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LA LIBRERÍA   

Cincuenta años de relatos fluyen en 'Al entrar en el río', de Óscar Peyrou

Los años que escapan, los años que se recuerdan, los días que se olvidan y los episodios pasados que se iluminan de pronto en el presente protagonizan esta antología literaria de una vida

9/10/2017 - 

VALÈNCIA. Yendo al grano se puede pensar que al entrar en el río, en el mismo momento en que uno sumerge primero la punta de los dedos, luego la planta entera, después el tobillo y finalmente todo el tren inferior hasta que el agua le llega a la cintura, en ese mismo momento, se empieza a morir. El río es la vida, que va a dar a la mar, que ya sabemos que es, gracias a que dentro de las escasas e inconexas obras que se nos hizo leer a muchos en la escuela, estaban las coplas a la muerte del padre de Jorge Manrique. El tiempo se nos escurre líquido e inasible a toda velocidad de entre los dedos, la corriente de los días nos arrastra a veces suave y acogedora, a veces con excesivo vigor, a veces terrible, surcada de remolinos, saltos y sifones. Hay épocas de meandros apacibles y épocas de rápidos. Navegar el río con mayor o menor fortuna depende en gran medida de nuestra pericia, pero sobre todo, de la embarcación que nos haya tocado gobernar. Es un travesía compleja por lo general, en solitario y sin descanso; con suerte, en el delta de la existencia, intuyendo ya el salitre de la desembocadura, puede que encontremos un paréntesis fértil en el que descansar del agua y echar la vista atrás.

Es de suponer que Óscar Peyrou, bonaerense de nacimiento, hombre de mundo, escritor, periodista y crítico de cine, presidente de la Asociación Española de la Prensa Cinematográfica y exjefe de la sección de cultura internacional de la Agencia EFE, habrá visto correr aguas fluviales de todo tipo. Es de suponer porque de otra manera sería imposible, por mucha imaginación que uno tuviese, construir un volumen de relatos tan completo como es Al entrar en el río. Una antología, publicado recientemente por el sello valenciano Ediciones Canibaal. Por descontado, nunca hay que creer todo lo que se lee, porque alguien con tanto oficio como Peyrou podría haber incluido algún dato toponímico exótico, como ese río Thamalakane con el que él mismo se ríe de los matices en el cuento “Una noche en Maun” para hacernos pasar por cierta la pura invención. Sin embargo, las narraciones que aquí se recogen respiran una autenticidad difícil de falsificar, una emoción honesta, al margen de que los hechos puedan ser producto de la ficción o absolutamente ciertos. Esa honestidad a la que nos referimos no tiene tanto que ver con el castillo levantado como con sus cimientos: la honestidad, que es uno de los factores que diferencian la buena literatura de los textos del montón, tiene que ver con lo que fluye por debajo de las palabras, con si el acuífero es genuino o solo un canal seco incapaz de alimentar la superficie.

Cincuenta años escribiendo dan para mucho, porque hay mucha vida que interpretar y transcribir en ese lapso de tiempo: en las páginas de la antología de Peyrou hay infancia, un niño mirando por la ventana con voces a sus espaldas a las que no presta atención; hay juventud, mucha juventud, juventud reaccionaria y juventud revolucionaria, torturas, clandestinidad, temblores en el cuartel, desaparecidos, felicidad en la prisión, tiroteos, cuerpos a tierra, miedo, decepción; hay familia, hay un padre con una sombra alargada del que se habla con aterradora sinceridad en “Avenida de las Camelias”, hay un tío, maestro y consejero, Manuel Peyrou, “experto en mujeres y literatura”, que viene y va a lo largo de las páginas de un modo u otro; hay madurez y amor, mujer y descendencia, hay experiencia de todo lo vivido. Y de forma transversal a todos los cuentos, como una espina de la que nacen todas las historias, figura la muerte, la caducidad, como una promesa trágica que hay que cumplir en algún momento y que hoy aquí o mañana allí, va solicitando que saldemos la deuda. La muerte abre el libro, y la muerte lo cierra. La muerte, sí. Sin paliativos.

Tanto es así que hasta el mismo prologuista del libro, el filósofo, profesor de universidad y escritor Jesús García Cívico, tratando de plantear su introducción al libro, no puede evitar conmoverse imaginando su muerte y la de su gente, como apunta con franqueza. La muerte se le ha filtrado desde la pantalla del ordenador hasta su cuerpo como ese oscuro líquido mercúrico que atenaza a Neo en Matrix cuando el Agente Smith -de alguna manera, el jinete del apocalipsis que ha venido a acabar con todo en en la trilogía de las hermanas Wachowski- intenta poseerlo. El prólogo, por cierto, termina fantástico para dar paso a la obra, señalando que Peyrou “escribe para la mayoría, y la mayoría no son los vivos, sino la cifra incalculable de los muertos”. Una idea, la de los muertos incalculables, que subraya Peyrou más adelante en “Máscaras de polvo” -la primera narración de la antología- con la poderosa imagen de los cementerios sobre otros cementerios, como estratos de historia biológica condenada a caer en el olvido. También dice Cívico lo siguiente sobre la presencia densa de la muerte en Al entrar en el río: “La muerte se dice de muchas maneras, la muerte es lo que vemos durante el día y una fría y turbadora oscuridad que cubre los primeros planos de un cuadro. El final, por decirlo eufemísticamente aparece a menudo de forma muy directa […] otras veces bordeando las aristas en las que este se manifiesta diariamente (como aquel aforismo de Heráclito que nos vino bien para comenzar filosóficamente: la muerte es cuanto vemos despiertos)”.

Jorge Luis Borges y Manuel Peyrou. Foto: BIOY CASARES

Cuenta Peyrou que Jorge Luis Borges, amigo de la familia, escribió tras la muerte de Manuel Peyrou estas líneas: “La nostalgia fue un hábito de su alma. Le placía vivir en lo perdido”. Unas líneas que según él le acechan y que tras leer sus relatos, podríamos considerar que más que acecharle, ya son suyas también, porque el recuerdo recorre la antología como ese viento templado de la memoria que es, que soplando en ocasiones nos reconforta y en otras, nos provoca el estremecimiento. El tono elegíaco del que hacen gala muchos de los relatos se alterna no obstante con un fino sentido del humor que pone en evidencia las contradicciones propias y las ajenas, las debilidades, las flaquezas, los absurdos -ese humor, hay que decirlo, también constituye una parte importante y necesaria del volumen-, con constantes homenajes a la belleza que tan bien sabe perfilar y retratar el autor argentino y con pasajes fantásticos de corte borgiano que ganan en dimensiones en esta antología, en la que un relato del año noventa nos remite a otro del sesenta y cinco. Se nos ofrece así una perspectiva plástica del tiempo según Peyrou que si tenemos hueco en la mesita de noche y un billete azul, haremos bien en atrapar.

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