MOSTRA DE VALÈNCIA – CINEMA DEL MEDITERRANI 

Marc Hurtado: "Todavía no se ha entendido la trascendencia de la No Wave y la música industrial"

El músico, cineasta, poeta y artista plástico, figura clave en la experimentación francesa y colaborador de artistas como Alan Vega, Lydia Lunch y Genesis P Orridge, es uno de los protagonistas de la XXXVI Mostra de València. Hurtado habla en esta entrevista de la relación de su obra con la poesía y la violencia

7/10/2021 - 

VALÈNCIA. Marc Hurtado (Rabat, 1962) nunca ha querido “contaminarse” con la instrucción académica. Le gusta rodar películas sin guion ni hilo narrativo, y la materia prima de su música no son las secuencias de acordes ni las armonías, sino la poesía, el shock y la violencia. Este músico, cineasta y artista plástico, figura clave de la experimentación francesa desde hace más de cuatro décadas, entiende el hecho artístico como una manera de asomarse al abismo. Es uno de esos creadores que nunca aflojan la marcha, ya tengan veinte o cincuenta años. Su radicalidad es incorruptible, un rasgo que comparte con otros exploradores de la catarsis sonora como Alan Vega y Martin Rev (Suicide), Lydia Lunch, Genesis P-Orridge (Throbbing Gristle, Psychic TV), Michael Gira (Swans) o Gabi Delgado (D.A.F). Durante su adolescencia, los retratos de Rimbaud y Maiakovski compartían las paredes de su habitación con los de algunos de estos artistas, con los que acabó colaborando estrechamente años después.

La Mostra de València – Cinema del Mediterráneo, que se desarrollará del 15 al 24 de octubre, dedica este año un ciclo retrospectivo a Hurtado, cofundador junto a su hermano Éric del dúo de música experimental Étant Donnés. La sección FOCUS del festival valenciano, que en la edición pasada se centró en la figura de Marina Abramović, prosigue así la reivindicación de artistas fundamentales que operan fuera de la norma. El 21 de octubre, la Mostra acogerá el estreno en España de My Lover de Killer, una especie de poema visual dirigido por Hurtado en el que Lydia Lunch, integrante esencial de la efímera escena No Wave de Nueva York  de finales de los años setenta, cuenta a la cámara una sórdida experiencia personal: el suicidio de un antiguo amante. El artista francés de origen marroquí impartirá también una masterclass que irá seguida de un coloquio conducido por el periodista especializado en música electrónica y experimental Oriol Rosell. Dos días más tarde, Hurtado y Lydia Lunch rendirán homenaje al legado del dúo de protoelectrónica Suicide en un concierto que albergará la sala 16 Toneladas. No es la primera vez que ambos se suben juntos a un escenario en València; ya lo hicieron en 2019 en el marco del festival Tagomago.

Testigo de la primera etapa de la Ruta

Marc Hurtado nos habla, con un español fluido, de los fuertes lazos familiares que le unen a este país, y en particular a València. “Mi abuelo materno era valenciano, se apellidaba Rabasa y vivía cerca del Perelló. Durante años alquilábamos un apartamento allí en verano. Salía por las noches a discotecas como Búnker, Barraca y Chocolate. Era antes de que se llamase Ruta del Bakalao. Me pareció increíble encontrar a esos djs que mezclaban música disco con grupos como Liaisons Dangereuses, Nitzer Ebb y DAF”. “Este abuelo tuvo mucha influencia en mí, porque sabía tocar muchísimos instrumentos. Fue músico profesional de tangos pasodobles, y hacía giras por todos los países mediterráneos. Tenía una habitación llena de instrumentos, incluidos algunos electrónicos, y se grababa a sí mismo con un magnetófono, poniendo una pista sobre la otra. Como estaba un poco sordo, le salía a veces una música muy loca. Cuando descubrí años más tarde a los The Residents y la música industrial, le vi el sentido a muchas cosas”.

La historia de su abuelo paterno también tiene miga. Bien podría ser la de uno de los protagonistas de Los surcos del azar de Paco Roca. Fue un soldado republicano condenado a muerte que huyó en el Stanbrook y terminó, como tantos otros, en un campo de concentración en Argelia. Huyó de nuevo, esta vez a pie y con destino a la parte francesa de Marruecos. En esa época, el padre de Marc vivía en Barcelona, donde daba sus primeros pasos como cantante lírico. “Duró en la profesión diez años, pero al ser hijo de un republicano encontró muchos problemas. Al final decidió irse a vivir a Marruecos para estar cerca de su padre. Y allí nací yo”, relata. 

