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LOS ESCRITORES Y SUS CIUDADES (IX)

Los veranos de Truman Capote en Palamós

23/08/2018 - 

VALÈNCIA. Fue Robert Ruark, periodista del The Washington Post, el que aconsejó a Truman Capote que se marchara al Hotel Trias de Palamós, un refugio en la Costa Brava catalana que iba a ser perfecto para terminar la novela que le haría un autor de enorme éxito: A sangre fría.

Fueron tres veranos consecutivos -1960, 1961 y 1962- los que Capote pasó el Palamós. Con motivo del aniversario de la llegada del escritor a la ciudad, se realizó una ruta cultural en la que se repasaban algunos de los lugares que Capote visitaba con asiduidad: el restaurante Maria de Cadaqués, la playa de La Catifa o la librería de la Calle Mayor, entre otros. Pero Capote no llegó solo. Cuentan que su equipaje consistía en 25 maletas y más de 4000 folios de su borrador. Le acompañaban su pareja Jack Dunphy, su gata y su perro.

El escritor y periodista Màrius Carol reconstruye en su libro El hombre de los pijamas de seda -publicado por la editorial Columna y ganador del Premio Prudenci Bertrana- esos tres veranos y primaveras decisivos en la vida de Capote. Carol se permite ficcionar algunos pasajes de aquellos veranos y, por ejemplo, cruza al autor de A sangre fría con Josep Pla e incluso le ubica una noche en La Pañoleta, un local que por las noches se convertía en un tablao flamenco donde triunfó La Chunga. La novela de Carol se inspira en algunas de las fiestas a las que Capote era tan asiduo. En la última casa en que estuvo, en Cala Senià, invitó a algunos amigos como la diseñadora Gloria Vanderbilt, el fotógrafo Cecil Beaton y la hermana de Jackie Kennedy, Lee Radziwill, a una de sus fiestas. En aquel último año, 1962, Dunphy le aconsejó que se marcharan a Córcega. Capote hizo caso a su pareja, pero la experiencia resultó nefasta. El hotel en el que alojaban estaba repleto de turistas y el escritor no halló el sosiego que su requería. Además, les robaron un maletín con 500 dólares. Todo indicaba que la Costa Brava era la mejor opción así que volvieron rápidamente a su refugio.

Cuentan que en aquellos tres años solo salió de Palamós para viajar a Londres, donde visitó a un psiquiatra que le ayudaría a zambullirse en la cabeza de los asesinos de A sangre fría. Cuando volvió a Palamós se trasladaron a una nueva casa y contrataron a personal de servicio: una cocinera, dos criadas y un jardinero. Le gustaba especialmente la zarzuela de pescado que le preparaban.

¿De qué modo influye en lugar en el que se escribe para el resultado de una obra? La influencia de los paisajes españoles en su obra puede leerse en su relato Un viaje por España, que publicó en la revista The New Yorker en 1950, es decir, diez años antes de su estancia en Palamós. Este relato que mezcla el humor y las aventuras en una España exótica fue una de sus primeras colaboraciones con esta revista que dirigía William Shawn y que acabaría siendo fundamental en el oficio de Capote. En A ride through Spain Capote repasa algunos de los tópicos españoles como la siesta, la gastronomía o la belleza del paisaje:

            Era un paisaje para bandidos. A principios de verano, un joven inglés que conozco había estado conduciendo por esta parte de España cuando, en el lado solitario de una montaña, su coche estaba rodeado de canallas sinvergüenzas. Le robaron, luego lo ataron a un árbol y le hicieron cosquillas en la garganta con la hoja de un cuchillo. Estaba pensando en esto  cuando, de repente, una ráfaga de disparos ametralló el adormecido silencio. Era una ametralladora. El tren, con un crujido herido, se detuvo lentamente. Por un momento, no hubo sonido excepto esa tos de la ametralladora. Luego, en voz alta y terrible, dije: "¡Bandidos!"

En verdad, no eran bandidos. Así lo contaba Capote a su amigo Cecil Beaton en una de sus cartas: 

            Hemos pasado algunas aventuras, de las que la más sorprendente ocurrió entre Granada y Algeciras, cuando de golpe toda la gente del tren empezó a gritar y a tirarse al suelo: ¡bandidos! Las balas silbaban. Lo que pasa es que no eran bandidos. Solo eran unos españoles que habían perdido el tren y disparaban para que parase. A un hombre le dieron en la cabeza. Un país precioso.

“Un país precioso”, esa era la sorna con la que Capote escribía algunas de sus crónicas más conocidas. El propio autor confirmó que este relato fue escrito con uno de sus lapiceros Black Wing en apenas dos horas. Sin embargo, el escritor criticó a la revista por la edición que recibió el artículo y así se lo contó a su amigo Andrew Lyndon en una de las cartas que le escribió:

            Desde The New Yorker me enviaron las pruebas del reportaje sobre España. Lo han recortado hasta que se ha parecido a otra de las cosas insulsas que publican en esta revista.

La relación que el escritor y la publicación mantuvieron a lo largo de décadas fue bastante agitada, como casi todo en la vida de Capote. Al periodismo narrativo, género que él mismo creó, dedicó todo su esfuerzo y talento. Algunas de sus reflexiones siguen vigentes:

            El periodismo, sin embargo, nunca puede ser del todo puro, como tampoco lo es una cámara; después de todo, el arte no es agua destilada: las impresiones personales, los prejuicios, la selección que uno mismo hace, contaminan la pureza de la verdad sin gérmenes.

Bien es sabido que Palamós le introdujo en el asunto de la muerte: no solo la de la familia Clutter brutalmente asesinada en Holcomb (Kansas), también en la de una de sus grandes amigas, Marilyn Monroe en junio de 1962. Cuenta Carol en su novela -de mano de Josep Colomer, antiguo propietario del Hotel Trias- que cuando Capote se enteró del suicidio de su amiga compró una botella de ginebra y regresó al hotel repitiendo con desesperación por las calles: “¡Mi amiga ha muerto! ¡Mi amiga ha muerto!”.

Hoy en Palamós puede leerse todavía una placa que recuerda el paso del escritor por esta tierra: «Este es un pueblo de pescadores, el agua es tan clara y azul como el ojo de una sirena. Me levanto temprano porque los pescadores zarpan a las cinco de la mañana y arman tanto ruido que ni Rip Van Winkle podría dormir...» (Van Winkle es el protagonista de un cuento de Washington Irving que duerme veinte años bajo la copa de un árbol).

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