VALÈNCIA. ¿Puede un diccionario contener alma? María Moliner demostró que sí. Si ella tuvo la capacidad de contener su mundo entre acepciones, cuatro décadas después de su muerte, el escritor Andrés Neuman hace el camino contrario al intentar descifrar su vida a través de su obra magna. Lo hace en Hasta que empieza a brillar (Alfaguara, 2025). Moliner, que vivió parte de su exilio interior en València, sigue siendo una figura a reivindicar en la ciudad.
recordar 1 tr. o abs. Retener cosas en la mente. 2 tr. Traer alguien una cosa a su mente en cierto momento. 3 Hacer que alguien recuerde cierta cosa o no olvide algo
- María Moliner ocupa un lugar extraño en nuestra memoria cultural. Por un lado, está fuera del radar para mucha gente, pero quienes conocen su obra le tienen un enorme cariño. Al mismo tiempo, su olvido parece intencionado. ¿Dónde la sitúas en este terreno intermedio? ¿Crees que es una figura a reivindicar o ya ha sido suficientemente reconocida?
- Creo que María Moliner ha recibido siempre una especie de afecto fantasmagórico. Somos muchos quienes admiramos su diccionario, pero históricamente hemos desconocido gran parte de su vida. Es como si su diccionario hubiese devorado a su creadora, hasta apropiarse de su nombre.
Ella jamás soñó con que su diccionario se llamara "el María Moliner". De hecho, como cuento en la novela, pasó años devanándose los sesos para encontrar un título que, sin embargo, casi nadie recuerda. Técnicamente se llama Diccionario de uso del español, pero da igual. Hay una especie de justicia poética en que lo llamemos por su nombre, porque es un diccionario muy personal, que refleja su experiencia de vida.
Sin embargo, ese astro colosal que es el diccionario ha eclipsado la vida y el legado de María Moliner. Y ella misma contribuyó a ese olvido. En los años en los que tuvo cierta notoriedad, entre finales de los 60 y principios de los 70, intentó minimizar su propia labor. Y es una labor extraordinaria, sobre todo como bibliotecaria de las Misiones Pedagógicas de la Segunda República. A ella y a su equipo les debemos la creación de infinidad de bibliotecas rurales en la Comunitat Valenciana. No solo las impulsó, sino que las visitaba personalmente, conociendo la región en la que vivió más de quince años.
Por eso, la pregunta no es tanto si se la ha reivindicado lo suficiente, sino cómo y desde dónde se ha hecho. Su diccionario tiene el reconocimiento que merece y se ha convertido en una fuente de consulta intergeneracional. Es un libro que las familias han aprendido a querer y a transmitirse, algo poco habitual en la lexicografía.
Creo que a veces se han hecho lecturas demasiado ortodoxas o parciales de su obra. Se la ha reivindicado, pero no siempre se ha leído su diccionario con atención, teniendo en cuenta su vida. Y ahí está la clave: se llama "el María Moliner", lo que indica que es un diccionario de autor, escrito en un momento concreto, con un tono y unos principios coherentes. No es una obra colectiva y atemporal como el diccionario académico.
Y hay un dato fundamental que a menudo olvidamos: María Moliner comenzó a escribir su diccionario a los 50 años. Es decir, vivió medio siglo antes de que se le ocurriera siquiera la idea. Por lo tanto, estudiar su biografía es, en realidad, estudiar los antecedentes del propio diccionario. El Moliner no solo es una obra de madurez intelectual, sino también de madurez personal.
Es un diccionario de gran precisión verbal, pero también de lo que hoy llamaríamos inteligencia emocional. Si leemos cómo define palabras como "amor" o "madre", vemos que hace falta haber vivido toda una vida para acertar con la esencia de esos términos.

- Andrés Neuman, en una foto de archivo. -
ternura 2 Actitud cariñosa y protectora hacia alguien: “Está enferma y necesita que la traten con ternura”. 3 Cualidad de las cosas que emocionan dulcemente
- La ternura es un elemento transversal en toda tu obra, y en este libro está presente claramente en las palabras, en la manera en la que María Moliner se relaciona con ella.
- Ojalá. Me da mucha alegría lo que dices, porque uno de los objetivos de este libro es transmitir ese afecto. Claudia Piñeiro dijo algo que me conmovió mucho, que después de leerlo, quería un poco más a María Moliner. Como yo la amo tanto, sentí que había una especie de matrioshka amorosa: transmitir amor por alguien que amó profundamente las palabras.
