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CRÍTICA DE CINE

'Érase una vez en… Hollywood': El cine como salvación

16/08/2019 - 

VALÈNCIA. El cine de Quentin Tarantino siempre ha bebido del imaginario cinéfilo, pero nunca de una forma tan clara y contundente como ocurre en Érase una vez en… Hollywood, su novena película y aquella en la que se encarga de homenajear todo aquello que ama del séptimo arte, desde los géneros clásicos menores, cuyos elementos han inspirado parte de su iconografía, hasta los actores, pasando por los técnicos y, por supuesto, algo mucho más etéreo como son los mitos, al fin y al cabo, materia fundamental con la que se construyen los sueños.

Tras Los odiosos ocho (2015), configurada alrededor de una estructura muy cerrada y hermética, el director opta por una narración mucho más libre, como si en esta ocasión se negara a seguir una pauta argumental y se dejara llevar por el mero placer de contar historias. Las digresiones que siempre habían estado presentes en momentos concretos de sus películas, aquí se apoderan de la función, organizándose a través de segmentos independientes que unidos entre sí poco a poco van dejando entrever una lógica interna.

En realidad, nos encontramos en el terreno de la fábula, aunque eso no lo sabremos con toda certeza hasta que lleguemos al final del trayecto. Lo que sí encontramos desde el inicio es una oda al cine, al arte de relatar a través de imágenes y a la forma en la que se hacía en los viejos tiempos. Tarantino siempre ha utilizado la pureza de los géneros para deconstruirlos a través de un punto de vista postmoderno y en esta ocasión su visión sigue siendo inevitablemente pop, pero en muchos fragmentos parece como si quisiera alcanzar esa esencia incontaminada de antaño, sobre todo cuando nos introducimos en el terreno del western, que tantas veces ha revisitado en sus películas y que en esta ocasión introduce a través de un mecanismo metacinematográfico (a través del rodaje de una película) en el que encontramos tanta pureza como veneración ensimismada y, como no, muchas dosis de ironía nostálgica.

En Érase una vez en… Hollywood Quentin Tarantino parece disfrutar de verdad jugando, a recrear una época, a configurar un universo que nos lleva desde los platós de cine a la mansión Playboy y, de ahí, al rancho hippy donde vivía la secta de Charles Manson. A través de esos escenarios nos introduce en ese año tan convulso como fundamental para entender la historia reciente, 1969. Un año en el que el hombre llegó a la Luna, en Stonewall nacía el Orgullo Gay y Sharon Tate era brutalmente asesinada. Grandes logros para la humanidad, pero también toda la locura concentrada de una sociedad que parecía estar construyendo monstruos desde su interior. 

A Tarantino, de todo esto, lo que le interesa es la cara B de los hechos, la trastienda y, sobre todo, los personajes intrascendentes, esas figuras secundarias por las que siempre ha sentido tanto cariño como respeto. Por eso los protagonistas no son precisamente la crème de la crème del Hollywood del momento (aunque aparezcan de forma eventual Bruce Lee o Steve McQueen), sino Rick Dalton (Leonardo Di Caprio), un actor en horas bajas y su doble de cuerpo, Cliff Booth (Brad Pitt), dos perdedores en el mundo de las apariencias y las grandes expectativas. Y en medio de ese tándem hipermasculino, una figura etérea, casi sacada de una ensoñación, la de Sharon Tate (Margot Robbie).

Aunque parece configurada como una buddy movie, en realidad, en Érase una vez en… Hollywood, cada uno de los personajes llevará su propio recorrido paralelo. Rick Dalton tendrá que recuperar su autoestima como intérprete y al mismo tiempo reinventarse dentro de una industria que está cambiando a pasos agigantados. Por su parte, Cliff Booth, entre viajes en coche para acompañar a su amigo y jefe, conocerá a una joven hippy (Margaret Qualley) que lo conducirá a las entrañas del clan Manson y retará al mismísimo Bruce Lee a una pelea de kung-fú.

Cada set-pièce tiene un carácter autónomo (que incluyen homenajes a los seriales televisivos, al eurowestern, a la psicodelia setentera, el horror gótico, la acción y las artes marciales), pero el director, a través de su personalidad única consigue que todas esas pequeñas partes formen un todo homogéneo en el que esos segmentos fluyen de manera armónica hasta desembocar en un tercio final en el que Tarantino regresa a su esencia utilizando como máxima referencia su propio estilo. 

Quizá, muchos espectadores puedan sentirse desubicados ante esta obra por su capacidad para romper con las expectativas. Tarantino siempre ha sabido arriesgar en cada una de sus obras para ofrecer variantes inesperadas de su universo. En esta ocasión ofrece una película más caleidoscópica, con múltiples derivaciones que nos conducen a través de diferentes caminos, siempre inesperados, en la que se deja llevar por su amor al oficio, también por sus propios fetichismos (los coches, los pies femeninos, sus actores recurrentes, sus personajes icónicos) y sobre todo ofrece la oportunidad a sus dos protagonistas, Leonardo Di Caprio y Brad Pitt, para que puedan lucirse por todo lo alto.

Érase una vez en… Hollywood es un auténtico festival de amor al cine. Al cine que se disfruta en la sala (Sharon Tate viendo su propia película), al cine como profesión (Rick Dalton preparando su papel junto a una niña), al cine dentro del cine (la larga secuencia del rodaje de un western) y al cine que tiene la capacidad para reinventar la historia, con ese final magistral, tremendamente emocionante, en el que la película adquiere un poder tan revelador como curativo de una realidad que se transforma en algo mucho mejor.

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