la misma normalidad que la mermelada y la crema de cacahuete.
La sobriedad era una fase, breve, que alcanzaban por las tardes, justo antes de empezar a drogarse y a beber otra vez. A su menú de alcohol y pasteles lo llamaban “la dieta de los campeones”. Se les ocurrió llamarlo así tras lanzarse una copa a la cabeza en una discusión de Scorsese con Liza Minelli, que también acaba de sacar una biografía, Kids, Wait Till You Hear This! (Grand Central Pub), donde habla de su adicción al alcohol, drogas varias y fármacos y, por supuesto, es por donde han titulado los medios que se han hecho eco del lanzamiento. Hay una gran tragedia ahí detrás, lo que vende.

En cambio, en Insomnia el alcohol se inserta dentro del proceso creativo. La cocaína y el vinagre le servían a Scorsese para soportar sesiones maratonianas viendo películas de Orson Welles, John Ford o Michael Powell sin parar, analizando cada detalle.
Cuando el director se juntaba con Brian de Palma, Antonioni o Coppola, la ingesta era descomunal. Pasaban horas discutiendo de guiones, planos y actores trasegando sin fin. El vino lo enviaba Coppola de su propia bodega para que no faltase material de calidad. Aunque en muchas ocasiones abroncaba a Scorsese por su estado, completamente demacrado y escuálido, y le advertía que eso estaba influyendo en su carrera. Trabajaba mucho, pero después a menudo terminaba en afters angelinos con Warren Beatty y Jack Nicholson y otros elementos.
En 1978, justo después de terminar The Last Waltz, Scorsese colapsó. Llevaba como una semana sin dormir y lo ingresaron de urgencias tras una insuficiencia respiratoria. Allí el doctor le avisó fríamente de que iba a morir en breve si seguía por ese camino. Robertson se sintió culpable por lo ocurrido, era su cómplice en esa forma de vida que llevaban, se apartó de él y se fue a vivir con su familia. Y hubo una epifanía, se llamaba Robert de Niro, y fue al hospital a discutir detalles del guión de Toro Salvaje. A partir de ahí, todo estuvo más claro en su vida y fue más sano.
Lo único que une estas historias es la fecha de lanzamiento de las memorias, porque en todas estas generaciones que brillaron en el siglo XX el haber cometido excesos de forma inconsciente en los 60, 70 y 80, también en los 90 los más avezados, venía de serie. Es curioso, porque por un lado es una pena, muchos se fueron al garete, otros tantos hipotecaron su salud y se murieron prematuramente y la mayoría podría haber dado de sí más de lo que dio, pero también queda otra duda.
Quizá si Hopkins no hubiese superado su timidez con el bebercio no habríamos oído hablar de él en la vida. O si Scorsese no se hubiera metido sesiones toledanas de cine enfarlopado, pero tomando notas, no habría depurado su estilo hasta firmar las películas precursoras (Uno de los nuestros y Casino) del noventa por ciento de las series plataformeras actuales, con la voz en off, la música a tope, un montaje ágil para que te entre bien el sexo, la violencia y los excesos y la típica odisea de auge y caída de un prenda.
No quiero decir con esto que las sustancias fomenten la creatividad ni lo contrario, ni entrar en el debate de si hay que separar al artista de su lado oscuro, sino algo mucho más prosaico, tan simple y resumido en una frase: ¡qué puta es la vida!