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SED BUEN@S Y LEED

Rubén Martín Giráldez: "Del despropósito a la genialidad va un paso"

11/11/2018 - 

ALICANTE. Hay toda una corriente de opinión entre la crítica literaria que abomina de los libros con título largo, la mayoría de los editores siente que un escalofrío les recorre la columna cada vez que se encuentran encima de la mesa de trabajo un tocho en cuya portada parpadea como un luminoso una frase de más de una línea, no digamos si contiene, además, alguna subordinada. Luego están los amantes de la retórica bien empleada. Este es el caso del zaragozano Víctor Gomollón, que se ha atrevido a soltar a los perros de la crítica una pieza con el título más largo de los últimos tiempos: Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos de Ben Marcus con unos pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. Y mira por dónde, esta osadía le está sirviendo para que se convierta en una de las sensaciones editoriales de la temporada.

Víctor aceptó, sin pensarlo mucho, la propuesta de Rubén para publicar su traducción del texto de Ben, según reconocen ambos contendientes, tal y como nos explica el segundo:  “El artículo (de Ben Marcus) lo leí allá por el 2010 al enterarme de que era una respuesta al "Mr. Difficult" de Franzen, del que había rastro en el minilibro que publiqué por entonces con Alpha Decay. Víctor tenía ganas de plantear una colección de ensayo y le propuse este Why experimental fiction... Lo imaginábamos como un librillo fino y compacto, con unas páginas mías al final, pero al hablar con Ben Marcus se me ocurrió que quizás podíamos añadir una entrevista con varios excursos como anexo. No acabó de cuajar como entrevista,  así que vimos la posibilidad de redondearlo con el artículo He escrito un libro malo. El resultado se puede encontrar ya en las librerías, como el primer título de la Colección Fontanela de la editorial Jekyll & Jill: La colección Fontanela aparece en la época de la perversión del término ‘librepensador’ a manos de los defensores (a veces involuntarios) del pensamiento único, y se dirige a lectores dispuestos a hacerse una biblioteca que no confunda las nociones de dúctil y dócil.

En estos tiempos de intertextualidades, Martín Giráldez se ha cascado un texto de ortodoxia académica, plagado de citas en texto y envíos a pie de página, él, que se autodenomina autodidacta intitulado, así es que además de mantener con él una conversación virtualizada, no hemos podido resistir la tentación de robarle una de las cita y colocarla como envío cruzado… a pie de página1.

En 1997, los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont publicaron el resultado final de un experimento con bastante de juego, y le dieron el nombre de Imposturas intelectuales. En él denunciaban el uso intempestivo de terminología científica y las extrapolaciones abusivas de las ciencias exactas a las ciencias humanas. Arreaban a diestro (Lacan) y siniestro (Kristeva). ¿Parte del rechazo al experimentalismo literario puede venir de ese componente de impostura?

Si no recuerdo mal, Sokal admitía no conocer «más del 10 por ciento» de la obra de los autores que se propuso desenmascarar. Cosa comprensible, porque hablamos de varias decenas de miles de páginas de ámbitos diversos. Pero el positivismo, en última instancia, da buenos resultados para escribirse un número de stand-up (que a lo mejor es lo que hago yo en pinitos, no diré que no).

Vamos, la querella entre ciencia y metáfora o la física y las humanidades por ver cuál se erige en verdad absoluta. Igual que en La desfachatez intelectual de Sánchez-Cuenca o La mala puta de Dalmau, se puede acabar incurriendo en el pintoresquismo. Que no es necesariamente malo, aunque tampoco riguroso.

Claro, del despropósito a la genialidad va un paso, y como solemos tener dos pies, a veces los dos pasos los da la misma persona. Y por eso es más comprensible aún el temor a la tomadura de pelo, a que el autor nos esté tangando en público. Los resultados del experimento literario (a diferencia de lo que ocurre en el campo de la ciencia) los anuncia no el experimentador sino el crítico, así que conviene imaginar que el autor, cuando hace bien su trabajo, es un manipulador. ¿Y a quién le gusta sentirse sujeto experimental?

Leer Botones blandos de Gertrude Stein o ver Holy Motors de Carax puede ser un auténtico coñazo según la disposición de cada cual.

Trobar clus vs. trobar leu, oscuridad vs. luminosidad, lógica vs. retórica, realismo vs. experimentalismo, tradicionalismo vs. metaficción, culteranismo vs conceptismo… el combate viene de lejos, ¿no?

