En 2025, Netflix estrenó Una casa llena de dinamita, un largometraje que utilizaba esa premisa metafórica para trasladar un marco mental y real: la paz contemporánea es profundamente frágil. La película planteaba que la Casa Blanca era vulnerable ante el ataque de una potencia tercera y narraba, desde tres prismas de escalafones distintos, las medidas de contingencia que toma el Ejecutivo ante el impacto inminente de un misil nuclear en la ciudad de Chicago.
Las democracias occidentales, sobre todo la española, corren el riesgo de sufrir el ataque de misiles implosionados por los propios castillos de naipes edificados por nuestros políticos con cada decisión errónea. Los más cafeteros —o los más "frikis"— recordarán al Azotamentes de Stranger Things, esa sombra manipuladora que en la tercera temporada de la serie se encarna en una araña gigante sustentada en los cadáveres de sus víctimas. Formaciones como Podemos, Vox y sus variantes evolucionadas basan su razón de ser y su gasolina en los huérfanos del bipartidismo. Ya conté en una ocasión lo mucho que me marcó aquella mujer que, en un acto de Alvise Pérez, le gritó con aires de plegaria profana que era su última esperanza. Se me sigue poniendo la piel de gallina.
Antaño, hace no tanto tiempo, las ojivas nucleares estaban a buen recaudo, protegidas por las medidas de disuasión fundamentadas en el "voto útil" que PSOE y PP se afanaban en promulgar. Hoy eso ya no sirve. La gente ha perdido el complejo al votar a formaciones como Vox. El Mundo publicaba una encuesta el pasado domingo y era evidente la curva ascendente de los de Abascal frente al estancamiento, e incluso retroceso, de los de Feijóo. En Génova no saben qué hacer para bloquear el ascenso de la derecha alternativa; empiezan a asumir en privado que quizá sea imposible anestesiar el rugido de la tendencia. Este auge es culpa exclusiva del bipartidismo y de sus políticas, que han saturado a los españoles desde hace casi cincuenta años. Si hubiesen hecho las cosas bien, de no haber dejado a tantos muertos en el camino, la araña de las nuevas formaciones no habría podido tejer una tela con sus víctimas.
Más allá de aprender la lección, nuestros dirigentes parecen regodearse en la costumbre tan española de tropezar con la misma piedra, roca que terminará siendo la de su sepultura. En un tiempo en el que miles de familias no tienen donde caerse muertas, como han adelantado algunos medios, ciertas personas han utilizado su posición en diferentes administraciones para comprarse una casa a precio de saldo; el alcalde de Alicante ha maniobrado certeramente solicitando la reforma de futuras adjudicaciones. Aunque para piso, el que va a tener derecho Carlos Mazón como expresident y asesor; no entiendo para qué necesita un botones alguien que no va a tener nada de trabajo. Nos dicen que el dinero de nuestros impuestos va destinado a las infraestructuras, pero luego tienen que morir casi cincuenta personas en unos trenes para que nos enteremos de que han abaratado costes; un ahorro que, por cierto, no creo que busque aliviar nuestra carga fiscal.
Me dan igual los relatos, las posibles manipulaciones, los bulos y demás realismos mágicos; solo pienso en las consecuencias de que los gobernantes no trabajen con la diligencia propia de su cargo. Mi amigo Gerardo Muñoz escribe mucho sobre el movimiento de la derecha alternativa en España, los vínculos de Vox y El Yunque. A mí me interesa más lo que ocurrirá cuando Santiago Abascal y los suyos decepcionen a la prole, porque lo harán. Si a ellos no les mueven los privilegios como al resto, no entiendo por qué presuntamente pagan a Kiko Méndez Monasterio más de veinte mil euros al mes por sus servicios.
Se habla mucho de casas, pero poco de nuestra casa común llena de dinamita