Opinión

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Desde mi rincón

Recomponerse o fracasar

Publicado: 25/05/2026 · 06:00
Actualizado: 25/05/2026 · 06:00
  • Archivo - El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, durante una reunión con la plana mayor de su partido.
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La mejor herramienta que los seres humanos tenemos para conducirnos en la vida es el aprendizaje de nuestras experiencias. Reflexionar sobre aquellas que han salido fallidas, contrarias a lo que habíamos planeado. Experiencias que nos han provocado sufrimientos y obligan a mirarnos al espejo, analizar los errores y recomponernos para afinar, ser más eficaces a la hora de conseguir nuestros objetivos. Hace ya dos mil quinientos años que el maestro Sócrates lo dejó bien claro: es una tarea propia del ser humano reflexionar.

Pero esta tarea de reflexionar no está de moda, y el entorno en el que se desenvuelve nuestra vida no lo favorece. Salvo honrosas excepciones no es algo que en nuestra etapa escolar, académica o familiar forme parte importante de nuestra educación. Y podríamos decir que la reflexión, la autocrítica, la búsqueda de la verdad, la aceptación y corrección de nuestros errores es muy poco frecuente.

A pesar de las enseñanzas socráticas y de tantos y tantos maestros clásicos que a lo largo de la Historia nos han enseñado, nos dejamos llevar con demasiada frecuencia por emociones negativas como el egoísmo, rencor, miedos, envidia, ambición de poder… que surgen por cualquier motivo, se apoderan de nuestra mente y condicionan nuestras peores decisiones

Toda persona nace equipada con una mente que le permite conocer, pensar, comprender, y unas emociones instintivas que le impulsan a actuar. Según aprendamos o no a regular nuestra maquinaria, la condición humana, nos acercaremos más al éxito o al fracaso. Y esta es la aventura que cada uno, más o menos afortunado, está obligado a afrontar.

Este postulado universal se aplica igualmente al entramado de la sociedad. El ser humano es sociable por naturaleza, y ha sabido generar en su largo recorrido sentimientos de empatía, cooperación, solidaridad, bondad… cualidades o virtudes sociales todas ellas necesarias para poder vivir en sociedad. Todo este conjunto de emociones, raciocinio y cualidades sociales están incrustadas, están interactuando permanentemente, como un gran concierto, en ese formidable macroorganismo que forman las sociedades.

Es importante comprender que dichas sociedades han ido progresando, poco a poco, en la medida que de forma sensata han logrado armonizar, con mayor o menor esfuerzo y éxito, todo nuestro bagaje de emociones, raciocinio y valores sociales utilizando el dialogo con los diversos grupos que forman las comunidades. Así se han construido incontables beneficios cívicos para la mayoría de sus poblaciones. Todo un éxito de las sociedades avanzadas.

Pero ahora parece que esté de moda destruir. Y en este contexto no es fácil entender cómo un gran colectivo, el Partido Popular, que ha gobernado España de forma moderada y aspira a gobernar ha podido desorientarse y descarrilar de tal manera. Sus líderes nacionales son víctimas de unas mentes obsesionadas, desde hace unos años, en acosar y derribar al actual ejecutivo, utilizando toda clase de atropellos, desvaríos y desinformaciones. Y sin embargo no ha ofrecido nunca un elaborado proyecto político para el país.

El último desvarío ha tenido lugar hace unos breves días con motivo del desembarco en Tenerife de los angustiados pasajeros del crucero Hondius. A minutos de conocerse la noticia de que el crucero era acogido por España los portavoces del PP ya reclamaban dimisiones ministeriales. Ha perdido la gran oportunidad de estar, y apoyar una arriesgada decisión política y humanitaria, en un momento en el que todo el mundo estaba observando cómo España gestionaba con brillantez el complicado desembarco y repatriación de los pasajeros. Ha realizado declaraciones públicas repletas de estupideces generando inseguridad y miedos entre la población. Sus máximos líderes demuestran al país, una vez más, ausencia total de sentido político, ignorando sus propias actuaciones públicas en la Dana, el accidente del Metro en Valencia, el Prestige en Galicia…

Qué gran noticia sería, por el bien de nuestro querido país, que dichos líderes prestaran alguna atención a Sócrates y reflexionaran sobre su irracional y negativa política; aprendieran de sus experiencias públicas fallidas; arrancaran de sus entrañan las emocione de rencor, envidia, ambición desmedida, odio tan dañinas para la sociedad; si retornaran a la sensatez y moderación perdidas…  Necesitan recomponerse y encontrar alguna fórmula para enderezar su brújula que les evite el fracaso moral al que están abocados… Así, podrían aportar algunas acciones positivas que favorezcan de verdad a los ciudadanos.

Este escrito también quisiera estimular a los muchos y firmes defensores de los valores de la democracia para que no se rindan ni acepten, como algo normal, los continuos desaciertos que está cometiendo esta actual derecha destructiva en su obsesión ciega y atropellada de alcanzar el poder.

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