El 19 de junio Gabriel Rufián estará en València con Mónica Oltra en un acto con evidente lectura política. Se hablará de alianzas para frenar al PP y Vox, de sinergias entre fuerzas progresistas y de la necesidad de reconstruir una mayoría democrática. Todo eso es legítimo. Incluso necesario. En política hay que hablar, escuchar y construir puentes. Más aún cuando la derecha y la extrema derecha gobiernan ya demasiadas instituciones y han demostrado que su proyecto no es solo alternancia, sino retroceso.
Pero quizá la cuestión de fondo sea otra. Quizá el problema no sea solo cómo frenar al PP y Vox, sino qué ocurre si quien se hunde es el PSOE. Si una parte relevante de su electorado deja de confiar en el partido que durante décadas ha ordenado el bloque progresista, alguien ocupará ese espacio. Y la respuesta no tiene por qué ser una nueva marca estatal, ni otra confluencia electoral diseñada desde arriba, ni una nueva sopa de siglas que vuelva a empezar la discusión por los puestos, las listas y los equilibrios internos.
Las encuestas ya apuntan a esa grieta. El Barómetro del CIS de junio de 2026 muestra que una parte de quienes votaron al PSOE en 2023 mira, como segunda opción, hacia espacios situados a su izquierda o de carácter plurinacional. Pero lo revelador es la diferencia entre las opciones: Sumar aparece como segunda opción para un 26,3% de los votantes socialistas de 2023, mientras que la categoría "coalición de izquierdas" apenas alcanza el 3,3%.
Esa diferencia importa. El propio CIS advierte que cuando habla de Sumar agrupa realidades políticas muy distintas: Compromís, los comunes, Más Madrid, Més, CHA, Izquierda Unida y otras fuerzas. Es decir, no mide una marca homogénea, sino un espacio plural ya existente. En cambio, la categoría "coalición de izquierdas" recoge respuestas espontáneas sobre una posible confluencia futura, incluidas las menciones a la iniciativa de Gabriel Rufián. La intuición territorial también apunta en esa dirección: allí donde existen fuerzas propias consolidadas, como ERC en Catalunya, el BNG en Galicia o EH Bildu en Euskadi, una parte del voto progresista desencantado tiene refugios reconocibles antes que productos electorales nuevos.
La conclusión parece clara: el votante socialista disponible mira mucho más hacia lo que ya existe que hacia una nueva operación por inventar. La operación Rufián puede tener recorrido mediático, pero los datos no muestran todavía un suelo político suficiente para convertirla en la gran respuesta a la crisis del PSOE. Aportan, más bien, otro dato fundamental: el electorado socialista desencantado busca refugio en espacios reconocibles, muchos de ellos territoriales, con arraigo y trayectoria. No compra fácilmente un nuevo producto electoral después de los fracasos de Podemos y Sumar como casas comunes.
Ese es el principal error de imaginar una nueva confluencia estatal como solución automática. Si el PSOE entra en crisis, el espacio no se abrirá solo en el Congreso. Se abrirá también en los ayuntamientos, en las comunidades autónomas, en las capitales y en las áreas metropolitanas. Antes de unas elecciones generales llegarán las municipales y autonómicas, y será ahí donde se medirá si el socialismo conserva su papel ordenador o si una parte de su electorado busca refugios progresistas más próximos, más limpios y más arraigados.
Rufián hace un movimiento coherente con su objetivo. Quiere abrir una conversación estatal sobre una posible confluencia para las generales. A él ese marco le sirve: le permite ocupar agenda, aparecer como catalizador y ensayar una hipótesis política para el conjunto de España. El problema no es que hable con Oltra, ni que existan espacios de diálogo entre fuerzas progresistas y plurinacionales. El problema es que esa operación estatal puede intentar ordenar desde arriba lo que ya existe abajo.
