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la yoyoba / OPINIÓN

Olmos reverdecidos

15/12/2017 - 

“Necesito una pastilla para ponerme a funcionar”, cantaba Martirio en los años ochenta en un disco rompedor que se titulaba Estoy mala. “Mala mala de acostarme”, canturreba por aquel entonces una servidora cuando no consumía más pastillas que las “pastis” que servían para muchas cosas menos para acostarse. Y de pronto, sin apenas darte cuenta, llega un momento en que la farmacopea se instala en tu vida y descubres que tienes más amigos en la botica que en el bar. El cuentaquilómetros entra en una fase crítica, las bujías corporales se resienten y la carrocería delata tus muchos años de carretera. Hay días que una se levanta con frases lapidarias como “esto no me había pasado a mí nunca” y te la apuntas para el epitafio. Todo es nuevo. Las mamografías, los triglicéridos, la osteoporosis, la menopausia, la hipertensión, las canas. El armario del baño está neurótico perdido. Los tampax dejan espacio libre para que quepan las tenalady, los comprimidos de Monurol han sustituido a los anticonceptivos y las cremas reafirmantes y antiarrugantes se reproducen como conejas en el neceser. Los pelos se desplazan por tu anatomía en una singular reinterpretación del Principio de Conservación de la Energía. Ni se crean ni se destruyen, solamente se transforman y emigran de unas cavidades pilosas a otras sin permiso de nadie y sin remedio. La memoria te juega malas pasadas. Te boicotea los nombres cotidianos, los discursos estudiados, los recuerdos de esa misma mañana, pero te asalta de improviso con imágenes perdidas del parvulario o canciones de Karina, que son las únicas de las que aún recuerdas la letra íntegramente. Sin embargo, aprendes a disimular los olvidos imperdonables porque ya tienes tablas con eso de las perífrasis verbales para dar el pego. Te agencias unas gafas de diseño con luces largas y cortas en el mismo pack. Ocultas las malas noches con una buena capa de pintura y encaras una jornada que ya no comienza llevando a la niña al colegio. Ahora solo le gritas desde la cocina para que se levante y no llegue tarde a la universidad porque hace tiempo que hay otra mujer joven en casa que empieza a parecerse mucho a ti. En lo bueno y en lo malo.  Aunque se niegue a reconocerlo. Igual que cuando yo pensaba que Martirio hablaba sobre mi madre y no sobre mi.  El pilates, la sacarina, las cápsulas de hierro, las almohadas cervicales y las sesiones de menopáusicas sin fronteras con tus amigas coetáneas  te ayudan a convertir la cima de la cincuentena en una meseta estable y fértil donde puede crecer de todo. Incluso el amor. Porque es en los territorios más agrestes donde florecen las edelweis o las rosas del desierto, aunque sean de arena petrificada. Amores que se fraguan sobre cimientos solventes con tendencia a perpetuarse. Amores para sellar pasaportes por medio mundo sin prisas para regresar. Amores libres de hipotecas. Tierras reconquistadas al barbecho para dar fe de que “qualsevol nit pot sortir el sol”. Amores que nos convierten en olmos reverdecidos a no importa qué edad, como aquel milagro de la primavera. Ustedes perdonen mi regalo de cumpleaños.

 @layoyoba

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