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CONVERSACIONES CULTURPLAZA

Jesús Ge: “Tener un montón de likes no te convierte en poeta”

28/04/2019 - 

VALÈNCIA. Clic. Grabadora encendida. Por ella se cuela la cálida, grave y armoniosa voz de Jesús Ge (Madrid, 1972). Es una de esas ocasiones en las que una se abandonaría a la cadencia y ritmo de las palabras que expresa, con dulce amabilidad, su anfitrión: un maestro que abandonó la docencia hace un par de años para dedicarse, plenamente, al “arte de la palabra”. Se dedica, en concreto, a la poesía escénica, un género que no es precisamente nuevo (se remonta a principios del siglo XX) y al que llegó de una forma bien curiosa.

“Cuando empecé me interesaba (y me sigue interesado) todo lo que hace referencia al arte sonoro vocal. Pero, aunque jugueteo bastante con los sonidos, las sonoridades de las palabras, las repeticiones, la descomposición del lenguaje… lo que más me interesa es la semántica: el significado de las palabras”, desvela el poeta. Ras, ras. El bolígrafo de esta periodista se planta en seco. Ge no tarda en extraer del maletín uno y cederlo. Retomamos. “Los poetas empiezan a escribir por un pálpito. En mi caso, suele ser un juego de palabras generalmente relacionado con frases del acervo popular, refranes y chascarrillos. Empiezo con algo que me llama la atención, por ejemplo: mon-ja-mon-ja-mon-ja-mon-ja-mon. A partir de ahí, empiezo a construir un poema en torno a eso, lo escribo y luego le pongo en voz”, añade.

Hace unas semanas, el poeta y su espectáculo Esto no es vanguardia (del que también hay libro-cd autoeditado con el mismo título) visitaron el espacio Drassanes 52. Hoy, sin embargo, nos citamos con él en la librería Bartleby, donde su obra nos acompaña durante toda la conversación encima de la mesa y donde, también, ha actuado en alguna ocasión. Pasado, presente y futuro. Entre los proyectos que se dibujan en el horizonte, nos cuenta, está Cantaticó, un coro poético de cinco voces que actuará en el Festival 10 sentidos el próximo 11 de mayo. Cof, cof. Vaso de agua, trago, ligero carraspeo.

La poesía es el centro de la conversación: la visible popularidad que la acompaña como a todas las modas, y su secuestro por parte de falsos poetas que consideran que una frase ingeniosa y un puñado de likes garantizan la calidad literaria. Temas que otros apartarían de un manotazo, y a los que Jesús Ge se enfrenta con humildad, pero sentido crítico. La crítica, precisamente, rezuma su discurso; tanto en esta entrevista como en sus escritos. Uno de ellos, un antihomenaje sobre Rita Barberá (maravillosa la barba irritada) es buen ejemplo de su obra. Pero ahora: shh. Vale la pena leerle y, más todavía, escucharle.

Foto: KIKE TABERNER

-¿En qué momento se encuentra la poesía escénica actualmente? 
-La poesía escénica (o poesía subida al escenario) está empezando a despuntar. Hay muchas actividades: micros abiertos, slam, espectáculos propios… Sin embargo, y siendo un poco crítico, tengo la intuición de que existe una especie de burbuja (como la inmobiliaria, pero poética): no es un buen momento de gran calidad sino de gran exhibición. Estamos en un momento donde la poesía está comenzando a ocupar espacios públicos, pero la calidad del trabajo no parece acompañar a esa evolución. Al menos, es mi sensación.

Cada vez hay más festivales de poesía. Eso está genial. Incluso está empezando a surgir una especie de circuito. Es innegable que hay un gran movimiento en España con el tema de la poesía oral. Pero, por ejemplo, respecto al mundo del slam, hay algunos detractores; entre ellos, yo.

