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LA YOYOBA / OPINIÓN

Atrapada en la Red

24/03/2017 - 

Como una mosca atrapada en una tupida tela de araña. Eso tengo ganas de escribir cada vez que el Facebook me pregunta cuál es mi estado. Si me ausento durante largo tiempo se alarma como un amante celoso y me invita a salir a escena. Siempre está pendiente. El otro día me avisó, por si acaso lo había olvidado, que estaba jugando el Barça y me dijo cómo iba el resultado. También me chiva las páginas comerciales que visitan mis amigos y me informa de ofertas de productos la mar de apasionantes por los que alguna vez me interesé. Un estetoscopio, por ejemplo, un maletín de primeros auxilios o un curso de oratoria. 

A veces pienso si detrás no estará mi madre porque me recuerda puntualmente los cumpleaños de personas que conozco y lo hace con la suficiente antelación para que me dé tiempo a comprarles algo. Ahora no me valen las excusas memorísticas. Me estoy empezando a mosquear. Detesto dejar tantas babas en el ciberespacio. Supongo que ese es el precio de todo el volumen de datos que me suministran las redes sociales de manera altruista. Ja. Nadie da duros a cuatro pesetas. La información se paga y yo la abono religiosamente en módicas cuotas de control externo y pérdida de intimidad.

El caso es que ya no fío de nada ni de nadie. Ni de mi smart-tv, que se apaga si dejo de zapear un largo rato y se toma la libertad de grabarme programas por su cuenta y riesgo. Tan inteligente no será, digo yo. Luego me entero que la CIA y cualquier friki cibernético tienen la capacidad de espiarme (otra cosa es saber para qué) hackeando mi ordenador aunque esté apagado y colándose en el salón de mi casa a través de la pantalla de ese televisor supuestamente inteligente que tiene vida propia. Y el teléfono móvil, otro que tal baila. Llama a quien le da la gana sin mi permiso y últimamente encuentro llamadas a un número desconocido de Venezuela. Igual me está tendiendo una trampa para acusarme de bolivariana y cualquier día de estos aparezco en los titulares de algún diario digital abonado a las conspiraciones podemitas. Lo he dejado por imposible. Al menos hasta que alguien descuelgue al otro lado del océano y me cobren la llamada. Mi relación con el continente americano es bastante fluida, no se crean. Hace poco me clonaron la tarjeta de crédito y alguien se compró un televisor a mi costa en Lima. El seguro se hizo cargo de los gastos pero el disgusto y el trasiego entre la comisaría y la sucursal bancaria no te lo quita nadie.

Dominique Wolton, el prestigioso sociólogo de la Comunicación, tiene más razón que un santo cuando nos alerta sobre los peligros del exceso de información que nos aísla cada vez más en una sociedad hiperconectada. Mis “amigos” están ahí afuera y apenas les pongo rostro. Son los únicos que me envían cartas postales y regalos por mi cumpleaños: El Corte Inglés, Ive Rocher o Punt Roma. No fallan. Siempre los mismos horrorosos pañuelos de cuello, muestras de cosméticos de la señoritapepis o vales descuento que caducan olvidados en cualquier cajón. Yo es que no soy mucho de tirar, fíjate. Y otro frente abierto es el frigorífico, que se pone a pitar por las noches como un descosido. No sé por qué chilla. La nevera es analógica, así que el día que me encuentre un posit en la puerta diciéndome que me he quedado sin huevos, le pego una patada a la telaraña tecnológica y me voy con la música a otra parte. Eso si me deja Spotify, que también se atreve a confeccionarme listas de canciones favoritas. El otro día me recomendó una de Rocío Jurado. Cómo me conoces, bribón. @layoyoba

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