Opinión

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El pulso de la Historia

Nuestro cerebro prehistórico frente a los depredadores invisibles

Ansiedad, redes sociales y la nueva disociación de la identidad

Publicado: 11/03/2026 ·06:00
Actualizado: 11/03/2026 · 06:00
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Hay una paradoja inquietante en la experiencia humana del miedo. Rara vez sentimos el miedo en su forma pura y exacta. Lo que solemos experimentar es algo más complejo: una emoción que se congela en el tiempo, que se posterga, que queda suspendida durante años en forma de preocupación. Como si la mente, incapaz de procesar el impacto original, lo mantuviera en pausa.

La psicología contemporánea ha descrito con precisión este mecanismo. El psicólogo británico Adrian Wells, uno de los principales investigadores de la terapia metacognitiva, introdujo el concepto de metacreencias: las creencias que tenemos sobre nuestros propios pensamientos. En el caso de la ansiedad, el fenómeno es especialmente perverso. No solo nos preocupamos; además construimos ideas sobre nuestra propia preocupación.

Por un lado, creemos que nuestras preocupaciones son incontrolables, que si siguen creciendo nos desbordarán o nos volverán locos. Pero, al mismo tiempo, nos aferramos a ellas como si fueran una especie de escudo moral: si dejo de preocuparme soy irresponsable; si dejo de anticipar peligros, algo terrible ocurrirá.

 

 Pensar “¿y si pasa esto?” resulta menos doloroso que imaginarlo vívidamente"

 

Este doble vínculo es una auténtica prisión psicológica diseñada por nosotros mismos. Cada intento de relajarse se interpreta como una imprudencia. Cada pausa mental parece una vulnerabilidad. La preocupación deja de ser una señal de alerta para convertirse en una forma de vigilancia permanente.

Sin embargo, reducir la ansiedad a un simple rasgo de carácter sería una injusticia científica. La ansiedad no es debilidad ni fragilidad emocional. Es, en realidad, una maquinaria de supervivencia extraordinariamente sofisticada.

En lo más profundo del cerebro se encuentra la amígdala, una pequeña estructura que reacciona en milisegundos ante estímulos potencialmente amenazantes. Su función es ancestral: detectar depredadores, ruidos inesperados, movimientos bruscos. Antes de que nuestra conciencia procese lo ocurrido, la amígdala ya ha activado el sistema de alerta.

A partir de ahí se despliega una jerarquía de defensas. Primero la reacción fisiológica. Después la alerta social: el miedo a la evaluación del grupo, al rechazo, al ridículo. Y finalmente aparece la capa más sofisticada de todas: el lenguaje interior. La preocupación verbal funciona como un escudo cognitivo que sustituye imágenes insoportables por cadenas de pensamientos controlables.

Dicho de otro modo: preocuparse es una forma de protegerse. Pensar “¿y si pasa esto?” resulta menos doloroso que imaginarlo vívidamente.

Todo este sistema ha permitido la supervivencia de nuestra especie durante cientos de miles de años. Pero hay un problema que empieza a hacerse evidente: nuestro cerebro evolucionó para un mundo que ya no existe.

 

En el siglo XXI vivimos rodeados de estímulos para los que nuestra arquitectura neurológica no posee precedentes evolutivos"

 

El psicólogo Martin Seligman habló en los años setenta de la llamada teoría de la preparación biológica. Según esta hipótesis, los seres humanos estamos predispuestos evolutivamente a desarrollar fobias hacia determinados estímulos que representaron amenazas recurrentes en nuestra historia evolutiva: serpientes, arañas, alturas o depredadores.

Nuestro cerebro tiene mapas para esos peligros. Pero ¿qué ocurre cuando los depredadores ya no tienen forma física?

En el siglo XXI vivimos rodeados de estímulos para los que nuestra arquitectura neurológica no posee precedentes evolutivos: notificaciones constantes, algoritmos de validación social, comparaciones infinitas, exposición permanente a la mirada digital de los otros.

Las redes sociales no son simplemente herramientas tecnológicas. Son ecosistemas emocionales diseñados para activar de forma continua los sistemas de recompensa y amenaza del cerebro. Cada “me gusta”, cada comentario, cada ausencia de respuesta se convierte en una microevaluación social.

