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La Yoyoba / OPINIÓN

El síndrome de Tom Wolfe

17/03/2017 - 

Cuando los periodistas nos convertimos en protagonistas de las noticias, mal asunto. Cuando los entrevistadores se relamen en los platós para brillar con más intensidad que sus entrevistados, convertidos en estrellas enanas, mal asunto. Cuando las tertulias vocingleras en las que todos saben planchar huevos y freír corbatas dictan sentencias sobre a quién colgar en la plaza pública, échense a temblar. No es el periodismo el que está en crisis, es el mal uso que hacemos de él los periodistas. Desde que Émile Zola desenmascarara el complot político-militar-judicial contra el capitán Dreyfus en la Francia de finales del siglo XIX con su célebre artículo “J’accuse”, el periodismo comenzó su ascensión a la categoría de Cuarto Poder. Pero no todos sabemos llevar esa gorra que nos empodera. Algunos la usan para revestirse de capitán general y otros solo para defenderse de las balas. La diferencia estriba en saber guardar la distancia de seguridad con el poder establecido o creerse “uno de ellos”. Cuando se produce esa asimilación entre el periodismo de barras y estrellas y la política de salón, “el oficio más bello del mundo” en el que creían García Márquez y Albert Camus, se vuelve ponzoñoso y envenena a quien lo prueba. Esa conducta arrogante y soberbia “porque yo lo valgo” que practica una parte de la élite periodística en nuestro país, se conoce como síndrome de Tom Wolfe. Es una enfermedad degenerativa que padecen por igual Victoria Prego, Juan Luis Cebrián, Pedrojota Ramírez o Eduardo Inda (sospecho que este último se ha inoculado él mismo el veneno) aunque ellos no la perciban. Siguen viviendo de rentas. De cuando el oficio de periodista ocupaba los primeros puestos entre las profesiones más valoradas por los españoles, ¿recuerdan?. Un prestigio profesional heredado de Bernstein y Woodward, que hicieron caer a Nixon tras el Watergate, de Nick Ut que contribuyó a poner fin a la Guerra de Vietnan con la publicación de una fotografía, “La niña del napalm”, que entró en la historia por la puerta del terror. La tierra estaba otoñada para que brotara un periodismo patrio aletargado durante los largos años de la Dictadura. Un oficio a la altura de Larra y de Azorín. Y lo hicieron. El 23-F fue su bautismo de fuego. Las facultades de Periodismo se llenaron de jóvenes atraídos por el glamour de una profesión que se vanagloriaba de poder cambiar el mundo a golpe de rotativa, de micrófono o de cámara de televisión. Los poderosos nos sentaron a su mesa, nos adularon, nos colonizaron, nos echaron a volar con precarias alas de cera. Desde las alturas apenas se distingue cuando el rey está desnudo. Se lo contaba el otro día Juan José Millás a los estudiantes de Periodismo de la UMH, que lo único que puede salvarlos es atreverse a contar lo que nadie dice, cultivar el lenguaje que nos da de comer cada día y hablar con una voz propia. La vida no cabe en 140 caracteres ni falta que hace. No culpemos a la tecnología del reduccionismo mental ni de la banalidad informativa. El buen periodismo necesita perspectiva, emoción, rebeldía, interpretación, ingenio, tiempo y dominio del lenguaje, sea el que sea. El resto solo son datos que cualquier máquina puede procesar más rápido y más barato. En apenas un cuarto de siglo el oficio de periodista ha pasado de los altares a las cloacas sin que los prebostes que se sientan a la derecha del padre hayan realizado un examen de conciencia. Quizá haya llegado el momento de desempolvar a Zola en los telediarios. 


@layoyoba

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