Su padre nunca le enseñó a cantar -lo suyo, en cualquier caso, son más bien los gritos-, pero a cambio le hizo un regalo que lo cambió todo. “Él hacía muchas películas de la familia, y un día, cuando yo tenía 14 años y ya vivíamos en Francia, me regaló su proyector, la cámara de video de 8mm y los filtros de colores. Mi primera reacción fue meterme en la oscuridad del cuarto de baño y proyectar en mi vientre las películas de cuando yo era pequeño en Marruecos”. Fue su primer autoanálisis; el primero de muchos. La mayoría de las piezas de Hurtado, situadas más cerca de la videocreación contemporánea que del cine como tal, son autofilmaciones. Algunas de ellas, en situaciones como el clímax de una eyaculación, su rostro reflejado en un lago o conduciendo una moto a gran velocidad. 

Mi padre me salvó la vida con esa cámara, porque con ella descubrí que podía vivir para el arte. Para mí estudiar para conseguir un trabajo corriente no era una opción”. “Cuando tenía once años me puse muy enfermo. Estuve nueve días con una fiebre altísima, insomnio total y alucinaciones en las que yo estaba en una habitación verde vacía con una cabeza gigante gritándome muy fuerte. Al final se pasó con medicamentos, pero me quedó una depresión nerviosa con tendencias suicidas que no se me fue hasta los catorce años. El trauma continúa; cada vez que tengo fiebre vuelve a mí con fuerza el temor a que vuelva esa alucinación”.

Para cuando su padre le regaló la cámara, Hurtado llevaba ya un par de años jugando en el lado oscuro. “Hacía poemas con ideas muy negras, y también empecé a interesarme por los sonidos. Grababa ruidos de la calle, fábricas y aviones, y también ruidos naturales del mar, los pájaros, etc. Yo no conocía por entonces la música industrial, por eso cuando descubrí la música de Swans, Suicide y Throbbing Gristle me pareció increíble. ¡Había otra gente en el mundo que había tenido la misma idea de hacer música con sonidos reales, prescindiendo de las melodías y de las tendencias de moda! Esa gente iba mucho más allá del punk”. 

En 1977 fundó con su hermano Éric Étant Donnés, grupo que tomaba el nombre de la última pieza de Marcel Duchamp. “Siempre nos han etiquetado dentro de la música industrial, pero la realidad es que yo hasta el año 1999 no utilicé ni un solo sintetizador. A mí me gustaba jugar con sonidos de máquinas y de la naturaleza. Cada uno de ellos tiene un ritmo propio, y cuando lo juntas forma una gran sinfonía. Un pequeño loop de dos segundos puede tener detrás horas enteras de sonidos naturales. Puedo tirarme seis meses componiendo un solo título”. 

La propuesta de Étant Donnés no encontró reconocimiento cultural de inmediato. Lo mismo podemos decir de las películas que firmaba Hurtado en solitario. “Durante bastantes años, la gente se iba corriendo de las proyecciones de mis películas. Cuando terminaban y encendían las luces, solo quedábamos mi hermano y yo. Siempre lo vi como una señal de que estaba en el buen camino. Simplemente pensaba que al público le llevaría unos años comprender mi propuesta. Con los conciertos ocurría algo similar. Nuestro lema era buscar el máximo impacto utilizando el mínimo material. Dirigíamos muros de luces a los ojos de gente, para cegarlos. Subíamos el volumen al extremo para dejarles sordos. No intentamos nunca hacer pasar un buen momento al público, sino darle un golpe en el vientre. Un golpe de amor, de energía pura. Había mucha violencia, pero ninguna agresión. La agresión es una depravación. Yo entiendo la violencia como un camino espiritual en busca de la luz”. Si en el cine, los espectadores huían espantados, en las salas de conciertos el público acababa de puñetazo limpio. “Parte del público se escapaba, y la otra parte se enfadaba y saltaban al escenario a pegarnos. Como nosotros no teníamos miedo de nada, nos peleábamos también. A veces con palos madera. Después entendimos que esa violencia que se creaba en los directos era parte de un ritual teatral dionisíaco. Podría decirte que desde nuestro primer concierto en 1979 hasta 1983, no nos aplaudió ni una sola persona. Los conciertos terminaban con un silencio total. Fue muchos años después cuando empecé a recibir cartas y mails de personas que me hablan del choque emocional que supuso para ellos participar de esa experiencia extraña”. 