Y la amígdala, programada para detectar riesgos en la sabana africana, reacciona ante estos estímulos como si fueran peligros reales.

No es extraño que las tasas de ansiedad entre adolescentes se hayan disparado en la última década en numerosos países occidentales. Diversos estudios epidemiológicos señalan que la exposición intensa a redes sociales está asociada con mayores niveles de depresión, ansiedad social y sensación de aislamiento, especialmente entre los más jóvenes.

Pero quizá el fenómeno más desconcertante de esta nueva ecología digital sea el surgimiento de identidades psicológicas que, hace apenas unas décadas, habrían resultado impensables en su forma actual.

 

Nuestro cerebro emocional hoy se enfrenta a algoritmos invisibles capaces de modular nuestra atención, nuestras emociones y nuestra identidad"

 

En plataformas como TikTok se ha popularizado una subcultura conocida como therians o teriántropos. Se trata de jóvenes que afirman identificarse interna o espiritualmente con animales no humanos. No se trata simplemente de un juego o de un disfraz —como ocurre en el mundo de los furries—, sino de una vivencia identitaria. Algunos practican quadrobics, desplazándose a cuatro patas, utilizan máscaras o colas y describen la sensación de poseer un “animal interior”, su llamado teriotipo.

La mayoría de estos jóvenes reconoce que no son físicamente animales, pero aseguran sentir una conexión profunda con esa identidad.

La historia cultural nos recuerda que estas experiencias no son completamente nuevas. La literatura y la psicología han explorado durante siglos la capacidad humana de disociarse de la realidad mediante narrativas internas.

El caso más célebre es, sin duda, el de Don Quijote de la Mancha. El personaje de Cervantes termina viendo gigantes donde solo hay molinos porque su mente ha quedado colonizada por los relatos caballerescos que consume de forma obsesiva. Su identidad se reorganiza alrededor de esa ficción.

En términos psicológicos modernos podríamos hablar de disonancia cognitiva, de procesos de identificación simbólica o incluso de fenómenos de disociación.

Algo parecido ocurre en ciertas formas extremas de disforia de identidad, donde la experiencia subjetiva del yo entra en conflicto con la realidad corporal o social. En estos casos, la mente construye narrativas que intentan reconciliar esa tensión.

La cuestión que me preocupa es si la cultura digital está multiplicando las condiciones para que estos procesos se intensifiquen.

Nunca antes en la historia humana había existido un entorno donde millones de identidades alternativas pudieran encontrarse, validarse y amplificarse algorítmicamente en cuestión de horas. Lo que antes habría sido una fantasía privada puede convertirse ahora en una comunidad global con lenguaje propio, estética propia y reforzamiento constante.

No trato de ridiculizar a quienes participan en estas subculturas, sino de plantear una pregunta más profunda: ¿qué le está ocurriendo a una mente evolutivamente diseñada para sobrevivir en la naturaleza cuando pasa gran parte de su vida en entornos virtuales hiperestimulantes?

 

Debemos preguntarnos si estamos atrapados en modos de alerta que ni siquiera reconocemos: si utilizamos la preocupación como escudo, si confundimos vigilancia con responsabilidad".

 

Nuestro cerebro emocional es, en cierto sentido, prehistórico. Funciona con mecanismos que evolucionaron hace decenas de miles de años. Pero hoy se enfrenta a algoritmos invisibles capaces de modular nuestra atención, nuestras emociones y nuestra identidad.

La ansiedad que muchos experimentan puede ser, simplemente, el síntoma de este choque entre dos mundos: un hardware emocional antiguo intentando sobrevivir en un ecosistema digital radicalmente nuevo.

La gran incógnita es si nuestra mente logrará adaptarse a esta transformación cultural o si veremos crecer, generación tras generación, nuevas formas de fractura psicológica.

Mientras tanto, quizá convenga hacer un pequeño ejercicio de observación cotidiana. Durante una semana. En el trabajo, con los amigos, frente al móvil.

Preguntarnos si estamos atrapados en modos de alerta que ni siquiera reconocemos. Si utilizamos la preocupación como escudo. Si confundimos vigilancia con responsabilidad.

Porque a veces los depredadores más peligrosos no tienen colmillos ni garras.

Solo algoritmos.

 

Patrocinio Lorente Peinado

Doctora en Historia Contemporánea y profesora de Formación Profesional en Alguazas

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