Bibiana Collado Cabrera: "Hay mucha hambre de bondad"

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VALÈNCIA. ¿Qué les pasa a los hombres que no hablan? ¿Qué tienen dentro de ellos? ¿Qué rumian en su cabeza? A Marcelino, el protagonista de la nueva novela de Bibiana Collado Cabrera, le cuesta encontrar las palabras para nombrar lo que siente, pero eso no significa que carezca de un mundo interior. Al contrario: detrás de sus silencios hay deseo, miedo, sexo, ternura, culpa, amor y una pregunta persistente sobre qué significa ser hombre. 

Marcelino. Decires de un hombre (Pepitas de Calabaza, 2026) sigue la vida de un hombre de campo desde la vejez, cuando ya puede mirar hacia atrás y reconstruir una existencia marcada por Encarna, su amor, por las pérdidas, por los cuerpos y por una masculinidad que nunca termina de encajarle.

La escritora transforma la dificultad de hablar en el propio mecanismo de la novela: una voz que se desborda tanto, que incluso algunas páginas que juegan con la propia materialidad de un lenguaje que intenta decir aquello que Marcelino no aprendió a decir. También construye, a través de él, una reivindicación profunda de la bondad, los cuidados y el deseo como elementos que no desaparecen con la edad.

— ¿A quién le narra Marcelino todo esto? ¿A quién le escribe?
— A él mismo. Se está haciendo su propio relato de vida, como nos lo hacemos nosotros constantemente. Yo creo que la vida es más vida, o es propiamente vida, en el momento en el que la convertimos en relato, aunque sea para uno mismo.

Y eso es lo que está haciendo Marcelino, porque en el libro no le está hablando a nadie en concreto. Estamos haciendo trampas. Yo he hecho trampas como escritora, porque el libro se llama Marcelino. Decires de un hombre, pero en realidad Marcelino habla muy poco.

Es una especie de discurso interno, de monólogo interior, de fluido. Entonces, se está relatando a él mismo y, de paso, nos está relatando a nosotras mismas cuando nos acercamos a leerlo. Eso también es muy hermoso.

— Como dices, uno de los impactos del libro es que a él le estén recordando continuamente que no habla, que es incapaz, y, a la vez, nosotros como lectores nos acerquemos a él precisamente a través de sus palabras.
— Para mí, lo más importante de un libro es el lenguaje. Es precisamente en la lengua donde una novela, donde cualquier libro, se construye y donde acontece verdaderamente la literatura. Y no solo a nivel narrativo o literario, sino también para argumentar cuál es el problema real de este hombre, cuál es el problema real de estos hombres. 

Y es un problema del habla, es un problema que tiene que ver con no ser capaz de transmitir esas emociones, de comunicar, con esa especie de canal roto, porque no se les ha enseñado, no se les ha preparado para transmitir todo eso. El problema de este hombre no es que no sienta, no es que no dude, no es que no se contradiga, no es que no nos emocione, sino que realmente hay algo que lo retiene, que lo contiene, que hace que no logre romper hacia afuera.

Eso es lo que se tenía que transmitir en el libro. Se tenía que ver que él es consciente de esa incapacidad del decir, que marca a todos los personajes. Si hacemos ese truco y esa trampa de meternos dentro de su cabeza, de meternos dentro de sus entrañas y espiarle, encontramos toda esa enormidad de pensamientos y de emociones dentro.

— Hay momentos cruciales a lo largo de la novela, pero una buena parte de ella está formada como una sucesión de anécdotas. ¿Qué poder tiene la anécdota para armar este relato de vida?
— La novela funciona a base de episodios, y lo que me interesaba era precisamente enfrentar a Marcelino a diferentes situaciones donde se hiciera patente esta incapacidad de comunicarse. Hay que colocarlo en esas situaciones que le hagan consciente y que nos hagan conscientes a nosotros de eso. Por eso hay como una especie de selección de episodios que van conformando y que, digamos, podrían haber sido cualquier otro también. Pero creo que, al final, dan cuenta de su universo y de esa manera de relacionarse.

— Marcelino es un hombre y, por tanto, se le expulsa de vez en cuando del espacio femenino. Por eso te quería preguntar por algo que no está muy presente en el libro: ¿cuál es la relación de Marcelino con los otros hombres?
Marcelino es una novela coral y hay muchísimos personajes. Pero, en realidad, todos los personajes más cercanos a Marcelino son mujeres. Son mujeres las que van tirando de él, las que van conformando su carácter, las que van haciéndonos darnos cuenta del carácter de él.

