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vals para hormigas / OPINIÓN

Tres relatos tristes

15/11/2017 - 

Hay un relato implacable, atroz. Es el de Jessica acribillada a la puerta del colegio de su hijo. Es el de la niña de Alzira degollada por su padre por venganza. Es el de aquella chica que conocimos y que un día quiso contarnos que una sombra entraba de vez en cuando en su habitación, para arremangarle el camisón y destrozarle la infancia. Es el de la vecina que fijaba la mirada en la pared más lejana cada vez que su pareja la obligaba a mantener relaciones sexuales y a padecer pesadillas durante toda su vida. Es el de nuestra hermana, la que no pudo llamarnos cuando su novio la encerró en el balcón, en pleno invierno, tras destrozarle el móvil y la fe en la humanidad. Es el relato puntilloso y truculento, a menudo, necesario para quienes no tenemos información de primera mano, para quienes sabemos de un caso parecido y no nos atrevemos a denunciar, para quienes acolchamos nuestra conciencia con frases hechas, para quienes no acabamos de encontrar el remedio a la violencia de género, para quienes no incidimos lo suficiente en la prevención temprana en los colegios, para quienes creemos que huiríamos a la mínima señal, para quienes sobredimensionamos el asunto y para quienes lo minimizamos, para quienes formamos parte de una sociedad en la que se mata a las mujeres porque no están marcadas como reses en un rancho.

Hay otro relato, terrible, también, pero que siempre deja la boca seca con la aridez del alivio y el odio. Es el del asesino estampado contra una pared en su fuga que no encuentra más respuesta que dispararse un tiro en la sien. Es el del parricida esposado en dirección a prisión, sin más equipaje que el de seguir vivo y el miedo. Es el del pariente de aquella chica que conocimos, que se arrebuja en el sillón de la residencia de ancianos donde probablemente morirá. Es el del violador de nuestra vecina, que ha intentado rehacer su vida tras asistir a unos cursos de rehabilitación impuestos por un juez y que dos veces al año tiene derecho a una visita de su hijo. Es el del exnovio de nuestra hermana, a quien no hemos vuelto a ver desde que alguien nos impidió salir a buscarlo para darle una paliza. Es un relato al que le sobran veinte párrafos, inútil y únicamente destinado a ellos, a quienes pensaron que podían marcar a las mujeres, se quedaron con el hierro candente en la mano y no le encontraron más uso que el de agitar los rescoldos o matar.

Hay un tercer relato, oscuro como el dolor que no se va nunca y con el amargo sabor de las medicinas paliativas. Es el de aquella chica que conocimos que un día quiso contarnos que se emparejó con un chico con quien por fin rompió todos los hechizos, que tuvo un hijo y que es feliz. Es el de la vecina que encontró trabajo en otro país, se casó, tuvo otro hijo y muy ocasionalmente se sume en las tinieblas. Es el de la hermana que se ha sacado una oposición y no tiene tiempo para pensar en el pasado. Es un relato incompleto y triste, indicado para las que no pueden dormir, ni vivir, ni hablar, ni sentir, ni elevar la voz, ni salir a pasear, ni mirar por la ventana, ni consultar el móvil, ni consultar a su madre, ni trabajar, ni comprarse una falda por encima de las rodillas, ni quitarse de encima la sospecha de que alguien las ha marcado como si fueran reses en un rancho.

Hay salida. Aunque nadie parezca tener muy claro dónde está.

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