-¿Por qué?
-El slam tiene una función muy interesante: posibilita que los poetas que antes estaban en sus casas escribiendo, de repente, tengan la oportunidad de mostrar su trabajo al público. Es muy interesante que todo poeta pueda ver cómo reacciona su público. Lo que pasa es que, muchas veces, el slam se ha convertido en una espectacularización del hecho poético. Los poetas se llevan aplausos, se les vota con una pizarra, se les otorga una puntuación sobre su poema, y se animan (cosa que está muy bien), pero a su vez detecto que falta un poco de crítica. Nadie dice que “un poema es malo”, sino que “el público hoy no te ha querido”. Por otro lado, entre la misma comunidad poética (la comunidad slam), pocas veces se valoran entre ellos. Hay un “buenrollismo” global que, a la larga, considero que es perjudicial.

La gente que defiende el slam como espectáculo dice que es una puerta de entrada a la poesía: que el hecho de que la gente vaya a verlo generará que lean más este género. Pero no es verdad: la gente que va al slam termina ahí. Luego no lee otras cosas, ni descubre a otros autores. Vas, te lo pasas bien y ya está. Es la diferencia, por ejemplo, entre buena literatura o mala literatura; buen cine, o cine comercial. Hay productos culturales que se acaban en sí mismos, se agotan; otros te invitan, te llevan a otras partes.

Foto: KIKE TABERNER

-¿Influye en algo que todo el mundo piense que puede escribir poesía?
-Claro. Esa es la “democratización” de la cultura, toda la multitud de redes sociales y demás. Me levanto una mañana simpático, escribo una frasecita creativa u original que se me ha ocurrido, la pongo en Twitter o en Instagram, tengo un montón de likes y pienso: “Qué buen poeta soy”. Pero no: eso no te convierte en poeta. Hay mucha confusión ahora mismo.

Cuanta más actividad en redes sociales, cuanta más “democratización” de las artes; creo que menos se profundiza. No se lee, no se trabaja en talleres, no se piensa, no se dialoga: todo va muy rápido, es inmediato. Y la inmediatez no genera arte nunca.  

Y te lo dice un poeta que cree en el azar como una parte de la creación. Aquello de “cuando venga la inspiración, que te encuentre trabajando”. Cuando alguien está trabajando en profundidad en un proyecto surge algo: se abre una capacidad de percepción que hace que percibes cosas en las que no repararías de otra manera. Y te la quedes si son interesante. Pero si escribes cualquier cosa y lo das por terminado, no adquieres esa actitud: no hay hallazgos.

-Es innegable que mucha de la poesía actual nace en las redes sociales. ¿Consideras que estas la están corrompiendo de alguna manera? 
-La poesía está en todos los lugares. El hecho poético, de hecho, se encuentra más en la mirada que en la creación del poeta. El poeta lo único que hace es dirigir nuestra mirada a una cosa en la que quizá otro no repararía. Lorca decía que “la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supo que podían juntarse”.

El poeta tiene una obligación moral, no solo con los lectores, sino también con el propio lenguaje. Escribir lo que ya han escrito cientos de miles (por muy interesante que te parezca expresarlo) no convierte a eso en poesía ni a ti en poeta. Existe esa obligación moral con respecto a la historia de la literatura y el lenguaje. A mucha gente le da igual: como comentábamos, escribe un pequeño pareado u ocurrencia mañanera, la pone en Twitter y, como tiene mucha repercusión, considera que ese trabajo es literariamente válido. Pero no lo es. Y te preguntarás, ¿y quién dice qué es poesía y qué no es poesía?

Foto: KIKE TABERNER

-Precisamente.
-En el mundo del arte es complicado, especialmente desde el siglo XX, cuando Duchamp puso un urinario en medio de una sala y dijo que eso era una escultura: una obra de arte. Parece que no puede haber unos criterios que digan qué es poesía y qué no lo es.

Yo me baso en lo que dicen los expertos. Siempre busco en un poema, primero, que me haga vibrar, que haga que me cuestione algo. Que una persona diga: “Hoy me levanto, fumo un cigarro y me acuerdo de ti” (que puede estar muy bien como comentario) a día de hoy no remueve a nadie. Luego están las funciones del lenguaje de Jakobson y, concretamente, la poética. Esta dice que el lenguaje hace mirar sobre el propio lenguaje. Cuando, en una frase cotidiana (“¿Cómo estás?” o “acércame el vaso de agua”) la función es pragmática; es una cosa. La función poética tiene otra intención. 