Claro, y la querelle des anciennes et des modernes, y lo de prima la musica e poi le parole. Ya no veo productivo ese debate, porque hablar en términos de realismo versus experimentalismo en una época en que ya no existe el realismo… ¿cuánto rato duró el realismo y cuánto hace de eso?, a mí me cuesta distinguir el Wilhelm Meister de La educación sentimental del Tristram Shandy, llegados a este punto.

El propio Ben Marcus decía en 2011 en la revista HTMLGIANT no considerarse un escritor experimental: «Supongo que he visto usar el término de maneras tan polarizadoras y despreciativas que ha dejado de hacerme gracia. Para mí ha perdido su carga, y la verdad es que ya no tengo ni idea de a qué puede hacer referencia».

Si nos atenemos a lo datos registrados y los reseñados por los historiadores de la lectura, la afición lectora ha sido minoritaria desde los tiempos del tito Platón y sus gruñidos contra la fijación textual. ¡Pero si la lectura en sí ya es un acto elitista!, la gente siempre ha preferido aprender o entretenerse con algo menos lesivo para el cristalino.

Ahora que lo planteas así, se me ocurre que tanto en los textos de Marcus como en el mío la noción de élite de la que abominamos es la que se quiere sinónima de «exclusivista». La literatura es minoritaria por definición en nuestros días, ningún problema. Probablemente, los auténticos enemigos de la lectura sean el trabajo y el gobierno (no digo el dinero, porque el dinero es un ente sin maldad ninguna, pobre, generalmente hace lo que le dicen que haga con tal de comunicarse, igual que los idiomas), por lo menos en mayor grado que el entretenimiento.

¿No estaremos llevando un poco lejos los conceptos “el lector como cliente” y “ el cliente siempre tiene la razón”?

Pues no creas que no me parece divertido… es casi lo mismo que decir «el lector como autor» o «el lector como obra», y ahí la cosa se pone más interesante.

Al final, ¿todo esto es ideología? ¿Una lucha en el más puro estilo darwinista (wallacista si nos hemos vuelto furibundamente tomwolfianos, ahora que el de Virginia solo se aparece el Día de Difuntos) por decidir “qué legamos por medio de garabatos”?

Inevitablemente, me temo. Es fácil acabar siendo esclavos de lecturas y de cánones, por muy personales, exclusivos y poco ortodoxos que nos esforcemos en construírnoslos. En mi caso, además, lastrados por una conciencia de clase, la inevitable reflexión sobre las propias limitaciones heredadas y generadas, sobre las oportunidades inexistentes, desaprovechadas, perdidas, a destiempo, etcétera.

Por cierto, empiezas tu excurso con una captatio benevolentiae… ¿era necesario o forma parte del juego?

En las novelas suelo hacer lo contrario: el narrador escupe sobre la más mínima posibilidad de congraciarse con el lector. Esta vez me proponía abandonar un poco la mascarada, pero al final creo que no lo logro, porque es difícil confesar al lector en un estilo llano y desde el principio que no tienes autoridad. La elección del título «Mis pinitos en pedantería» ya es reveladoramente capciosa y manipuladora. Pero luego considero que es una piececilla escrita para exponer la escasez de mi bagaje y prohibirme recurrir de nuevo a él. Me planteo que, ya que la naturaleza no me ha dotado de complejos, esquivaré el riesgo de caer en la petulancia con la voluntad firme de no engañar.

 1 “De niña le prestaba muy poca atención al nombre de los autores; eran irrelevantes; no creía en los autores. Para ser completamente sincera, así sigo. No creo en los autores. Un libro existe, está ahí. El autor no está ahí -un adulto al que jamás conoceremos-, igual incluso está muerto. Lo que es real es el libro. Lo lees, entablas una relación con él, trivial tal vez, o tal vez profunda y duradera. Mientras lo lees palabra por palabra y página por página participas en su creación [...]. Y, según vas leyendo y releyendo, el libro participa, evidentemente, en la creación de ti misma, de tus pensamientos y sentimientos, en el tamaño y el temperamento de tu alma. ¿Dónde entra aquí el autor? Como el Dios de los deistas del siglo XVIII, sólo al principio. Mucho tiempo atrás, antes de que el libro y tú os conocieseis. El trabajo del autor está hecho, completado; el trabajo en marcha, el acto presente de creación, es una colaboración entre las palabras que están en la página y los ojos que la leen. (Ursula K. Le Guin. The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction, “The Book Is What Is Real”, Putnam, 1979).

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