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CONVERSACIONES CULTURPLAZA

Raúl Riebenbauer: “No hay mundo más rico que el que es diferente al tuyo”

17/11/2019 - 

VALÈNCIA. Decía Kapuscinski, en uno de sus libros más aclamados, que las malas personas no sirven para el oficio de periodista. Raúl Riebenbauer (València, 1969), que en algunos momentos de su vida se ha identificado como “periodista” y ahora lo hace como “documentalista”, lo comparte. Lo hace, especialmente, cuando habla de la compañía Pont Flotant (y sus integrantes), con quienes inició una inolvidable aventura materializada en su mediometraje Ahir/demà, un documental sobre catorce migrantes recién llegados al centro de recepción de menores de Buñol que aceptan participar en un taller teatral propuesto por esta compañía.

El mediometraje documental, que ha participado esta misma semana en la categoría Mirades del festival DocsValència 2019 y también ha contado con el apoyo de Waterdrop Films, surgió con apenas recursos y medios, pero, eso sí, con una gran ilusión como motor principal. “El teatro es una herramienta de transformación y empoderamiento”, resalta contundente Riebenbauer en la Batisfera, una cafetería/librería entrañablemente acogedora enclavada en el Cabanyal. El teatro es la excusa y, también, el hilo conductor de su cinta, que nos transporta desde el primer día de ensayos hasta la representación final ante el público. Un viaje emocional donde pasado y futuro se confrontan, y que ya fue reconocido en el 21ª Thessalonik Documentary Festival, en marzo, donde obtuvo el Premio del Público para documentales de menos de cincuenta minutos.

“Uno de los temas sobre los que pensé mucho era el tránsito: el cómo llegaron hasta aquí. Había decidido que contaría la historia sin paternalismos ni sentimentalismos, y por eso no quería sacar el tema si no surgía de forma natural. Los chicos no hablaron de ello hasta el final del taller”, revela el director de Ahir/demà. 

Las historias trágicas de los jóvenes protagonistas no empañan el horizonte de futuro con el que se enfrentan al porvenir. Porque, si hay algo que consigue el documental de Riebenbauer, es poner el foco en una realidad aciaga sin perder la esperanza. Sembrar una semilla de empatía en el momento más oportuno. Kapuscinski tenía razón: solo las buenas personas sirven para ciertos oficios. Ahir/demà así lo demuestra.

-Teniendo en cuenta que, en la reciente campaña electoral, se ha puesto el foco sobre los inmigrantes y, en concreto, sobre los MENA (Menores Extranjeros no Acompañados), y el partido que más ha alentado el odio hacia ellos (Vox) es ahora la tercera fuerza política del país, ¿qué lectura haces de lo que está pasando?
-Aborrezco ese concepto: “MENA”. Reducimos a niños, que bien podrían ser hijos, sobrinos, parte de nuestra familia, a un acrónimo. Vox, además, utiliza su presencia y llegada al país de una forma espantosa, alentando el odio contra ellos. Y lo hace porque son los más vulnerables.

La migración no suele producirse por razones positivas. Nadie se va del lugar donde tiene raíces, familia o amigos para aventurarse en un tránsito que le puede llevar a la muerte por una razón que no sea una situación compleja. Vox, en estos momentos, está presionando a que ocurra lo que ya hemos visto: agresiones contra estos menores, o incluso, que uno de ellos al verse fuera del centro de menores, se suicidara. 

Los medios, y el periodismo en general, tienen una responsabilidad enorme. Cuando contamos las cosas de una determinada manera ofrecemos una determinada mirada de la realidad a los que nos leen, nos ven, nos escuchan. Y nuestra mirada no puede ser reduccionista: debe huir incluso de los tópicos incluso lingüísticos. Debemos dejar de llamar MENA a unos niños que tienen nombres propios. No debemos reducirles a un acrónimo que les deshumaniza, que es lo que precisamente hace la extrema derecha, y el ser humano cuando alimenta su lado más oscuro: el deshumanizar para agredir. Como cuando Salvini llama “carne” a los migrantes.

Cuando una sociedad llega a este punto pone de manifiesto que está enferma. Debemos sanarla, pero no desde una posición de sabiduría. Debemos convencer a los que votaron que lo que han hecho es una barbaridad y las consecuencias pueden ser gravísimas y pueden suponer un paso atrás en muchas situaciones.

Foto: ESTRELLA JOVER

 -¿Hay algún antídoto contra ello?
-Sí. Hay un antídoto contra la xenofobia, el machismo o la homofobia: leer, viajar, conocer, darte cuenta de que no hay mundo más rico que el que es diferente al tuyo. En ese camino de encuentro con el otro está la riqueza de la vida. 

No hay más que estar en el taller de teatro que grabamos, con Pont Flotant, para entender lo fascinante que es observar a esos chicos. Empezamos con treinta menores, de los cuales se quedaron al final catorce (a algunos les apetecía más que a otros; otros abandonaban el centro). Se podían poner bordes a veces (pocas); otras veces, bromeaban, se ilusionaban, se reían. Y, cuando hacían ese ejercicio de imaginar que llevaban 15 años sin verse, se abrazaban como locos, con los ojos muy abiertos. Este también puede ser uno de los antídotos. 