No es poco significativo precisamente que haya pocas interacciones con hombres. Quizá los hermanos, que además son precisamente ese otro modelo de masculinidad que a él le genera ese malestar o esa inseguridad.

Por ejemplo, Rafael, que es el hermano mayor, está precisamente colocado ahí para que Marcelino se pregunte ¿por qué no soy hombre de la misma manera en la que lo es él? ¿Y a quién le ha enseñado a Rafael a tener esa actitud, o esas maneras, o esa seguridad? ¿Y por qué yo no la tengo?

Hay algo muy interesante en esa relación, en esa confrontación constante con las otras masculinidades, porque, de alguna manera, le hacen patente que hay algo en él diferente.

— Se siente en medio: incómodo con esa masculinidad predominante en la que no encaja, pero también buscando (no sé hasta qué punto) ser parte de ella.
— Marcelino es la masculinidad en conflicto. Con esas palabras que para él son imposibles en ese momento, pero para nosotros sí. Él está cuestionando todo el tiempo si solo hay una manera de ser hombre y cuál es su lugar ahí. No es exactamente igual que otros hombres, es lo que ocurre, y eso es lo interesante: que me está poniendo en jaque ese discurso todo el tiempo sin dejar de formar parte de él, sin dejar de ser como los otros.

— En la relación que tiene con las mujeres, hay un elemento que aparece recurrentemente, que es la sangre: la sangre como un elemento con el que las mujeres se relacionan con naturalidad y los hombres no y, por tanto, forma parte de esa fractura insalvable entre Marcelino y las mujeres.
— La sangre es un elemento fundamental. Aparece desde la primera línea de la primera página, donde encontramos ya una de las pérdidas, uno de los abortos de Encarna. Una situación en la que Marcelino se siente expulsado porque la historia ha enseñado que los hombres no deben estar en ese lugar. Se van corriendo a llamar a la partera, a la matrona y le quitan de en medio. Va a aparecer desde ese momento hasta el final, a través de múltiples conversaciones, a través del cuerpo de las mujeres (y no solo, también hay un capítulo dedicado a una matanza).

Con ese símbolo tan poderoso, tan atávico, tan telúrico que une a la tierra, a la vida, y creo que en ese sentido resume muy bien algo que yo quería que estuviera todo el tiempo en la novela y que es esa conjunción entre lo más carnal, lo más terrenal, incluso lo más brutal, y a la vez el disfrute, el goce, lo hermoso. La vida que se abre camino. Por eso la sangre es algo que, por una parte, genera ese malestar, pero que también es lo que saca adelante los cuerpos y los partos y las menstruaciones.

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— Los relatos en los que se habla de un proceso de descubrimiento sexual o se verbaliza el deseo, suelen estar muy anclado a los coming-of-age, a los relatos sobre el paso de la niñez a la adolescencia, o de la adolescencia a la adultez. Y este libro, yo creo que una de las cosas más preciosas que tiene, es que entiende que el despertar sexual es un proceso de toda la vida y ahí está esa insistencia en seguir despertando.
— Toda la novela es una novela de aprendizaje sexual, en realidad, en todas las etapas de la vida. Yo quería presentar esa masculinidad en conflicto que intentaba ser una masculinidad en positivo y generar relaciones afectivas y sexuales en positivo. Esa búsqueda del buen amor del que ya hablaba en el poemario anterior, Chispitas de carne

La búsqueda de este buen amor para mí tenía que pasar por lo sexual, necesariamente, porque hay, digamos, un borrado, una especie de separación entre lo que tiene que ver con lo bondadoso o lo inocente o con la buena voluntad y con lo pasional, lo corporal, lo sexual.

Entonces, yo quería que este personaje, en esa búsqueda del buen amor, estuvieran marcados también por su deseo sexual. Condicionara su relación y la condicionara durante toda la vida, desde el principio hasta el final.

Este buen hombre también está lidiando con ese deseo tan intenso, tan poderoso, tan inexplicable, de la misma manera en la que lo está lidiando ella, y están como viviendo un proceso precioso de acompañamiento y de descubrimiento. Parten de la nada, del no saber, y eso marcara toda su relación y lo marcara hasta el final, también en la edad adulta o cuando ya son personas mayores. Eso era algo que también tenía clarísimo: la sexualidad tenía que seguir apareciendo hasta el final.