Moliner fue una bibliotecaria y archivera destacada, una estudiante autodidacta, apasionada y rigurosa. También fue una madre y abuela muy recordada con cariño. Creo firmemente en el afecto como vínculo con el conocimiento. El afecto despierta curiosidad y puede ser hasta una forma de estudio, en el sentido etimológico de la palabra: esforzarse con pasión. En la historia de María Moliner, ese componente emocional no es incompatible con el enfoque político, histórico o intelectual del libro. Al contrario, le hace justicia a su propia idea del cuidado.
Moliner ordenaba las palabras en su diccionario por frecuencia de uso, pero con cuidar hizo una excepción. La primera acepción que da es poco frecuente y hasta anacrónica: cuidar es "pensar, discurrir". Lo hizo por razones etimológicas, porque cuidar viene de cogitare, que significa "pensar". Así, en mi interpretación, vinculaba lo intelectual con el cuidado, con el afecto diario, con la ternura.
Su diccionario logra ser más preciso que el académico de su época y, al mismo tiempo, humaniza el lenguaje. Otro ejemplo es la definición de madre: la Academia la había reducido a un término biológico, casi animalizador. Moliner corrigió esa perspectiva y reconoció que una madre es quien tiene o ha tenido hijos, incluyendo así a las madres adoptivas y a quienes han perdido un hijo.
Tambien la palabra amor. Su definición sigue vigente y parece un antídoto contra los mitos del amor romántico tóxico: "un sentimiento que experimenta una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo bueno para ella y sufrir con lo malo". Una síntesis de empatía.
Después de años de investigación, no he encontrado un caso similar al de María Moliner: una mujer que escribiera un diccionario sola y tuviera esa repercusión en su lengua materna. Creo que es la lexicógrafa más importante de la historia. ¿La hemos reivindicado lo suficiente? Quizá no. Y si pensamos en su vínculo con lugares como València, Murcia o Madrid, donde vivió y trabajó, la pregunta sigue abierta: ¿somos realmente conscientes de lo crucial que fue València en su vida y, por ende, en su diccionario?
valenciano, -a adj. y n. De Valencia. m. Variedad lingúística emparentada con el catalán que se habla en Valencia
- En los últimos años ha comenzado a reivindicarse su figura, y me alegra que vengas a presentar el libro porque su importancia va más allá de su labor lexicográfica: dejó una huella en la vida cultural y bibliotecaria, especialmente en València.
- Fueron más de diez años, una década larga en la que no solo permaneció en València, sino que formó aquí su familia. Dos de sus cuatro hijos nacieron en la ciudad, y todos pasaron su infancia en contacto con el castellano y el valenciano. Su marido, además, era catalán, de Tarragona. Así que, aunque su diccionario se escribiera en Madrid, no lo hizo una madrileña, sino alguien con una visión amplia de España y su diversidad lingüística.
Esa apertura se refleja en su obra y explica, en parte, por qué el Diccionario de Uso del Español es tan apreciado en Latinoamérica. No es una obra centralista como la de la Real Academia Española. María Moliner escribió su diccionario en la calle Don Quijote de Madrid, pero lo hizo con una perspectiva forjada en su paso por distintas regiones de España y en una familia políglota: ella dominaba el inglés y el francés, y su marido, físico de profesión, tuvo que aprender alemán para traducir a Einstein. Esa relación con distintas lenguas influyó en su visión abierta y desprejuiciada del español.
Además, su trayectoria profesional es impresionante. Fue archivera en Simancas y llegó a dirigir la Biblioteca de la Universitat de València en plena Guerra Civil. No sé si esto se recuerda lo suficiente, pero en 1936, cuando València fue capital de la República, ella estaba en la cumbre de su carrera. En ese periodo, la política bibliotecaria dejó de ser solo regional para pasar a ser estatal, y durante más de un año toda la política bibliotecaria republicana pasó por sus manos. De ahí surgió el Plan Moliner, un proyecto ambicioso para articular todas las bibliotecas del Estado. Entender su paso por València es clave para comprender qué la llevó a escribir su diccionario y por qué es como es.

