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SED BUEN@S Y LEED

Escuela de mandarines de Miguel Espinosa es un ejercicio de brutalismo literario

4/11/2018 - 

Justo ando estos días enfrascado en la lectura y análisis de un librito (la denominación sólo hace mención de su tamaño manejable, de eso que antes se llamaba de bolsillo o en octavo, bueno, casi octavo, a medio camino entre el octavo y el tamaño estándar de los libros comerciales) que reproduce la antigua dialéctica entre el trobar clus y el trobar leu, entre la oscuridad y la luminosidad, entre la lógica y la retórica, entre el realismo y el experimentalismo, tradicionalismo y metaficción, culteranismo y conceptismo, a revueltas de una endogámica diatriba norteamericana entre un peso pesado (en bastantes de los sentidos figurados) de las letras yanquis y un ofendido cum laude, que no un ofendidito

Entremedias ronda un intersuelto de Rubén Martín Giráldez que toca más de cerca el tema pergeñado en las letras de hoy. Porque de ese "librito" escribiremos en breve, pero hoy no, hoy sólo lo citamos porque la lectura de aquel ha provocado un estallido sináptico en mis áreas esas de la lectura y la memoria, y me ha recordado que en la estantería descansaba, a la espera de ser honrado, un ejemplar de la reedición que la editorial murciana La Fea Burguesía ha hecho de su paisano y manes principal (dios protector) y su obra esencial: Escuela de Mandarines, de Miguel Espinosa.

Espinosa (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1926-1982), ejerció su profesión de abogado en el mundo de la empresa y el comercio exterior, profesión heredada del padre desaparecido prematuramente, obligando al vástago a una dedicación a tiempo completo a la cartera comercial del progenitor, incluso trasladándose por un tiempo a Madrid, en la viciada y estraperlista economía de la posguerra, mientras a la par iba construyendo su edificio literario, desde bien pronto marcado por esa obra magna que desde sus tiempos universitarios, a mediados de los años cuarenta, se iba escribiendo antes de pasar al papel y sufrir tres encarnaciones, antes de su fijación definitiva, en 1974, siendo publicada por la editorial barcelonesa Libros de la Frontera, lo que le valdría ser premiado al año siguiente en la convocatoria de los premios Ciutat de Barcelona, en la categoría de literatura castellana.

Se dice a menudo que la literatura hispánica ha explorado de manera poco eficiente el ignoto mundo de los campus universitarios, olvidando, algo muy frecuente en ese inframundo llamado "literatura hispánica y/o española", la obra del autor cruceño.

Escuela de mandarines es una novela, llamémosla así, que ataca mediante la metáfora del libro fundacional, el ecosistema de la esclerótica institución universitaria (en su caso el conocimiento de primera mano le venía de los años pasados en la Universidad de Murcia), hermética y enemiga de la inteligencia, endogámica y arrastradiza. Pero aunque se hace evidente en muchos pasajes, como el capítulo 22, "La restauración de los becarios", esta diatriba versus académicos, que incluye litros de vitriolo en sus párrafos:

"Aprobada por unanimidad la Ley Becaria, los mandarines pidieron a Cirilo la inmediata restauración de la casta alfa del Hecho. Se improvisaron, se rehicieron y se construyeron tantas Residencias como pareció necesario a la muchedumbre de los aspirantes a sustancias sopadas, que surgieron a manadas de todas las provincias y llegaron a la Ciudad con sus caras puntiagudas, sus ojos saltones, las espaldas como corseletes de insecto,...", no lo es menos que ese submundo académico es un patrón por el que se rige la propia sociedad española de la dictadura:

"¿Te acuerdas, Panecio, de aquel primo hermano que viste pescar en el Estanque de Autoridades? Digo de aquel calabazón blanquinoso, ceceante, atarugado, correoso y bisojo. Ahora es Enmucetado de Relaciones Jurídicas; explica en la Ciudad".

Sociedad gris, rencorosa y cruel, avejentada y sospechosa, que empujó a Espinosa a un exilio interior tan profundo que hasta la carne de su carne, la sangre de su sangre, tuvo que interceder ante la palabra para recuperar el alma del ser querido, de manera incondicional:

"¿Quién era Miguel Espinosa? A pesar de que él se manifestó y acreditó mediante el afecto, la palabra y la escritura, hoy tengo la sensación de que pasó entre nosotros manteniendo su incógnito. Tal impresión se acrecienta cuando leo cualquiera de sus obras. Llega cierto momento en que he de interrumpir la lectura, cerrar el libro y buscar, casi sin quererlo, primero a mi alrededor, y luego más lejos, a la persona que está detrás del texto", así se manifiesta su hijo Juan Espinosa, en la obra testimonial, autoreferencial, biografía y  autobiografía a partes iguales, Miguel Espinosa, editada en este mismo 2018, por la también murciana editorial El Eremita, y disponible en versión online en la web dedicada al escritor.

Espinosa huyó del ambiente madrileño de la incipiente intelligentsia que conformaría el caldo de cultivo de la Transición, quién sabe si por falta de tiempo o de energías para encarnar la figura del "intelectual de provincias" que tan bien queda en todo cenáculo matritense. Volvió a Murcia y fue feliz, o todo lo feliz que puede ser quién tiene una herida abierta supurando en su interior, pero abomina la visita al médico.

En el escrito que tengo en marcha sobre el libro de la dialéctica entre la trama y la lengua, así como también en la reseña de la última andanada publicada del genial rumano Cărtărescu, surge una y otra vez la figura de los escritores implacables, esos que son adictivos y agotadores, sublimes y vampirizadores de las energías del lector, y ahora que recuerdo con claridad, tal vez fue Miguel Espinosa el primero de mis escritores implacables.

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