Polarización

Opinión

Opinión

Publicado: 09/10/2026 · 06:00
Actualizado: 09/10/2026 · 06:00
  • Decenas de personas acampadas en la Puerta del Sol.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

La polarización se vislumbra como la única vía que puede permitir que España mantenga un Gobierno de izquierdas tras las elecciones del próximo 29 de noviembre. Cabe esperar, por tanto, una campaña en la que prime cualquier cosa antes que lo que debería ser realmente relevante: las ideas, la gestión y un proyecto solvente de futuro para el país. A falta del resultado electoral, hay algo que sí podemos intuir: después de pasar por las urnas, el enfrentamiento en el seno de la sociedad española estará todavía más enconado. 

El PSOE está demostrando que no necesita tanto votantes como una tropa de fieles dispuestos a seguir consignas sin detenerse demasiado a pensar quién las dicta. Y para conseguirlo, pocas herramientas resultan más eficaces que la polarización. En España existe, de hecho, un precedente especialmente significativo. En plena precampaña de 2008, José Luis Rodríguez Zapatero llegó a admitir, sin saber que un micrófono permanecía abierto, que «nos conviene que haya tensión». 

Resulta curioso que, con este antecedente, desde la izquierda se siga proclamando que es la derecha la que crispa, o que solo ella lo hace. Pero resulta todavía más preocupante que una parte de la sociedad acepte ese relato, en el que el verdugo se hace pasar por víctima, sin someterlo al menor contraste. El peligro de la polarización reside precisamente ahí: en que deja de importar lo que sucede para importar únicamente quién lo dice. La realidad acaba subordinada a la trinchera. 

Por ese motivo, el PSOE, con el respaldo de plataformas, sindicatos y artistas, ha iniciado su particular campaña de polarización. De repente, las calles se han llenado de movilizaciones vinculadas a la crisis de la vivienda, después de años en los que no parece haber existido la misma capacidad de movilización ante los problemas que han llevado a miles de familias a perder su hogar. 

La pregunta debería ser otra: ¿qué ha hecho el Ejecutivo durante todo este tiempo para aliviar una situación que se ha agravado hasta convertirse en uno de los principales problemas sociales del país? ¿Por qué, después de años de gobierno, se improvisan nuevas regulaciones a partir de casos concretos y con consecuencias todavía difíciles de medir sobre un mercado ya profundamente tensionado? 

Sin embargo, el foco vuelve a desplazarse. Primero fueron los fondos buitre. Después, la derecha. La responsabilidad por no respaldar determinadas medidas del Gobierno se convierte así en argumento suficiente para señalar al adversario, aunque eso evite responder a la cuestión fundamental: qué se ha hecho desde el poder y por qué los resultados no han estado a la altura del problema. 

Que Pedro Sánchez encuentre ahora una oportunidad política en una crisis de la vivienda que su Gobierno no ha conseguido resolver dice mucho de la situación en la que se encuentra el país. Y también de la lógica de la polarización. El ciudadano deja de ser un elector al que hay que convencer y se convierte en alguien al que hay que movilizar contra el adversario. 

El objetivo es conseguir que se vote a favor de algo, sí, pero sobre todo que se vote en contra de alguien. La vivienda ofrece ahora un nuevo escenario para hacerlo. La movilización permite al presidente capear una crisis que lleva años sin resolver y presentarse, paradójicamente, como el dirigente que algún día encontrará la solución. 

Polarizar es también conseguir que los ciudadanos miren hacia otro lado. Que una parte de la sociedad deje de preguntarse por la gestión de un Gobierno para concentrarse exclusivamente en los defectos de quienes aspiran a sustituirlo. Que la corrupción, las decisiones controvertidas o las responsabilidades políticas queden relegadas a un segundo plano porque siempre existe un enemigo al que señalar. 

Ahí está el verdadero éxito de la polarización: no necesita demostrar que el adversario es peor. Le basta con conseguir que nadie quiera escuchar nada que pueda cuestionar su propia posición. 

La arenga contra quien piensa diferente actúa como un formidable telón de acero. Detrás quedan hechos que deberían merecer un debate sereno y profundo: desde las responsabilidades políticas derivadas de los casos de corrupción que han afectado al entorno más próximo del presidente hasta decisiones de enorme trascendencia institucional, como la amnistía acordada para garantizar una mayoría parlamentaria. Y también quedan relegadas cuestiones que deberían ser centrales en cualquier democracia: la gestión, la eficacia y la responsabilidad de quienes gobiernan. 

Nada de eso parece importar demasiado cuando el adversario se convierte en una amenaza existencial. Es la lógica de quien está dispuesto a soportar cualquier cosa en el interior de su propia trinchera con tal de impedir que el enemigo avance. O, dicho de otra manera, la de quien, entre tanta viga, sigue empeñado en encontrar únicamente la paja en el ojo ajeno. 

Ante este panorama, la derecha se obstina en demonizar a Sánchez, lo que, paradójicamente, puede terminar reforzando al presidente entre quienes lo perciben como el último dique frente al adversario. Ahora, la última preocupación es el voto por correo. Pero, viendo cómo afloran acampadas reivindicativas, manifestaciones e incluso huelgas generales, tal vez debería preocuparle más otra cosa: que una parte de sus votantes termine quedándose en casa ante el temor a la conflictividad social que pueda producirse ante una eventual pérdida del Gobierno por parte de la izquierda. 

Ese es, quizá, uno de los mayores triunfos de la polarización: puede ser rentable en las urnas, pero supone un altísimo coste para el país. 

 

Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor 

Recibe toda la actualidad
Alicante Plaza

Recibe toda la actualidad de Alicante Plaza en tu correo