Me desplacé a una finca familiar. El trayecto fue corto, no se requería pasaporte. La geolocalización de mi destino planeaba sobre la València periférica, el lugar, varias parcelas del arenal El Recatí. Un sitio privilegiado y blindado por los arrozales y la huerta. El paso rememora el recorrido de un túnel exento de oscuridad, las plantas y las flores, dan el aroma de bienvenida a cualquier persona que se precie a cruzar el umbral de puerta de los hierros.
La finca es privada. Al fondo del camino yace una higuera trasquilada, los pájaros han dejado de revoltoear sobre el tronco. No hay sustancia. No hay miga. No hay nada que picar. Dicha hacienda familiar la componen varias casitas, y una comunidad felina muy bien arropada. Respetada. El cuidado que se tiene por los animales se huele en el ambiente de estos hogares mediterráneos con cierta fisionomía a patio andaluz.