LA YOYOBA / OPINIÓN

El instinto maternal y otros arrumacos

3/02/2017 - 

La filósofa feminista Elisabeth Badinter se preguntaba en los años ochenta si el amor maternal existe o es una construcción cultural que sufre los vaivenes de los intereses sociales de cada época. Reconozco que su argumentación me dejó perpleja porque puso sobre antes mis ojos cuestiones que nunca antes me había planteado sobre la maternidad. Badinter, igual que lo hiciera años atrás Simone de Beauvoir, sostenía, entre otras cosas, que el instinto maternal es un mito cimentado sobre la asimilación del binomio hembra-mujer. Pero las mujeres, afortunadamente, somos seres más complejos que hembras humanas cuyo objetivo primordial es perpetuar la especie a través de la reproducción y el cuidado de las crías.

La universalización del amor maternal, tal y como lo entendemos en la actualidad, es un fenómeno relativamente moderno. Lo mismo sucede con la entronización de la infancia y si no, conviene que releamos a San Agustín y su argumentación sobre la niñez como prueba manifiesta del pecado original. Durante siglos, el alejamiento físico entre las madres y su prole fue un comportamiento socialmente admitido entre las clases pudientes e imitado por las clases medias urbanas como símbolo de estatus económico. Quien podía se pagaba una nodriza, una nanny o una institutriz y reprimía su “instinto maternal innato” en pro de una familia de bien.  Hasta hace poco, las reinas de todos los tronos han debido de ser muy malas madres. O quizá es que el amor maternal solo sea cosa de mujeres pobres y plebeyas. Como el amor romántico, por mucho que reneguemos hoy de los matrimonios por conveniencia.

Sea como fuere, parece que últimamente el debate vuelve a estar en el candelero. La película Bad Moms, independientemente de la frivolidad con que trata el asunto, trajo a colación los sentimientos de culpa que atenazan a las mujeres que no cumplen los requisitos que se les suponen a las madres perfectas. El blog clubdemalasmadres.com ha convertido a su fundadora, Laura Baena, en una de las influencers  más reconocidas de España, con miles de seguidores en todos sus perfiles en redes sociales. Mujeres a las que admiro como Rosa Montero o Rosa Mª Calaf se han pronunciado abiertamente sobre su íntima decisión de no ser madres sin que por ello haya disminuído un àpice su femineidad. Otras, como Luz Sánchez-Mellado o Samanta Villar se proclaman abiertamente “hipomadres” o “malasmadres” sin temor a la lapidación pública por parte de quienes consideran que la maternidad es un regalo de la naturaleza. Un dulce regalo que puede estar envenenado.

Yo soy madre. Ignoro si buena, mala o mediopensionista. La vida te trastea y un buen día amaneces preñada sin paloma ni nada. ¿Cómo saber que ha surgido en ti un instinto que te habilita para amamantar, cambiar pañales, enjuagar lágrimas, limpiar mocos, hacer trabajos manuales, aficionarte a las piscinas de bolas, mediar en riñas de patio, educar en valores, corregir faltas de ortografía o asesorar en amoríos venideros? Pues no lo sabes. Te lanzas a la piscina y nadas. Sin más instinto que el de sobrevivir en una sociedad que demanda superwomen mientras que solo oferta trabajos precarios sin redes de seguridad maternal. Una temeridad, vaya. Y encima, ni siquiera entré en el lote de las beneficiarias del cheque bebé de Zapatero, que ya es mala suerte. Pero bueno, ahora que los hombres están reclamando el instinto paternal, con sus bajas por paternidad y la legalización de la paternidad subrogada, veremos cuántos héroes se animan a practicar la “maravillosa” aventura de conciliar. Y que conste que yo ya tengo mi héroe. Por cierto, si alguien tiene mi libro de la Badinter, que me lo devuelva.