VALS PARA HORMIGAS / OPINIÓN

Los monstruos de cada día

9/05/2018 - 

A uno, apenas le ha dado tiempo de estar atento estos últimos días. He navegado a bordo de la Feria del Libro y me he sentido como el capitán protagonista de la novela La línea de sombra, de Joseph Conrad. Como un marino primerizo atrapado en la encalmada. Dado que mi labor ha sido la animación a la lectura en la medida de lo posible, no les cuento más. Si la conocen, vuelvan a ella, que nunca defrauda. Si no, no tarden en adquirirla. Les servirá de brújula. También me he sentido un poco como Jim Hawkins dentro del barril de manzanas de La isla del tesoro. Pero prefiero detenerme aquí, porque me he prometido descansar de la feria todo lo que me sea posible y porque la literatura de mar adentro da para llenar cuarenta columnas como esta. Y no es plan.

Así que, volvemos a puerto y soltamos amarras, de nuevo. A uno apenas le ha dado tiempo de estar atento estos últimos días, decía. Y es todo un experimento recibir las noticias de rebote, como suelen hacer la mayoría de los que luego cobran por participar en tertulias. Me ha llegado el estruendo de la sentencia de la Manada, claro. Pero se me entremezcla con el motivo por el que las escritoras del siglo XIX, como Mary Shelley, la autora de Frankenstein, elegían contar historias de fantasmas y de monstruos. Según la profesora de la Universidad de Alicante (UA) Sara Prieto, las mujeres escribían sobre fenómenos paranormales porque eran una manera de expresar sus propios sentimientos sin que ningún hombre se sintiera ofendido. Por eso narraban cuentos de terror. Pero no puede ser que, en pleno siglo XXI, las mujeres sigan necesitando esconder sus sentimientos para no sentirse amenazadas por los hombres. Esta idea la debo tener entreverada, todavía. No puede ser.

También me llegó el fin de ETA. Repito, como un eco de charla vecinal. Y así, me pareció entender que hay personas que no acaban de ver la estructura básica de la noticia, que a mi juicio radica en que ya no habrá más tiros en la nuca. Que ese capítulo se acabó. O, al menos, que nada más resta un epílogo judicial, político y, seguramente, dominado por un doloroso silencio. Pero igual lo estoy mezclando con alguna otra cosa. Por ejemplo, con la confusión que ha generado el cine sobre el nombre de la criatura de Frankenstein, que, como recordó el profesor, crítico y divulgador Fran Ortiz, no tiene más identificador que el poderosísimo icono que le dio Boris Karloff. Trastocar nombres e ideas para beneficio propio o sin razón alguna es muy habitual en la actualidad. Quizá sea eso.

Por último, me pilló de lleno el terremoto político del Ayuntamiento de Alicante y, a modo de réplica lejana y sorda, percibí el temblor de la visita de Mariano Rajoy y de la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez de Castro. La que esbozó en voz alta un corte de mangas para los pensionistas. La que deseó que se jodan, los pensionistas. La que pidió perdón por expresar lo que ni remotamente se le tenía que haber pasado por la cabeza. Hay quien vincula este desafortunado comentario -según lo definió el flamante alcalde, el letraherido Luis Barcala, de cuyo nombre no quisieron acordarse- al desdén que despierta la provincia de Alicante en los más altos círculos de poder. Aunque me temo que, como en Casablanca, la única probabilidad de que nos alguna vez nos odien, o incluso nos desprecien, es que alguna vez piensen en nosotros. No quiero ni imaginar cómo debe de ser vivir en Teruel. Y también paro aquí, que luego me afean que me ensañe tantas veces con esta ciudad y su necesaria refundación.

Me he pasado diez días hablando de monstruos y no deja de asombrarme lo parecidos que somos los humanos a la peor de nuestras pesadillas. O, quizá, no deja de asombrarme lo góticos que se están poniendo los periódicos. He aprendido los efectos de la erupción de un volcán en el clima, sé lo que hay en la biblioteca de un rector, me han explicado como se extraen las ilustraciones de un relato y me han recomendado un magnífico cómic. Comprenderán que ahora me cueste volver a la realidad. Porque siempre es más difícil de leer que la ficción.

@Faroimpostor