En ese punto conviene no equivocarse de foco. Mónica Oltra conserva una capacidad simbólica y política evidente. Su presencia puede ayudar a recuperar ilusión, ensanchar el espacio valenciano de progreso y conectar con sectores que quieren una alternativa democrática al gobierno de PP y Vox. Pero precisamente por eso la pregunta no debería ser cómo encaja Oltra en una operación estatal, sino cómo puede contribuir a reforzar una alternativa valenciana propia.
Una candidatura amplia en València puede tener sentido si nace de una operación pragmática y comprensible: sumar voto progresista, valencianista, feminista, metropolitano y democrático para sacar a PP y Vox de las instituciones. Esa amplitud no necesita convertirse en una sucursal de una confluencia estatal ni en una mesa de reparto entre siglas. Necesita proyecto, liderazgo, arraigo y una lectura clara del momento valenciano.
La clave está en distinguir dos cosas que a menudo se confunden. Una cosa es una confluencia electoral, con sus papeles, sus siglas, sus primarias, sus cuotas y sus órganos. Otra muy distinta es una mayoría parlamentaria. En España no elegimos directamente a un presidente de la república. El presidente del Gobierno no tiene por qué encabezar una lista por Madrid, ni siquiera tiene por qué ser diputado. Lo que necesita es una mayoría en el Congreso.
Por eso la hipótesis realmente transformadora no es necesariamente crear otro partido estatal a la izquierda del PSOE. La hipótesis es que un conjunto de fuerzas territoriales, progresistas y plurinacionales pueda sumar más que el propio PSOE y apoyar a una figura independiente o aglutinadora. Cada cual concurre desde su territorio, con su identidad y su electorado, pero después suma sus escaños para investir a quien pueda representar una etapa nueva.
Si hoy esos partidos sostienen a Pedro Sánchez para impedir un gobierno del PP y Vox, mañana podrían sostener a otra persona para conseguir exactamente el mismo objetivo: evitar el retroceso reaccionario y abrir una etapa distinta. Eso no sería una anomalía democrática. Sería parlamentarismo.
Ese planteamiento encaja mejor con la España real: una España autonómica, plural, con lenguas, territorios e intereses distintos. Las fuerzas territoriales no son piezas de una franquicia estatal. Son expresiones políticas de realidades concretas. La cuestión no es meterlas en otro contenedor, sino permitir que sumen sin diluirse.
En tierras valencianas, esa operación debe tener una condición política clara: el espacio valenciano de progreso debe liderarlo Compromís. No porque tenga que cerrarse sobre sí mismo, sino precisamente porque es la fuerza que tiene arraigo, experiencia institucional, implantación municipal, representación autonómica y una agenda propia reconocible.
Ahora bien, liderar no significa abrir una negociación clásica de listas y cuotas. Ese sería el peor camino. La gente que puede dejar de votar socialista no está esperando un acuerdo de aparatos. Está esperando una alternativa creíble: vivienda, servicios públicos, financiación justa, lengua, movilidad, transición ecológica, regeneración democrática y defensa del autogobierno. Está esperando saber quién puede gobernar mejor y con qué proyecto.
Por eso Compromís debe liderar desde el proyecto, no desde la calculadora interna. Debe abrir puertas, sumar talento, reconstruir confianza y ofrecer una casa política amplia para quienes quieran sacar a PP y Vox de las instituciones sin volver a depender de un PSOE agotado.
La diferencia es decisiva. Una cosa es construir una mayoría valenciana amplia y otra convertir Compromís en una marca negociadora dentro de un artefacto mayor. El primer camino permite disputar la centralidad progresista. El segundo lo devuelve al papel de acompañante.
Porque si la crisis del PSOE abre una nueva etapa, el valencianismo no puede llegar tarde, ni subordinado, ni esperando instrucciones de una confluencia estatal. Tiene que estar preparado para convertirse en la casa política de quienes quieran seguir defendiendo una mayoría progresista sin seguir atados a un barco que se hunde.