Opinión

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¿Mazón habría llegado a ser ministro?

Publicado: 10/03/2026 ·06:00
Actualizado: 10/03/2026 · 06:00
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"Carlos Mazón podría ser el digno sucesor de Alberto Núñez Feijóo", escuché en la charla cafetera previa a una tertulia. Me pareció un alarde propio de esta tierra, un ataque de espontaneidad de esos que acostumbran a elevar las ínfulas de los mortales al Olimpo de los dioses. Justo cuando el president navegaba la cresta de la ola, construyendo un relato con bases más altas que la Torre de Babel, la providencia hizo que —como en el pasaje bíblico— el discurso se volviera contradictorio, los idiomas se mezclaran y su torre de marfil se desvaneciera. Mazón ocupaba las quinielas como ministro de un hipotético Gobierno central; incluso Isabel Díaz Ayuso le halagaba en público.

Todo cambió el 29 de octubre de 2024. Aquel día estuvo en el lugar equivocado, en el momento equivocado. La política, como la vida, depende a menudo de que la suerte sitúe las piezas en el tablero justo en el instante propicio. Hay ascensos meteóricos que responden más a una carambola del destino que a la proeza voluntaria. Y lo mismo ocurre con las caídas: descensos al infierno protagonizados no necesariamente por malas personas, sino por criaturas que, sencillamente, se han equivocado. Eso es lo que intentó describir Mazón en su último aliento político al dimitir: salvar su legado. Más que su trayectoria, buscaba rescatar su memoria personal; no quería ser recordado como el villano de la historia.

 

El hombre que lo fue todo en la Comunitat se ve hoy cuestionado incluso por ocupar su escaño. Hay quien quiere dejarle sin nada, obligándole a arrastrarse como la serpiente, mascota del pecado que él mismo cometió. El mismo al que acusaban de altivez por el veneno del poder, hoy no sabe dónde esconder su desnudez en el paraíso perdido. La serpiente le susurró que, si probaba el fruto prohibido, sería como Dios, ignorando que, en el imaginario colectivo de los suyos, ya lo era. Fue el gran engaño del "Acusador", ese que hoy no le deja dormir ante el clamor de las voces ajenas.

 

Mucho se ha escrito sobre el día en que todo terminó, sobre su travesía por el averno terrenal que le maldijo aquel martes de octubre. Sin embargo, poco se ha reflexionado sobre qué habría pasado si la Dana hubiese sido un simple chirimiri o si el president simplemente hubiera estado en su sitio.

 

Antes de la catástrofe, Mazón proyectaba una aureola de divinidad. En una sociedad valenciana tan dada a la exaltación de los poderes mundanos, se le rezaban letanías. Cualquier crítica era considerada un pecado capital, una ofensa a los mandamientos paganos. Incluso cuando el barro lo cambió todo, hubo quienes seguían presumiendo en los cenáculos de haberle saludado alguna vez, conservando la mano incorrupta para no perder el rastro de su halo. Los vecinos recordaban verle corretear en su niñez por el barrio, preguntándose si aquel líder no era, al fin y al cabo, el hijo del legendario médico alicantino, igual que los coetáneos de Jesús se preguntaban si no era el primogénito del carpintero.

 

Si en sus peores horas hubo quien le rindió pleitesía, movido por los residuos del pegamento del poder, imaginen qué habría sido de él sin el error del 29 de octubre. De haber seguido su ascenso fulgurante —siempre lastrado por su escasa afinidad con Génova 13—, no habría sido extraño verle de ministro, emulando a su padrino Eduardo Zaplana. Para su desgracia, parece haber heredado únicamente el gafe de su antecesor.

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