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vals para hormigas / OPINIÓN

Cultura y otros vicios

26/07/2017 - 

La cultura es como cualquier vicio, genera una satisfacción efímera, puede provocar adicción y no resulta rentable para las arcas públicas, salvo en los casos del alcohol, el tabaco, el IVA del cine al 21% y los tres o cuatro prostíbulos de toda España que pagan impuesto de actividad. Por eso a los políticos les cuesta tanto invertir en ella, ya que apenas pueden sacar pecho con la responsabilidad social corporativa o acaso con una foto con Bruce Willis pagada a precio de gramo de farlopa, con dinero negro y a cuenta del contribuyente. De ahí que prefieran desviar fondos a un proyecto tan opaco y presuntamente cultural como la Ciudad de la Luz (también valen el IVAM o el Palau de les Arts, por ejemplo, según hemos aprendido últimamente) que a teatros, canales de televisión decentes, museos, bibliotecas o filmotecas, que también podrían servir para blanquear dinero, pero que tienen índices tan bajos de uso que nadie creería que los visita tanta audiencia como los partidos de fútbol en televisión, los bares o las playas en agosto. Es, más o menos, lo que contaba el trovador argentino (payador, lo llaman por ahí abajo) Rafael Amor, que los políticos invierten más en cárceles que en escuelas porque saben que al colegio no van a volver.

Salvo en los casos de coleccionismo más exacerbado, siempre con firma y certificado de autenticidad por medio, la cultura no produce beneficios económicos. De mis libros, los hijos que no tengo no sacarían ni para costear los gastos de la mudanza para trasladarlos y dejar un hueco libre y útil en la pared. La cultura no alimenta, no cura la artritis ni calienta en los meses de invierno a no ser que consigas que los libros ardan a 451 grados Fahrenheit. Tan solo amplía los límites del conocimiento y el pensamiento crítico, dos valores que ni cotizan en Bolsa, ni generan intereses en la cuenta corriente, ni engordan la caja de las pensiones, ni sirven para calcular el IPC. La cultura es tan débil que se contagia menos de lo que algunos desearíamos y solo sirve en defensa propia. Solo agita las aguas de nuestra esfera más íntima, que es lo que debería pasar con la religión, que ha sabido escapar mejor de la contribución pública y, desde luego, da más votos.

Y pese a todo, la cultura da que hablar. No solo en las reuniones sociales, donde se diseccionan al milímetro los capítulos de Juego de tronos, se recomienda Patria, el best-seller de Fernando Aramburu, o se propagan las excelencias de Dunkerke, la última película de Christopher Nolan. También se debate sobre la conveniencia de acogotar aún más un mercado como el cultural, que ha tenido que sufrir el abordaje implacable de la piratería, el deterioro de las políticas educativas y la venganza de un ministro tan acomplejado como Cristóbal Montoro, que trata a la cultura como un matarife y que ha recortado los presupuestos al mínimo sin sentir el lógico impulso de reinvertirlos en sanidad, en educación, en vivienda, en bienestar social ni en ningún ámbito que afecte a la ciudadanía en general. El ministro odia la cultura, los demás la miran por encima del hombro. También se usa como arma arrojadiza, como castigo, como insulto, como factor diferencial, como motivo de reyerta, como moneda de cambio e incluso como atenuante en caso de delito. Pero aún está por llegar el dirigente que sepa administrarla como lo que es. Un depósito a largo plazo e interés creciente, para que me entiendan.

@Faroimpostor

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