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la yoyoba / OPINIÓN

Los milagros de la Isleta

27/01/2017 - 

Cada vez hay más tumbas urbanas. Seguro que han reparado en algunas, esparcidas de forma anónima por la ciudad. En la mediana de una carretera, en una cruz de algún arcén, en una rotonda, en un paso de peatones o en una insignificante señal de tráfico.  En ellas no se aloja ningún cuerpo pero perviven los recuerdos. El paso del tiempo se puede medir en el número de ramilletes que reposan sobre el asfalto. Flores frescas o marchitas que inmortalizan un dolor ajeno que podría convertirse en propio. Son puntos negros en el entramado urbano que deberían estar convenientemente señalizados. Como las banderas rojas en las playas o los carteles que anuncian un tramo de concentración de accidentes para que los conductores extremen la precaución. El peligro está siempre rondando nuestras vidas pero podemos estar prevenidos. Les voy a alertar de uno que conozco bien.

La rotonda de la Isleta es uno de los espacios públicos más peligrosos de Alicante. Lo digo porque lo sé. Un lugar de apariencia pacífica, casi idílica, con una fuente de chorros verticales que manan del suelo  y la “Estrella” de Eusebio Sempere presidiendo un túmulo de césped artificial donde habita un delfín herbáceo. Allí confluyen dos vías, la que desciende desde la avenida de Denia hacia la Albufereta y la que bordea la Cantera en paralelo con el mar. La parada del tranvía se esconde en el fondo, a unos metros bajo el nivel de la carretera. Entre el asfalto y la parada deprimida del tranvía hay solo una barandilla panorámica, de tubos metálicos,  que se puede derribar de un empujón. Cualquier error de un vehículo que circule por la rotonda superior puede suponer una tragedia irreparable. Para los conductores y para los pasajeros que esperan la llegada del próximo tranvía. Hace poco más de una semana, la prensa local se hacía eco del último accidente. Un coche se había despeñado desde la rotonda y había caído sobre la parada del tranvía. No hubo víctimas mortales pero los bomberos tuvieron que excarcelar al conductor que quedó atrapado, boca abajo, al lado de las vías del Tram. Fue un milagro que no aplastara a nadie en su vuelo acrobático.

Un año antes, “una joven conductora novel”, según decían los titulares, recorrió el mismo camino. Era una mañana tontorrona de primavera, de esas en que chispea a ratos. Once y media de la mañana. De vuelta de la primera clase en la Universidad. En el estómago, solo un colacao con galletas. Semáforo cerrado. Espera. Arranca. Primera. Segunda. El coche se desliza sobre el asfalto apenas mojado. Se recuesta sobre la barandilla de diseño. Y de pronto, el abismo. El mundo gira sin control. Una vuelta, otra, y el vehículo aterriza estrepitosamente junto a la marquesina del tranvía donde hacía unos instantes esperaban una decena de pasajeros. La conductora salió ilesa y abandonó el coche por su propio pie. Decenas de teléfonos móviles inmortalizaban la escena para alimentar las redes sociales mientras la joven lloraba desconsoladamente en el hombro de un desconocido.

La policía nunca averiguó la causa del accidente, pero no era la primera vez que ocurría un caso similar, decían los agentes. Tampoco sería el último. Hace unos días se ha vuelto a repetir la misma historia con distinto protagonista. Un misterio que nadie resuelve. Un peligro del que nadie avisa. Quiza solo sea un peraltado incorrecto de la curva. Quizá una barandilla demasiado endeble para sujetar el más mínimo envite,  y lo que podría ser un minúsculo roce lateral acaba en un vuelo de película. Hasta ahora, milagrosamente, nadie ha tenido que llevar flores a la Isleta, pero no tentemos a la suerte. Yo estuve a punto de hacerlo. La conductora novel todavía es mi hija. @layoyoba


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