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El Senado de Alicante Plaza: Pérez Llorca y los fantasmas de su novia

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Esta semana en El Senado de Alicante Plaza analizamos la contratación de la pareja de Pérez Llorca en la Diputación de Valencia. Tras unos meses al frente, sale a relucir un presunto escándalo que podría empañar su renovación al frente de la Generalitat Valenciana. 

En la recomendación literaria traemos El último brindis (Harper Collins), de Julián Quirós, director de ABC. La derrota íntima del poder político en una ciudad que vivía años dorados, o de purpurina, hasta que una detonación periodística y judicial destapó la fragilidad de los triunfadores. Un relato contenido sobre la flaqueza y la desorientación cuando se desata una crisis general. Sin héroes ni redentores, nadie fue villano completo ni víctima impecable. El último brindis es una novela sobre el final, sobre el momento en el que todo se afloja: ilumina un sistema que se quiebra por dentro. Un presidente que confunde aplauso con futuro, una alcaldesa que decide aguantar con decoro, subalternos a la espera de su turno, conseguidores que echan cuentas, periodistas a la carrera, fiscales que aprietan y, detrás de todos, como siempre, los santos inocentes, los perdedores útiles de toda trifulca. La ciudad se celebraba a sí misma: inauguraciones, estrenos, nuevas avenidas. Brillaba de noche y de día; de repente empezó a llegar el ruido de los autos judiciales, la música de los juzgados y los clics furiosos de internet. El poder no cayó de golpe: fue cayendo, vaciándose. Por eso permaneció la costumbre de mandar, hasta que ya no quedó nadie para obedecer.  

Sería interesante también recomendar el libro de Libros del Ko, La ciudad de la euforia, escrito por Rodrigo Terrassa. Circulaba hace unos años un chiste que decía que la corrupción era como la paella, que se hacía en todas partes, pero en ningún sitio como en Valencia. Y así era. Escándalos ha habido en todo el país y casos más graves que los de la Comunidad Valenciana, también. Sin embargo lo que aquí ocurría tenía ingredientes irresistibles, unos protagonistas difícilmente explicables y una tímida respuesta social que nunca se acabó de entender. Ningún caso, por escandaloso que fuera, parecía afectar directamente al día a día de los ciudadanos, más bien al contrario. La percepción en la calle, alimentada por los medios, era que la fórmula nos beneficiaba a todos. La Justicia avanzaba muy lenta mientras el PP corría en Ferrari. En tiempos de bonanza económica, su apuesta generaba riqueza, puestos de trabajo, crecimiento, liderazgo e incluso, qué narices, mucha envidia. El dinero no era de nadie y la ganancia era de todos. Que la realidad estuviera podrida tras el telón poco importaba. Es realmente complicado ver lo que te rodea cuando te ciegan las luces de neón. Es imposible discutir con la boca llena de canapés de caviar. «La fiesta en Valencia no se acaba nunca», presumió en una ocasión un alto cargo del partido. Él también acabó procesado. Esta es la historia real del alcalde que contaba billetes en los asientos de su coche, del pijo adicto al dinero que desapareció del mapa para renacer convertido en un hippie anacoreta, del tuerto, el chatarrero y su gorila, la Perla y el conejo, de aquel gerente que gastó millones en sensuales «traductoras» rumanas, el empresario que se fugó a Moldavia o del constructor que corría en trikini por los pasillos de un hotel de Andorra con unas gafas de esquí: eslabones de una especie de cadena trófica en la que todos aceptaron nutrirse de los desechos de los demás. Unos se sentaron en la mesa del gran banquete y otros solo rebañaron el plato; todos parasitaron el sistema, pero ninguno abrió el pico porque si uno hablaba, ya saben, todos salían perdiendo.  

 

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