Nada bueno, desde luego nada bueno.
Aprovechando estas fechas de descanso y relajación que suponen las vacaciones de verano para todos, he querido aprovechar el momento, obviando, por supuesto, los últimos y desagradables acontecimientos ocurridos (incendios, tribunales, invasión de Ceuta...) y establecer una hipótesis plausible que nos permita responder a la pregunta que hago en el encabezamiento del artículo.
Por todos es sabido que las organizaciones, ya sean empresariales, sociales, sin ánimo de lucro, políticas, etc. además de tener un propósito claro necesitan de un liderazgo comprometido y una reasignación de capitales para mantenerse relevantes en un mundo que cambia rápidamente. Este liderazgo, apoyado en un claro propósito les permite a las organizaciones redefinir el campo de juego y remodelar la propuesta de valor.
Por lo tanto es una pieza crucial en toda organización su líder, que en algunos casos solo será un triste y oscuro jefe y en otros un lúcido e inspirador guía que involucra a todos los miembros de la organización. Por lo general las personas entran a formar parte de las organizaciones en estamentos mas bajos y con el tiempo y la experiencia van escalando posiciones en el organigrama organizacional. En el caso que nos ocupa, el del amoral, este se introduce en la organización por vínculos personales o bien por recomendaciones de terceros y realiza funciones de soldado (hace lo que le dicen sin rechistar) y va escalando puestos en función de los padrinos que pueda tener, nunca por méritos propios ni mucho menos por eficacia profesional.
Este soldado, con los debidos apoyos y utilizando cualquier artimaña a su alcance intentará llegar a la cima de la organización; una vez conseguido esto, es decir ser el líder máximo de la organización, se caracterizará por ejercer un control absoluto sobre la misma. Llegado a este punto ya no es un líder sino que se ha convertido en un simple jefe que abusa de su cargo anteponiendo su ego, creyendo que es el único que sabe, castigando las iniciativas personales, no compartiendo la información, justificando sus errores siempre y magnificando los de los demás, recriminando en público, desmotivando, generando mal ambiente y dando por hecho la obligación de tener éxito. Por supuesto no cumple objetivos.
Este jefe de la organización se constituye en el máximo responsable de una especie de estructura, caracterizándose por ejercer un control absoluto de la misma utilizando el miedo y la lealtad ciega, manteniendo una doble vida de respetabilidad ante la comunidad, aplicando códigos estrictos como la omertá y poseyendo y utilizando una alta capacidad para corromper las instituciones del Estado.
Para poder mantener el control este individuo adopta un mando centralizado, tomando las decisiones cruciales sin necesidad de justificarse, ni ante los rangos menores ni ante nadie, ordeno y mando. Utiliza la intimidación y el castigo severo para mantener la disciplina interna y eliminar rivales. Y sobre todo aplica la lealtad familiar, es decir, prioriza los lazos de sangre por encima de todo.
Hablaba antes de la omertá que aplica a su código de conducta, llamémosle Ley del silencio, ya que impone el secreto absoluto sobre las acciones, presuntamente delictivas o no, prohibiendo colaborar con la Ley y los Tribunales. Genera una fachada de apariencia respetable proyectando una imagen de benefactor o de personaje legítimo, incluso recomendando libros para su lectura, canciones para escuchar, etc.
Otro rasgo muy pronunciado de su conducta es su operativa económica y social realizando, por sistema, una infiltración y colonización institucional, nombrando y apoyando a jueces, políticos y cargos relevantes que le puedan garantizar la impunidad. Ejerce un férreo control territorial, o por lo menos lo intenta, dominando estas áreas geográficas mediante el pago de coimas, ayudas económicas, subvenciones, etc. con lo que se garantiza protección y apoyos.
También sabe diversificar, entrando directamente o a través de terceros en negocios con empresas dudosas combinándolo con acciones legales que le permiten ingresar ingentes cantidades de dinero, posteriormente lavado, para asegurarse un futuro sin problemas.
Otro rasgo acentuado de su personalidad es que adopta la mentira como sistema, mintiendo sin decoro para construir su relato, usando la mentira como norma masiva de conducta en todas las facetas de su actividad.
Pero a pesar de todas las características que hemos ido desgranando a través de estas líneas debemos añadir un toque de maldad y otro de incompetencia, porque no pensemos que para hacerse con las riendas el personaje debe ser un experto profesional, ni un monaguillo que no ha roto un plato. No. Esa maldad intrínseca es la que le hace distinto de los demás y agranda su incompetencia con las consecuencias finalmente terribles para su organización, sus negocios y todo lo que toca y le rodea.
En el caso de nuestro protagonista nos faltaría saber quien representa la figura del consigliere, persona muy próxima al jefe y de su total confianza, que en ocasiones le empuja y asesora además de imprimirle una seguridad en si mismo que va perdiendo por los cuatro costados. Yo me inclino a pensar que la legión de asesores que mantiene no cumplen con los requisitos del consigliere, más bien me inclino a pensar que lo tiene muy cerca de él, muy próximo, nos sorprendería la cercanía ya que, no olvidemos, los lazos son muy importantes.
Si el lector ha conseguido establecer algún paralelismo con alguna persona o personas que conoce le felicito y le emplazo a leer el próximo artículo en el que revelaré la respuesta a la pregunta ¿Qué puede pasar cuando un amoral se hace con las riendas?
Ricardo Romero es especialista en estrategia de impacto y gestión empresarial