- Foto: RAFA MARTÍN -
novela 2 (n. calif.) Conjunto de sucesos de la vida real tan extraordinarios que parecen de ficción: “Su vida es una novela”.
- Qué responsabilidad dialogar y fabular una vida como la de María Moliner
- A mí me intimidaba muchísimo, por eso tardé tanto. Sentía un profundo amor y admiración por ella, pero también sabía que era un sentimiento colectivo, lo que me generaba un gran respeto. Me atraía mucho el proyecto, pero también me daba miedo. Y cuando algo te atrae y te da miedo a la vez, creo que es una señal de que hay que escribirlo, porque esa adrenalina también impulsa la escritura.
Esa responsabilidad me llevó a estudiar más y mejor. Durante años, no hubo estudio académico sobre María Moliner en ninguna parte del mundo que no leyera. Es imposible abarcarlo todo, pero traté de dividir la investigación en tres grandes áreas. Primero, su vida en general: cartas, notas que ella misma tomó con su experiencia como bibliotecaria en València y, por supuesto, las biografías sobre ella. Luego, la literatura académica, que era lo que más conocía: su trabajo lexicográfico y gramatical, porque su diccionario es también una pequeña gramática y enciclopedia, lo que le valió críticas en su época por su heterodoxia. Y, por último, la parte que menos conocía: la bibliotecología. Ahí comprendí su enorme relevancia para el gremio bibliotecario, donde es una figura tan heroica como en la lexicografía.
Por otro lado, me di cuenta de que hay muchas zonas de sombra en su vida, aspectos que jamás conoceremos. Por más biografías que se escriban, nunca sabremos qué sintió o pensó en determinados momentos, especialmente en su infancia y juventud, de las que solo tenemos pequeños retazos. Nunca tendremos el mosaico completo.
Eso hizo que novelar su vida tuviera aún más sentido. Como digo en la nota final del libro, en las novelas investigamos para ganarnos el derecho a imaginar. Una vez que conoces lo suficiente a un personaje real, ves todas las piezas que faltan. Y ahí es donde intervienen la ficción y la imaginación responsable.
Pero más allá del rigor histórico, la ficción es también una forma de recuerdo colectivo. Etimológicamente, recordar significa "volver a pasar por el corazón", y la ficción permite mantener vivas a las personas que queremos. Todo lector que se ha emocionado con un libro, una película o una serie lleva consigo a esos personajes, los integra en su familia simbólica.
Ese fue uno de mis objetivos: que María Moliner pasara a formar parte del mundo afectivo de quienes lean el libro, igual que lo hacen los personajes de las historias que nos emocionan. Ojalá se cumpla ese propósito. Y si el libro se traduce a otras lenguas, me encantaría que su historia trascendiera el ámbito hispanohablante. María Moline merece ser conocida en todo el mundo.
juego 1 m. Acción de jugar. (…) Conjunto de acciones que, con sujeción a ciertas reglas, se realizan como diversión
- Recoges el legado de esa relación de animar la palabra y esto hace que escribas también jugando con el lenguaje.
- El libro está escrito en un estado de vigilia lingüística, porque así está escrito su diccionario. No solo fue una mujer que amó las palabras, la cultura y el lenguaje desde niña, sino que tuvo una vocación constante de cuestionar el orden y proponer otro. Lo hizo como archivera, como bibliotecaria y, finalmente, como lexicógrafa.
Su diccionario es una obra finísima y astuta desde el punto de vista lingüístico, porque tuvo que enfrentarse a dos fuentes de autoridad muy poderosas: la Real Academia Española y la censura franquista. Lo escribió teniendo en cuenta ambas. Por eso, las ironías, los dobles sentidos, los sobreentendidos, las sugerencias y connotaciones —elementos clásicos de la lengua literaria— en su diccionario no eran solo un rasgo de estilo, sino, muchas veces, la única manera de decir lo que realmente quería decir y de entrar en terrenos delicados.
Intenté trasladar ese espíritu a la prosa de la novela, hacer que el texto resonara con la misma riqueza de matices y juego lingüístico que recorre su diccionario. No sé en qué medida lo habré conseguido, porque es un objetivo casi imposible, pero al menos ese fue el deseo con el que narré la historia. María Moliner nos enseñó a escuchar el eco de cada palabra, y esa lección, para mí, es inolvidable.