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reflexionando en frío / OPINIÓN

El yate de Zaplana y el chalet de Iglesias

21/05/2024 - 

Estaba el otro día en un corrillo con unos amigos charlando de lo divino y de lo humano de los medios de comunicación, y al señalar noticias amarillas y presuntuosas uno de ellos remarcó unos titulares que se publicaron hace años sobre el presunto dinero que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero recibieron de Latinoamérica. Mi colega renegaba tajantemente de unas noticias que demostraron ser mentira. Mensajes erróneos escritos intencionadamente que aún persiguen a los líderes de Podemos. Han sido condenados por la pena de la opinión pública, del correveidile nacional. Sentencia gravosa decretada como consecuencia no sólo de unos determinados bulos sino también por la actitud ante la vida de los implicados; el descrédito social de Pablo Iglesias empezó cuando se compró un chalet burgués mientras decía despreciar cualquier rictus aristocrático. La mudanza a Galapagar alejado del mundanal ruido de sus votantes fue lo que echó más gasolina a la hoguera de las vanidades y estimulante a las raíces de esos manzanos que sirvieron en bandeja el relato de las manzanas podridas. El azote de la casta vivía como esa casta que tanto criticaba. Esa ambivalencia esquizoide del que miraba con malos ojos el estilo de vida que él mismo llevaba fue lo que le mandó de vuelta a esa casa que se compró años atrás. Intentó enfriar los ánimos haciendo una consulta a las bases sobre sus operaciones inmobiliarias, pero el cuello que le salvaron los suyos respaldando esa compra no sobrevivió a la guillotina democrática.

En tiempos en los que la lentitud de la justicia y el escarnio mediático están sometiendo a un juicio permanente a determinados dirigentes, conviene recordar uno de los casos paradigmáticos de un político al que le traicionaron sus tripas, sus necesidades fisiológicas de vivir mejor. Que no se engañen los que criticaban a Iglesias por comprarse la guarida de Galapagar, la realidad es que muchos habrían hecho lo propio de haberse visto en una situación de acomodo similar. En muchas ocasiones, pese a que las informaciones vertidas o las sospechas acuciantes proyectadas sobre una persona se ven despejadas por el suero de la verdad de la justicia, los prejuicios o los marcos mentales permanecen en el imaginario colectivo. Los hechos que han desechado los prescriptores continúan latentes en el subconsciente ciudadano ante la forma de actuar de los damnificados en un momento propicio. Pese a que las noticias sobre la fortuna indiana de Monedero e Iglesias eran un bulo, muchos siguen viendo llamativo que una persona pase de vivir en su casa de Vallecas a habitar en una acaudalada villa.

De poco sirve que salgas impune de un proceso judicial si todos han visto imágenes reales o caricaturizadas por las sospechas infundadas, dándote una vida padre o hablando con un empresario con tono jocoso e impúdico. Ahora que está teniendo lugar el juicio por el caso Erial, aunque Eduardo Zaplana sea absuelto, muchos se quedarán con la imagen de su presunto yate y recrearán con erotismo sus travesías con champagne, ostras y caviar; seguro que pensarán que esa tez morena es fruto de largas horas de procrastinación en la proa del barco. El rastro del dinero suele llevar siempre al camino de la ostentación. Por mucho que la justicia todavía no haya mancillado el nombre de la alcaldesa de Marbella, al proyectar en su mapa mental a Ángeles Muñoz, muchos se acordarán de su mansión en Benahavís y de su estrafalario estilo de vida. Puede que la avaricia no sea delito, pero para la prole si es un pecado capital, todo aquel que no se cuide en las formas o en el deseo a los lujos se precipitará por el desfiladero del cuarto círculo del infierno de Dante.

En mi etapa política siempre me llamó mucho la atención los ostentosos sitios que frecuentaban determinados cargos, lugares que poca gente de clase media podría permitirse. Ese hedonismo confirmaba la regla que relata Carlos Sánchez en Capitalismo de amiguetes del agujero de gusano que utilizan determinados perfiles para progresar socialmente impulsados por su paso por la política. La realidad es que hay dirigentes que no podrían llevar la vida que llevan de no haber pasado por las instituciones. Cuando José Luis Ábalos relató en público que llevaba viviendo cuarenta años en el mismo piso de Valencia, apuntillando las incredulidades de descansillo sobre cómo era posible que un ministro de España pudiese seguir en su domicilio de siempre, está grabando en la retina de la sociedad que él no ha caído en la opulencia de otros; a ojos de los demás es más puro que aquellos que sí han tirado la casa por la ventana. A su amigo Koldo García le han pillado porque además de querer imitar a Llados con una vida de ensueño, ha ido dando dinero a espuertas como si fuera una especie de mecenas que pagaba a sus amigos para que fantasearan trabajando en su propio disfrute. 

Cuidado con lo que deseas.

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