-Los protagonistas del documental son adolescentes. ¿Son sus sueños o preocupaciones tan diferentes de los de otros jóvenes de su edad?
-Lo refleja también Pont Flotant, que es una compañía que, en su propia trayectoria teatral trabaja de una manera muy peculiar, buscando e investigando en sus historias personales para extraer el material con el que construyen sus obras. Por eso también bucearon en los pensamientos y recuerdos de estos chicos para descubrir cuáles eran sus historias. Por ejemplo, que uno de ellos quería ser médico y, otro, cantante. 

Está claro que en estos momentos hay una globalización con un efecto perverso en el mundo que nos arrastra a la individualidad. Probablemente, estos chicos hayan seguido un espejismo, pero han llegado aquí huyendo de algo que a su edad no deberían estar viviendo. Deberían estar riéndose, no jugándose la vida a vida o muerte. Todos los chicos de Ahir/demà (todos) habían atravesado el estrecho de distintas maneras. En una patera, en una moto acuática o cayéndose y estando a la deriva, incluso, en el trayecto. Todos se habían jugado la vida.

-A pesar de ello, hay personas que hablan sobre el “efecto llamada” de manera frívola.
-La mayoría de los datos sobre el “efecto llamada” son falsos. Por ejemplo, hacía unos días Abascal acusaba a los migrantes, en general, de cometer el 70% de los delitos. Criminalizaba a los migrantes como el mayor grupo que comete delitos. Pero, cuando uno acude a los datos, descubre que no es así: de hecho, en los últimos tiempos, el aumento de migrantes ha coincidido con un descenso de la criminalidad. 

España, en estos momentos, es uno de los países más seguros. La mayor parte de agresores de crímenes de carácter sexual contra las mujeres son españoles. Abascal es un tipo misógino, machista: él debería, junto con su “manada”, autorevisarse para tratar de entender por qué los hombres somos la verdadera amenaza de las mujeres. Sin embargo, dice mentiras y nadie le rebate siguiendo la técnica del avestruz. Y hoy vemos las consecuencias de ello: 52 diputados. 

-A nivel mediático existe ese debate: ¿Es mejor rebatir o ignorar para no perpetuar esas ideas?
-Se debe rebatir siempre. Ahora, en estos momentos, incluso hay que estar dispuesto a batallar, no con las manos, pero sí con el pacifismo, con contundencia ideológica y verbal. Yo no me voy a quedar callado si veo una agresión. Y, ante las personas racistas, creo que no deberíamos mirar hacia otra parte porque puede crecer hasta extremos que conocemos y no son tan lejanos: Austria, Alemania, hace no tanto Italia, Ruanda, Bosnia… 

Y creo que con Vox ha sucedido eso. La ola estaba creciendo y era obvio que comenzaba a ser una marejada. Ignorarla me parece un error y ha sido un error. De hecho, en uno de los últimos debates antes de las elecciones, el único que rebatió algunas de las informaciones falsas fue Pablo Iglesias, pero nadie más. 

-A veces se les exige a los inmigrantes que renuncien a su cultura para integrarse en la nuestra. ¿Cuál es el equilibrio adecuado?
-Yo soy hijo de migrantes. Mi padre viajó a Suiza a principio de los 60 para buscarse la vida, como decenas de otros miles de españoles. Mi madre, austriaca, también llegó allí. Incluso yo he sido migrante y no he podido volver en términos de incapacidad e imposibilidad. Pero mí nadie me ha pedido nunca que renunciara a la cultura que me acompaña.

A mí nadie me dijo en Perú, donde viví varios años, que tuviera que dejar de hablar con la “z” y ponerme a sesear. Nadie me pidió que renunciara a mis posicionamientos ideológicos y otras características que vienen ligadas a la piel. Por tanto, no podemos exigir a los que llegan que renuncien, sino que a conozcan que también les podemos ayudar a integrarse en la sociedad. 

Si recibimos a personas que, en muchos casos, vienen sin medios, en situaciones de quiebre, y además les obligamos a vivir en guetos en los que la circunstancias son desfavorecidas, donde no van a tener más posibilidad de sobrevivir como puedan, ¿qué tipo de integración les estamos ofreciendo? 

Tenemos una memoria muy corta, porque en estos momentos todavía hay dos millones de españoles fuera por la crisis. La crisis destruyó millones de empleo. Incluso está bastante cerca cuando nuestros abuelos emigraron a países de América Latina donde nos acogieron y nos siguen acogiendo a pesar de que España no ha tenido un revisionismo histórico sobre su época y pasado colonial. 

La solución siempre es el diálogo: mirar al otro y entenderlo. Aceptar lo distinto y comprender que esa diferencia no amenaza nuestra identidad: la enriquece. 

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