La parte musical de Étant Donnés recayó siempre en Marc, mientras que su hermano se encargaba de la parte metafísica y conceptual. A partir de 2004, Hurtado empieza a firmar todas sus obras con su propio nombre-. En su currículum destaca el largometraje Jajouka, quelque chose de bon vient vers toi -también incluido en el ciclo de la Mostra-, que trata sobre los Músicos Maestros de Jajouka, un grupo de músicos marroquíes en los que se une la tradición mística sufí y los ritmos bereberes. “La música de las calles de Marruecos me han influido mucho; comparto ese gusto por los loops por las repeticiones sin principio ni fin. Ese eterno retorno”.

Lydia y Marc: hermanos de dolor

Durante los últimos veinte años, Marc Hurtado ha realizado retratos fílmicos muy personales de artistas a los que siempre ha admirado, como Alan Vega o Lydia Lunch. Son más bien poemas visuales, en los que manda la textura (sucia) y el montaje (caótico), no la información. Poco tiene que ver, por ejemplo, My lover the killer con el documental sobre Lunch que también ha salido a la luz este año, The war is never over, de Beth B. “A mí no me interesa saber en que época ha hecho esto o lo otro. La historia de cada artista está disponible para todos en internet. Me interesa más hacer un retrato poético sin apuesta intelectual. Me gusta trabajar de la forma más salvaje y animal posible”. 

Hurtado y Lunch se conocieron en 1998 y desde entonces son inseparables, aunque vivan en ciudades distintas. Se consideran a sí mismos “hermanos de agonía y dolor”. “Tenemos muchos puntos en común. Los dos tenemos los mismos dolores de huesos y nos despertamos por las noches exactamente a las mismas horas (nos apuntamos las horas a las que nos desvelamos. Luego las ponemos en común y coinciden). Además de eso, nuestras vidas han estado marcadas por acontecimientos extraños. Premoniciones, coincidencias imposibles, mágicas. A ella, de hecho, le gusta que la llamen bruja. A veces cancela un concierto a última hora porque tiene un mal presentimiento. O vas con ella en coche, te pide que cambien la ruta porque siente algo raro, y resulta que efectivamente luego ha habido un accidente en la carretera por la que se supone que teníamos que ir”.

La coincidencia más extraña y sórdida de todas las que han pavimentado la vida de Lunch -traumas de crímenes y violaciones que han alimentado siempre su obra artística-, es la que se relata en My lover the killer. Johnny O’Kane era un amante que la artista norteamericana conoció en 1979 en Nueva York, y del que huyó después de que este intentara matarla. “Más de treinta años después de eso, Lydia empezó a escribir una novela y un guion sobre esta relación tóxica. Entonces, cuando llevaba un año escribiendo, a ella le salió un concierto en Los Ángeles. Resultó que su batería conocía a Johnny y le dijo que residía en la ciudad, que tenía una nueva vida con su pareja y dos hijos y era el líder de un sindicato de trabajadores. Ella pensó que ya estaría rehabilitado de su adicción a las drogas y de su pasado violento, así que lo invitó a tomar una copa. Él aceptó, pero nunca se llegaron a reunir. El día antes, Johhny disparó a su pareja después de pelearse con ella a causa de la cita con Lydia. Después de matarla, avisó a la policía y se suicidó”. 

Finalizamos nuestra conversación con Marc Hurtado volviendo a la música que marcó su vida, especialmente a la música industrial y a corrientes efímeras pero muy influyentes como el movimiento No Wave que nació en Nueva York a finales de los años setenta. ¿Cree que, desde el punto de vista del análisis cultural y la historiografía musical, se ha prestado suficiente atención a estos movimientos?

“Entre el 77 y el 79 apareció la mejor música que he conocido en mi vida. El movimiento No New York fue revolucionario como en su día pudo ser el surrealismo o el dadá. Lo mismo digo de la música industrial y grupos como Pere Ubu, Throbbing Gristle o incluso los españoles Esplendor Geométrico. Revolucionario en el sentido de aspirar a destruirlo todo y cambiar la sociedad. Sin embargo, son corrientes que se han metido en nichos, no se ha entendido todavía su importancia. Por otra parte, en los últimos años estamos viendo que aparecen cada vez más libros, películas y artículos hablando del legado de Genesis P-Orridge, por ejemplo. Su figura ha crecido lenta y tardíamente, como una flor en la nieve. Los artistas más importantes de la historia, como Goya, Fra Angélico o Leonardo da Vinci, eran personas puras, que no se prostituyeron por nada. Por eso su obra perdura. La mayoría de la música que tiene mucho éxito ahora, la que se basa en el mercado y las modas, desaparecerá en cuarenta o cincuenta años”.