Nos han robado el Tesoro de Villena y de nuestras valencianísimas venas ha empezado a manar la sangre de horchata que mueve nuestros órganos. Debe de haberse producido algún desplazamiento tectónico en el mapa de la Comunidad Valenciana, pues Alboraya está ahora en Villena y Villena, quién sabe, pronto termine entre naranjos, fartons y campos de chufas. Tiempo al tiempo.
Casi diez kilos de oro puro, decenas de piezas únicas de la Edad del Bronce y unos tres mil años de historia del territorio han desaparecido en unos minutos de una urna de cristal de Arcoroc de resistencia opinable, vigilada por una webcam conectada a un Pentium IV, en un museo de última generación preparado para acoger visitas de escolares, cursos sobre la dieta paleolítica y esas visitas de prohombres y sus consejeros áulicos que tanto valen —ay— para el doliente museo como para la inauguración del reasfaltado de un punto kilométrico de la Autovía A-31.
Cuatro minutos para un golpe «maestro» de trazo grosero, con arrancamiento de rejas, mazas de cantero y huida en una C-15, mientras los números de la Policía Local acudían de madrugada a apagar la alarma del Polideportivo, que había saltado por acción de los espíritus ancestrales y los dioses lares del hogar.
Tras el robo —hasta la corona de la Virgen se han llevado estos desgraciados—, la lógica incredulidad de todos, unas lágrimas de cocodrilo, la indignación pasajera y algunos memes, y luego esa calma oficial del duelo y los tanatorios, la aplicación vernácula al suceso del Protocolo-Ceuta-de-reacción-gubernamental-en-diferido y ese extraordinario, por insólito, pacto de no agresión entre instituciones que, bajo esta luz de probador que todo lo ilumina ya, y después de tantos días y de tanta falta de reacciones, va empezando a resultar sospechoso incluso para los no especialmente polarizados ni los más engolosinados con la cerámica cuneiforme.
Crime scene—do not cross, leemos en las noticias. Dejemos trabajar a la Policía, complétense los informes, depúrense responsabilidades y que todo siga su curso. Que vaya formándose y engrosando un buen expediente policial y otro administrativo más prolijo, que terminen por demostrar que en Villena, tres mil años después, todo ha fallado estrepitosamente.
Hemos vivido uno de los atentados patrimoniales más lamentables de la última década en España y parece que el vacío de la urna villenense haya crecido hasta sepultar nuestra sensibilidad nacional en algún sumidero de indiferencia.
Es verdad que la cosa no ha dado aún para un sainete universal como el de Cecilia y el Cristo de Borja y que —paradojas de la pólvora y el calendario— el azar y la agenda de los hampones han querido que la doliente Villena haya tenido que celebrar, sin despertarse de la pesadilla, unas fiestas de Moros y Cristianos bajo el shock del robo, con pocas ganas de festejar y demasiadas razones para evitar, en los desfiles programados, la desolada calle del nuevo Museo sin Tesoro.
Pero, vista esta pax augusta generalizada, esta parálisis total que nos asola, cabe preguntarse dónde están las universidades, los arqueólogos, los grandes museos, las sociedades científicas, las asociaciones nacionales de patrimonio y las revistas y los influencers especializados.
Al margen de la maniobra de distracción a cuenta de si la Dama de Elche no volverá a pisar suelo ilicitano en la vida, ¿dónde hay que apuntarse a la campaña para recuperar las piezas, para reclamar responsabilidades, para agitar un poco la presión política y la autocrítica colectiva?; ¿dónde se ha escuchado una voz con suficiente autoridad para recordar que el oro estaba en Villena, pero el patrimonio era de todos?; ¿cuándo llegan la UNESCO, Hispania Nostra o los recurrentes Salvem que suelen brotar con admirable rapidez ante cualquier causa local? ¿Acudirán en AVE a Villena, a esa estación tan vacía como el ominoso Museo?
Y luego está lo de nuestras gentes políticas, —silentium videtur confessio—, que han conseguido levantar alrededor del Tesoro expoliado —sin hostigarse ni mucho ni poco— un nuevo Muro de Adriano frente a los bárbaros y los saqueadores, una empalizada en la que impera el frío de las declaraciones oficiales cargadas de modismos y la jerga paralizante de los sumarios y la burocracia, en esa hora infame en la que se imponen la vigilancia táctica del otro y el silencio incómodo de quienes, por lo que parece, han firmado una suerte de tratado de cortesía solidaria entre eventuales responsables de una imprudencia culpable.
El Ministro de la cosa, el atildado señor Urtasun, no ha sentido la necesidad — todavía— de acercarse a Villena a condolerse con los vecinos, como tampoco la magnitud del robo ha empujado a la Consellera de Cultura del Gobierno regional hacia el triste lugar, hurtándonos una buena oportunidad, por cierto, de aprendernos su nombre y su programa, a ver si es que ahora va a resultar que los íberos no tenían simpatía, tampoco, por las reses bravas—.
Ni siquiera Diana Morant, nuestra Dánae de guardia, ha cruzado el Rubicón de la M30 para acercarse hasta las vitrinas vacías, pues siempre resulta incómodo llevar la soga a casa del ahorcado cuando éste es el Alcalde del municipio y milita en el mismo partido político.
Hemos visto que Juanfran se mantuvo prudente —que trabaje la Guardia Civil— desde la Línea Maginot de Agost, donde tuvo ocasión de hablar del asunto sin necesidad de acercarse demasiado al vórtice de la tragedia y que Óscar Puente, que yo sepa, no ha tuiteado nada sobre el tema, aunque fuera por pura contingencia, ahora que cada vez lo vemos más por Alicante, -por algo será-.
Y después, claro, lo de Pedro Sánchez. Estuvo hace unos días en la provincia, haciendo escala en una fábrica de cohetes en Elche, y después, en la aromática sede de Carmencita, en Novelda.
Entre el municipio modernista y Villena hay unos 34 kilómetros por carretera, poco más de media hora si el tráfico de esta vía sobresaturada no decide convertirse también en patrimonio histórico de los alicantinos.
El presidente estuvo de Villena a la distancia de tres canciones de la playlist de Moncloa; sin embargo, ya sabemos que, de tan cargada de futuro, la agenda presidencial no encontró un hueco para el pasado, con un Alcalde mirando desconsolado cómo la comitiva oficial pasaba de largo hacia Castilla.
Tal vez, desde el cercano Monóvar, el fantasma de Azorín, que del pasar del viajero y de la contemplación efímera hizo un personalísimo género literario, inspiró al esquivo mandatario, que pudo contemplarlo todo desde el módulo espacial sin tener que dejar la huella de su paso por Villena.
Acabemos, que hemos quedado para el pádel y la cervecita. Nada podemos hacer ya por el Tesoro milenario. Es probable que hoy duerma, desnaturalizado y fundido en anodinos lingotes, en alguna cámara acorazada de respetabilísima propiedad, a salvo de incómodas miradas y de debates de pueblo.
Villena nos ha enseñado que el vacío más importante no es el de la urna, sino el que se ha quedado alrededor. Aquí, ya, nos pinchas y no nos sale sangre. Horchata.