Cuando leí en varios medios el auto del magistrado José Luis Calama imputando al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, previas pesquisas de la Fiscalía-Anticorrupción con la UDEF, se me pusieron los pelos de punta, supongo que al igual que a media España y especialmente al espectro entero de la izquierda, desde el PSOE a Podemos, pasando por IU, Sumar y Bildu. Sentí escalofríos: pertenencia a organización criminal, tráfico de influencias y blanqueo de capitales. La punta del iceberg, de momento, es el rescate de la compañía aérea Plus Ultra por parte del Gobierno de España por importe de 53 millones. Era marzo de 2021, en plena pandemia. Plus Ultra es una compañía española muy reducida en medios (6 aeronaves) y con muchos intereses del establishment de Venezuela, país que es con quien opera básicamente.
La lista de los asuntos es amplia: sociedades pantalla, tráfico de oro, trapicheos con petróleo ultra refinado de Venezuela y otros países... Aún así hay que creer en la presunción de inocencia del expresidente (y de sus hijas, que cobraron casi medio millón de euros de la operación Plus Ultra por hacer no se sabe muy bien qué a través de su agencia de mercadotecnia). De momento ya han confiscado parcialmente las cuentas del expresidente, al que se le atribuye una mordida de 2 millones.
Estamos en el inicio del declive total de un Ángel Caído que gobernó España de 2004 a 2011 con muchos aciertos como la ley de matrimonios de personas del mismo sexo y algún desacierto garrafal como el de no oler ni por asomo la crisis financiera mundial provocada por la quiebra de Lehman Brothers en 2008. Unos días antes de la explosión se jactaba de que España era una de las economías más solventes del mundo. Prefiero no hablar/escribir de la Memoria Histórica, fuente de confrontación y crispación ciudadana, y alimento esencial de la extrema derecha: se podía haber hecho de otro modo. O, como dijo el exministro Jordi Sevilla hace poco, “somos ante todo hijos de la Transición Política antes que nietos de la República y de la Guerra Civil”.
Tengo grabado en la memoria cuando Leyre Pajín, ministra de Sanidad, proclamó por aquellos años, 2009, que el encuentro que iban a tener Obama y Zapatero [presidente de turno de la UE] suponía “el próximo acontecimiento histórico a escala planetaria”. La política benidormí sin frenos y a lo loco. Eran los años de euforia del Foro de Porto Alegre (Foro Social Mundial) en los que Pajín, y su presidente, entraron a saco sin discernir demasiado entre el socialismo indigenista de extrema izquierda y un socialismo medianamente sensato como el de Lula da Silva en Brasil o Michelle Bachelet en Chile. Todos contra el capitalismo salvaje, depredador e inhumano. Todos devotos de intelectuales de la talla de Noam Chomsky.
El PSOE de entonces cometió el error de absorber postulados ultra-populistas obviando en buena medida que España, pese a quien le pese, es un país rico. Una cosa es una mirada solidaria con el Sur Global, y otra cosa es hacer pasar a España por esa etiqueta: eso es lo que llevaron a cabo Pablo Iglesias, Errejón, Monedero y Carolina Bescansa (incluyamos también a Ada Colau) con el movimiento 15-M y con cinco escaños en el Parlamento Europeo (2015). Eran parcialmente deudores de Zapatero y la “ilusión” por un nuevo socialismo que se cortó de cuajo con lo del chaletazo de Galapagar.
Pedro Sánchez también es hijo espiritual de nuestro protagonista, quien alberga un pecado capital: embellecer la dictadura venezolana con su amiga Delcy Rodríguez al frente. El chavismo transmutó de férrea dictadura en un narco-Estado con una élite corrupta, con miles de presos políticos, con más de 6 millones de venezolanos exiliados, con un pucherazo electoral en 2024 reprobado por toda la comunidad internacional (tras perseguir a Corina Machado y suplirla por Edmundo González como líder opositor) y con unos índices de pobreza y desigualdad propios de un estado bananero. Y aún va presumiendo Zapatero de que gracias a su esfuerzo se ha liberado a un puñado de presos políticos (cuando todavía quedan cientos y cientos; nadie lo sabe a ciencia cierta).
¿La promiscuidad de Zapatero (y Sánchez) con el chavismo, ahora en horas bajas tras la captura de Maduro, se ha traducido en presuntos pelotazos para el primero, el mismo que operaba con un testaferro, el empresario eldense Julio Martínez? No lo sé. Sí que sé que hasta Lucía Méndez, una de las mejores periodistas del panorama nacional, lloraba por ZP como una magdalena el otro día en uno de sus análisis en El Mundo.
Yo, descreído y agnóstico perdido como estoy, ya no lloro por casi nadie; en el terreno político me refiero. Casi todo me importa un pimiento (menos la consolidación de los impresentables de Vox y su ligero ascenso en Andalucía).