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SILLÓN OREJERO

Observado por todos, observar a todos

Tras los descubrimientos de que la intimidad de los usuarios de redes sociales o del mismo google, ha sido muy relativa, por no decir inexistente, es reconfortante volver atrás a los cómics de Lewis Trondheim, que siempre tuvo presente los conflictos con la intimidad. En Omni-Visibilis planteó una distopía en la que todo lo que veía, sentía y pensaba una persona, lo podía ver, sentir y pensar toda la humanidad. Pero ya antes, en Mis circunstancias, dio en el clavo a la hora de explicar la energía negativa que destila en algunas redes sociales como el fruto de una sociedad represiva con el individuo.

28/05/2018 - 

VALÈNCIA. No llevaba Facebook mucho tiempo causando sensación entre los españoles, apenas tres años, cuando apareció la novela gráfica Omni-Visibilis, de Lewis Trondheim y Matthiey Bonhomme, publicada por Norma Editorial. Un tebeo que ponía de manifiesto las paranoias propias de una era en la que la privacidad se ha ido por el retrete por activa y por pasiva. 

Durante todos estos años, en las redes, quien no ha sentido la necesidad compulsiva de mostrar cada segundo de su vida a sus seguidores y más allá, esperando que le envidien y obteniendo, generalmente, que se rían de él en secreto, lo que se ha encontrado es con que sus datos han sido cuidadosamente archivados y vendidos. Todo lo que ha hecho, dicho y navegado, no era, en rigor, solo para él y las personas con las que quisiera compartirlo. 

Es un futuro el que se nos viene, de seguir las cosas por este cauce, muy distópico. De sobra es conocido que sin intimidad no hay libertad y la intimidad se encuentra en grave peligro de desaparecer. 

Como es normal, estos miedos se filtran en el arte y en cómic apareció esta obra premonitoria. El protagonista es un cuarentón soltero, oficinista, con sus problemas para vencer la timidez y una obsesión por la limpieza. Su vida es rutinaria y aburrida. Todo cambia cuando un día se despierta y se enfrenta a un fenómeno: Todo lo que hace, lo ve todo el mundo cuando cierra los ojos. 

Es una especie de héroe por accidente, a la vista del desarrollo que han alcanzado hoy las redes sociales, pues el deseo de los que más se las trabajan es ser seguidos por el mayor número de personas posibles. Algunos, para hacer valer sus opiniones. Otros, para monetizar su afición a ser observados. 

Esta historia, cercana a la ciencia ficción, propuso que se cumpliera ese sueño húmedo de tantas personas. La oportunidad del género a la hora de abordar el fenómeno, su capacidad como herramienta, es la de mostrar con esta gran metáfora a qué queda reducido el protagonista y qué intentarán hacer con él los que le rodean. 

Por supuesto, su ex que pasa de él y no quiere ni verlo, aprovecha la oportunidad que le dan "las cámaras", esto es, los ojos del personaje, para reunirse con él y mostrarse coqueta ante la mirada de toda la humanidad. Y lo hace mostrándose enamorada, de forma pasional. En resumen: Finge sus sentimientos, los fuerza y los retuerce para presentarlos ante la concurrencia.

  

Un individuo que pasa por allí, aprovecha para eructarle en la cara al protagonista, de modo que así logrará que todo el planeta lo vea y, en petit comité, ganarle una apuesta a sus amigotes, que era su público para esa grosería. 

El show de Truman o Cómo ser John Malkovic, o más recientemente Reality, de Matteo Garrone, que se estrenó también en 2012, podrían ser antecedentes cinematográficos de este cómic, aunque están más inspirados en el efecto de los programas de televisión en los que un concursante se expone a las miradas de todos los espectadores. Otro fenómeno curioso, pues si bien fue y es más criticado y censurable que una persona entre en la casa de Gran Hermano o en Supervivientes para hacer fortuna, se ha aceptado con mucha más naturalidad que los menores de edad empiecen desde bien temprano a perder su intimidad de forma permanente en las redes. No durante lo que dura un concurso, sino para toda la vida.

La pena es que Omni-Visibilis estaba más planteado como un divertimento. Un cómic de aventuras, tomando a un personaje ordinario, que se enfrenta a una odisea fantástica e impredecible, que le pone en el ojo del huracán de todo el planeta. Su capacidad para estar presente en todos los cerebros y percepción de todo el mundo pronto es tratada de monetizar por las corporaciones y de ser adquirida por los gobiernos. Una estructura similar a la de aquella joyita de Marc-Antoine Mathieu en la que su hipótesis iba por la posibilidad de qué ocurriría si, en este mundo actual en el que vimos, Dios volviese a bajar a la tierra.

 

Además de sus trabajos con Joann Sfar, en La Mazmorra, su personaje Lapinot o su genialidad La Mosca, sobre el día a día de una mosca -un cómic sin bocadillos-, hay que prestar atención también a uno de los primeros tebeos que publicó Lewis Trondheim, Mis circunstancias, que tenían carácter autobiográfico, y que en España aparecieron en Astiberri en 2002, pero que en Francia se publicaron en 1995, cuando en cuestión de redes sociales y realities "todo esto era campo".  

"Mi biografía no es muy interesante, no soy una persona muy sociable. Y eso despierta en mí un gran sentimiento de culpabilidad", comenzaba. Su protagonista, él mismo, se parecía mucho al de Omni-Visibilis. Era un tipo inicialmente amargado, que le daba vueltas a todo en todo momento, incluso a lo más banal. Tronheim reconocía que tenía fantasías compensatorias, en las que se daba de hostias en mitad del metro con los que le interrumpían el paso maleducadamente, con los vendedores de flores que le agobian, aunque, asumía, no se le daba bien vencer en  los enfrentamientos ni en la imaginación. 

Tronheim lidiaba con sus pensamientos en su propia intimidad. Se imaginaba que era  sometido a un juicio por haber sido megalómano. Las autocríticas que pudiera realizarse, se las hacía él. Y le atormentaban. Decía: "Me humillo y me castigo constantemente y después reacciono con los demás como lo hago conmigo mismo, es inútil, actúo como un facha". Difícilmente, nunca nadie describirá mejor la energía negativa que supuran algunas cuentas de Twitter, por citar un ejemplo. Y eso que la sentencia se hizo más de diez años antes de que apareciera la red social. Una sociedad represiva con el individuo, que se basa en que nunca termine de estar a gusto consigo mismo, era ya entonces un motor de frustración. No es de extrañar que a estas alturas lo sea ya de odio.

 

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