Y luego está lo que llamamos el “misterio”. Todo poema tiene un misterio. Tú lees un poema y dices: “No sé qué muy bien pasa, pero me gusta, me conmueve. A lo mejor no lo entiendo bien, pero sé que hay algo detrás que me está transmitiendo algo”. Eso es el misterio. Y, después, estaría el ritmo, que es verdad que ha cambiado a lo largo de la historia. Los futuristas ya jugaron con el verso libre y rompieron la métrica. La poesía bien escrita tiene un ritmo interno, que no tiene que ver con que los versos sean isométricos (es decir, que midan lo mismo); eso ya lo superamos hace tiempo. Un buen poema es más fácil de leer.

-Eso de que los poemas tienen que tener rima y estructura específica quedó atrás entonces. 
-De la rima ya hace tiempo que nos olvidamos; la ha recuperado el rap con improvisaciones que, precisamente, se ayudan de esta para crear un ritmo. Aun así, a veces hasta en las escuelas todavía pasa. Nos encontramos con maestros que siguen diciendo a su alumnado que poesía es “aquello que rima”. Y no. La poesía ya no es solo eso. Que puede serlo; pero también hay poesía que no rima.

Foto: KIKE TABERNER

-Un artículo sobre el fenómeno de la poesía gestada en Instagram señalaba que se nota en las ventas si los escritores no tienen redes sociales. Alguien que no tiene una red social, se sostenía, no interactúa con el público, no fideliza. ¿Qué opinas de ello?
-Ahí hablamos de ventas, no de poesía. De vender un producto. Cualquier empresa que genera un producto quiere tener compradores: eso es así. El que fabrica refrescos quiere que mucha gente los consuma; y, quien hace libros, quiere que mucha gente los compre.

Ahora están sacando libros de poesía personas que, por su oficio, en principio no estarían muy relacionados con ello. Hay un actor muy de moda de La casa de papel que acaba de sacar un poemario. Él cuenta que son poemas que lleva escribiendo desde los 17 años. Desde los 17 años, realmente, llevamos escribiendo todos; pero otros, por pudor, lo guardamos. Pero como todo esto se ha convertido en un producto comercial, evidentemente algunas editoriales piensan que sacar un libro de alguien famoso, con muchos seguidores, y en un género que está de moda, tiene sentido. Hay que entenderlo como un producto comercial.

Todo poeta (o artista) quiere que su obra sea conocida por mucha gente. Todo el mundo, por mucho que digamos que escribimos para nosotros mismos, en el momento en que lo hacemos público, queremos que nos lea mucha gente. Aunque luchemos contra la vanidad y el ego, todos deseamos, como artistas, que nuestra obra se conozca.

De todas maneras, insisto: hablamos de ventas. El otro día me contaron que Marwan es el poeta más vendido de la historia de la literatura española. Te puede gustar o no, por supuesto, pero ¿de verdad consideramos que su obra merece ocupar ese puesto por encima de Lorca, Aberti, Gloria Fuentes o Carmen Conde? Y luego el elemento de calidad: si ser el poeta más vendido es convertirse en el mejor poeta, creo que estamos errando el criterio. Nunca nadie ha pasado a la historia de la literatura por ser el más vendido; quizá sí el más leído, pero también por su aportación, por la innovación de su obra, la generación de un nuevo movimiento o estilo; o la calidad y pureza de sus textos. Ahora no se valoran esas cosas, sino cuántos followers tienes y cuán larga es la cola en la Feria del Libro. Creo que nos estamos equivocando.