— Sería obtuso hacer una lectura de esas escenas en las que está presente el sexo en la parte final de su vida simplemente como algo tierno, ¿no? Significa mucho más…
— El sexo está hablando de la identidad de los personajes. Hay muchas cosas interesantes, de repente, en poner a dos personas mayores o a cuerpos incluso atravesados por la enfermedad en estos episodios o esos encuentros sexuales.

Primero, porque genera un cierto rechazo o incomodidad en una parte de los lectores y es interesante preguntarnos por qué, qué borrado hay de los cuerpos ancianos o de los cuerpos enfermos de lo sexual, qué es lo que pasa ahí, por qué nos resulta o han hecho que nos resulte incómodo como espectadores o como lectores enfrentarnos a eso.

Por otra parte, esta lectura desde la ternura que tú comentabas, que también es interesante desde la emoción como parte de la relación, pero creo que lo más potente de eso es entender que lo sexual es identitario, forma parte de nuestra manera de estar en el mundo, por tanto, no puede ser cancelado, no puede ser borrado, porque hay algo que se está extirpando.

Lo que más le molesta a Marcelino en esos episodios finales, cuando él está comentando cómo limpian, cómo arreglan, cómo preparan a su Encarna, es que él dice que se la dejan allí en un sofá, cubierta, preparada como si fuera un bebé.

Y dice: “Pero no era un bebé, era mi mujer. Yo quería que Encarna fuera una mujer hasta el final. Yo quería ser un hombre para mi Encarna hasta el final”. Es decir, extirpar lo sexual de esos cuerpos es arrebatarnos una parte fundamental de nuestra identidad. Hay algo que tenemos que mirar dentro de nuestra manera de trabajar con esas edades o con esos periodos, incluso desde la mejor de las intenciones. Muchas veces las cuidadoras, los cuidadores, desde el amor y el cariño, borran o ignoran eso, como si no estuviera ahí.

— ¿De qué manera ese deseo se transforma a la sombra del deseo de la maternidad y también a la pérdida, que provoca esos momentos de no quiero?
—Si Marcelino está en disputa con los rasgos de la masculinidad, ¿qué había más masculino que el convertirse en padre? Yo quería colocar a Marcelino en esa situación, en esa imposibilidad de ser padre, al menos de esa manera tradicional, y ver qué es lo que pasaba. Pero, por otra parte, me parecía súper interesante hacer esa ligazón entre sexualidad y maternidad, paternidad, los cuerpos, qué ocurría, de nuevo con una voluntad como de religar.

También aparecen como terriblemente separados en la sociedad contemporánea todo lo que tiene que ver con la procreación, la fecundidad, ser padre, ser madre, y el deseo sexual, o al menos un deseo sexual pleno y poderoso y carnal.

Yo quería que eso se pudiera ligar de una manera, que fuera inseparable. De hecho, Marcelino sigue deseando ese cuerpo de mujer cuando está embarazado. Y cuando está pensando en todo ese malestar después de las pérdidas, se está preguntando muchas cosas que otra se está preguntando:¿podré volver a entrar en el cuerpo de la Encarna? Es decir, ¿podrá volver todo esto a pasar? Esa gestión de lo sexual en los cuerpos también es súper potente.

Las paternidades o las maternidades no son una especie de constructo cultural separado de lo sexual, sino todo lo contrario. Qué bello y qué alivio que eso pueda estar ahí también.

— Y entender que la biografía de cada persona, con sus shocks, transforma ese deseo, pero ni lo elimina ni lo resta, sino que va contestando a lo que sucede…
— Por ahí se cuela, por ejemplo, Miguel Hernández por muchas cosas: porque es el poeta del pueblo, de la tierra, y por eso encarna ese imaginario de Marcelino, pero también probablemente porque es el poeta que ha cantado con mayor deseo y pasión ese cuerpo de mujer embarazada desde lo sexual, y eso es súper interesante.

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— Hay un par de momentos muy curiosos, que es cuando está en el éxtasis de un encuentro sexual y le da por pensar en la muerte. Le viene el miedo a la muerte en ese éxtasis. ¿Qué pasa ahí?
— Probablemente que la intensidad de esos momentos, esa vivencia tan poderosa, lo pone precisamente al límite de pensar en la vida, en lo mejor de ella y también en la posibilidad terrible. Cuando estamos viviendo algo tan pleno y tan emocionante, el miedo aparece en una esquina. Y, al final, Marcelino es un hombre que tiene miedo durante toda la novela.

