Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

vals para hormigas / OPINIÓN

Carné de padres

7/02/2018 - 

Uno quiere mirar hacia otro lado, incluso necesita mirar hacia otro lado. Pero nada, ni siquiera el frío, la política o el deporte, la incidencia de la economía en el carro de la compra o la resolución de un concurso televisivo, pueden eclipsar las noticias más atroces. Un adolescente mata a su hermano mayor a cuchilladas por una discusión en Alicante. Otro deja embarazada a su hermana de once años en Murcia. Todo demasiado oscuro. Todo demasiado cerca. Un charco de sangre que tiñe toda una sociedad. Nadie es tan insensible como para quitar volumen a dos noticias así. Nada puede compararse al dolor que genera que la muerte, la condena y el horror lleguen con los ojos vidriosos e inexpertos de la juventud.

Todo queda a expensas de los datos que nunca llegaremos a saber. Es nuestra única vía de escape frente al espanto. Son dos casos extremos en los que podemos estremecernos de angustia frente a la puerta cerrada de la habitación de nuestros hijos. Pero dos casos de los que desconocemos los antecedentes, de los que desconocemos el entorno, de los que desconocemos las claves que han conducido a dos muchachos de catorce años a macerar en hiel y vinagre sus propias vidas y las de sus familias. Tenderemos a pensar que sus familias estaban desestructuradas, atacadas por la crisis económica, en riesgo de exclusión. Que algún cortocircuito ensombrecía sus conexiones neuronales. Tal vez, incluso que los videojuegos o las películas -sospechosos habituales- habían corrompido sus almas de malvavisco. No faltará quien asegure que el Apocalipsis está al caer. Y todo, por no atrevernos a deletrear en voz alta el nombre del más leve síntoma que nos roce el hombro.

Tras el primer impacto, tras la lectura fugaz de los dos titulares, tras respirar dos veces para evitar atragantarnos con la dentellada de la realidad, uno se aferra al estado comatoso de la educación, como quien recoge un salvavidas en su piscina climatizada. Pero ni siquiera los propios educadores están seguros de cómo afrontar un hecho así. Imagínense dos en el corto espacio de media hora, que fue lo que tardaron las redes sociales en desvelarnos los retratos robot de la tragedia. Cuentan los que saben que hay un evidente déficit de control y gestión de las emociones en ese tramo de edad en que todo se desboca como un caballo. Que los jóvenes, como la sociedad en general, no saben más que de extremos, que disponen de mejores accesos a las drogas, al alcohol, a la pornografía. Que están acostumbrados a lo inmediato, que no saben leer entre líneas y que todas las transgresiones las buscan en los precipicios de lo que aún desconocen. Pero que, en cualquier caso, solo se trata de una versión grandilocuente de nuestras propias adolescencias.

Coinciden los que saben en que es necesaria la prevención, pero no solo en los centros escolares, sino también en las propias dependencias de cada vivienda. Todos los adolescentes se han enfrentado, a lo largo de la historia, a las dificultades que imponen la empatía, el diálogo, la comprensión. Pero es mucho más difícil adquirir costumbres cuando sus padres se comportan como adolescentes sin empatía, sin diálogo ni comprensión. Con las mismas frustraciones, extremismos y urgencias. Quizá deberíamos ir perdiendo el miedo a asumir que los bebés no nacen con un manual de instrucciones bajo el brazo. A reconocer que la educación muchas veces nos supera. Y que no estaría de más asistir a clases de paternidad, conseguir certificados de maternidad. Aprender en aulas lo que ni siquiera la sabiduría ancestral y el instinto nos pueden enseñar. Como se aprende a conducir. Como se licitan armas. Para evitar, en la medida de lo posible, tener luego que lamentarlo.

@Faroimpostor

next
x