-“Se lee poco, pero se escribe mucho. Y se publica demasiado”, reflexionaba Toni Segarra en la contraportada del (polémico) libro de Risto Mejide, Diccionario de las cosas que no supe explicarte. ¿Es cierto?
-Estoy de acuerdo: se publica demasiado. Y, además, todo va muy rápido. Las editoriales están atrapadas en una vorágine de novedades y parece que los poetas también. Mi libro [Esto no es vanguardia] tiene seis años, y yo sigo con él, es innovador: lo sigo defendiendo. Ahora estoy elaborando otros textos y publicaré otro trabajo, pero lo normal ahora parece que es que los poetas cada año o dos saquen una novedad porque escriben rapidísimo. Yo no: voy a mi ritmo y no tengo prisa. Saldrá cuando tenga que salir. Hay una vorágine cuando, en realidad, si el libro es bueno es interesante que se mantenga. No tenemos por qué estar escribiendo constantemente cosas nuevas.

Pero todo va muy deprisa. Muchas veces el propio artista se ve abocado a acelerar su proceso para generar un producto que salga a la venta y se mueva para, a continuación, ponerse ya con el siguiente. Cualquier que conozca el proceso artístico sabe que eso no es bueno. Sí es positivo tener una fecha límite porque, si no, siempre estás retocando. Lo decía Paul Valéry: “Un poema nunca se termina, se abandona”. Poner un deadline está bien, pero de ahí a tener la obligación de producir a lo loco… No. No es bueno para el arte.

Foto: KIKE TABERNER

-¿Se puede vivir de la poesía?
-Puede vivir Benjamín Prado porque cobra 30.000€ por hacer un pregón en unas fiestas de pueblo: es la mafia de la visibilidad que se da en algunos contextos o círculos literarios. Es indudable que muchos de los grandes premios no son nada limpios y consiguen que algunos artistas o escritores adquieran más notoriedad, de manera que esa les permite obtener otros trabajos por los que se cobra más.

De vender libros, supongo que algunos grandes escritores como Vila-Matas sí podrán vivir, pero no resulta generalmente nada fácil. El poeta ahora tiene muchas actividades alrededor (recitales, lecturas, presentaciones) que le otorgan cierto soporte económico.

-¿A qué te refieres con que los premios no son nada limpios?
-Hay un libro que recoge los premios de poesía más importantes de los últimos treinta años: Intelectuales de consumo (2010) del profesor José Antonio Fortes. Recoge el ganador y el jurado que lo compone. Cuando comparas todos los premios, compruebas que el ganador de uno se convirtió en jurado de otra edición en la que le dieron el reconocimiento a otro que había sido jurado en el premio anterior. Es un baile de nombres. Se comprueba que los mismos nombres se van repartiendo los premios. García Montero, en alguna entrevista mencionó que él votaba a la poesía en la que creía. Y sí: tiene una justificación. Sin embargo, huele mal y hay cierta sospecha en los círculos literarios de que eso no está claro.

Hay muchos premios que otorgan las editoriales para dar nombre: para poner una faja en el libro. Ahora hay uno muy polémico, que es el que le han dado a Elvira Sastre (Premio Biblioteca Breve). Es una chica que, en principio, escribe poesía; a mí juicio, mala, aunque venda mucho y llene teatros. Han salido críticas en prensa de gente seria que dice que no hay por donde coger el libro. Sin embargo, le han dado un premio de 30.000€. Que le den el premio, bueno; pero esa cifra es mucho dinero y creo que hay que denunciarlo de alguna manera. Evidentemente, aquí se pueden mezclar muchas cosas de egos, de envidias. Pero también hay que tener una mirada crítica.

-Elvira Sastre llenó la Rambleta hace poco, un acto que se ha interpretado como el gran asalto de la poesía a espacios como los grandes teatros, dejando atrás los solitarios cafés y librerías…
-En efecto: llenó. Se vendieron las entradas en menos de un mes. Y quizá no siempre es la preferencia del programador cultural pero cómo no vas a programar a alguien, por muy malo que te parezca, si te va a llenar la sala. A veces se justifica. Trayendo este tipo de propuestas obtienes ganancias que luego te permiten programar otras cosas que sabes, casi seguro, que van a pérdidas. Compensa.

De todas maneras, a mí particularmente no deja de sorprenderme que una persona como Elvira Sastre pueda llenar un teatro; que venda todas las entradas de un sitio como la Rambleta. Me alucina y me decepciona. Pienso: qué poco criterio literario tenemos en este país. Lo mediocre vende mucho.

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