— Hay un run-run de la Guerra Civil y del franquismo, pero a la vez está muy contenido. ¿Qué papel querías que tuviera el contexto histórico?
— La novela en ningún momento se dice dónde está localizada, ni se dice la época. Podemos deducir, tirar hilos, pero a mí me interesaba precisamente generar un espacio en el que muchísimas personas pudieran sentirse reconocidas.

Quería que el trasfondo estuviera ahí latente, pero no llegara hasta allá. Prácticamente cualquier territorio ha tenido, por desgracia, su guerra, su territorio de miseria, su momento de tragedia, no solo en España, sino más allá. Que la aparición de esa violencia les esté marcando, pero ellos mismos no se permiten que estalle; y eso conecta mucho con la vivencia que se tuvo en este país durante muchísimos años.

— Hay una frase habitual en nuestras vidas que, conforme leía la novela, la notaba muy presente en la novela: “De bueno soy tonto”. Esta expresión, que da mucha rabia, mezcla la bondad, la inocencia, con una supuesta ignorancia sobre la maldad del mundo. Y este libro intenta escuchar a Marcelino y, escuchando, tenerlas bien separadas.
— De hecho, a Marcelino le da muchísima rabia. Cada vez que alguien dice de él que es bueno le da como malicia, como si no tuviera otro atributo, como si no tuviera una cualidad, o como si efectivamente le estuvieran diciendo que es infantil, que es demasiado inocente o que es tonto.

Por eso ese trabajo con la sexualidad: precisamente para trabajar un discurso sobre la bondad que sea mucho más profundo, mucho más denso, mucho más poderoso y que nos aleje de esos arquetipos simplistas y, por tanto, no deseables.

Porque si ser bueno es ser tonto, infantil y simplón, entonces no queremos ser buenos, no queremos estar con una persona buena, porque lo que queremos es otra cosa. Creo que hay algo muy interesante que tiene que ver con desvincular, deshacer ese nudo de cinismo, entre una supuesta inteligencia y la maldad.

Eso está dentro de nuestro imaginario y es tremendamente perjudicial. Todavía, a día de hoy, por desgracia, seguimos teniendo personajes que creen que por ser muy cínicos y muy irónicos son muy inteligentes. Y me harto de decirlo en mis clases: mucho cuidado con el que se llena la boca diciendo que el uso de la ironía es precisamente el gran instrumento de la inteligencia; cuidado, que quizás no tiene otra cosa que decir o no tiene otra cosa que proponer.

— Hemos normalizado que la maldad está en el mundo y hemos ido avergonzado la bondad, cuando realmente debería ser al revés. La protección de la humanidad pasará, precisamente, por ser buenas personas y porque la maldad sea motivo de vergüenza.
— Y por vincularlo a otros elementos como los cuidados, que son muy importantes también en este libro. Marcelino es un personaje que está todo el tiempo intentando entrar dentro del mundo de los cuidados. Esa distribución de estereotipos hace que se sienta expulsado de ese mundo de las mujeres, del mundo de los cuidados, y él está todo el tiempo en pugna para conseguir entrar, para poder limpiar a su Encarna, para poder cargarse de ella, para poder acompañarla.

— ¿Qué te estás encontrando en los clubs de lectura de este libro?
— Me encuentro mucha hambre de bondad. He sentido mucho alivio viendo que podemos trabajar con un personaje que pretende hacer las cosas bien, aunque se equivoque, sea imperfecto y tenga sus errores y se caiga. Creo que estamos tan acostumbrados a veces a relatar personajes desde una sola perspectiva que produce una especie de alivio colectivo.

Por otra parte, también tengo que decir que me he encontrado cierto escepticismo. Me dicen: “no sé yo si existían de verdad esos Marcelinos” o “no sé yo si realmente esos hombres han estado”. A lo cual yo siempre contesto lo mismo, porque lo creo: siempre han existido esos Marcelinos; pero, en el caso de que no hubieran existido, qué bien que los podamos inventar en una nube. 

El lenguaje genera pensamiento, la ficción implica vida. Por tanto, si no están, escribamos sobre ellos para que empiecen a estar, para que empiecen a reconocerse.

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