Celebrar los 35 años de la Casa de Cultura de l’Alfàs del Pi debería ser, ante todo, un ejercicio de memoria. De memoria completa, se entiende. Porque la memoria a medias tiene mucho de maquillaje institucional y bastante de prestidigitación política: se enseña una mano, se esconde la otra y, con un poco de suerte, el público aplaude sin preguntar quién puso realmente los cimientos.
La Casa de Cultura, inaugurada el 2 de marzo de 1991, no cayó del cielo ni brotó espontáneamente entre discursos, fotografías y aniversarios redondos. Fue un proyecto ambicioso, casi desproporcionado para un municipio que entonces apenas contaba con unos miles de habitantes, y precisamente por eso fue un acto de visión política. En aquel tiempo, mientras algunos —el actual alcalde, quien esto escribe y tantos otros— éramos poco más que críos de 16, 17 o 18 años que pasábamos las tardes en el parque municipal del centro del pueblo, había un alcalde llamado Antonio Fuster García, Toni Fuster, que no jugaba a imaginar el futuro: lo estaba construyendo.
Eran los años del cambio y por el cambio. Años de un PSOE orgulloso de sus siglas, de su historia y de su vocación transformadora. Con Toni Fuster al frente y un gran equipo de concejales, l’Alfàs empezó a aparecer en el mapa de los municipios punteros, no por casualidad ni por inercia, sino por decisión política.
Donde no había nada, comenzaron a levantarse infraestructuras sanitarias, educativas, sociales, culturales y deportivas que nadie en la comarca podía exhibir con tanta claridad: los centros de salud del pueblo y del Albir, el polideportivo municipal con aquella piscina pública que fue un auténtico hito, el Hogar del Pensionista y, por supuesto, la Casa de Cultura.
Por eso produce cierto sonrojo —y conviene decirlo sin levantar demasiado la ceja, aunque cueste— comprobar cómo algunas efemérides oficiales parecen empeñadas en practicar una modalidad muy nuestra: la historia por omisión.
Se homenajea al edificio, se recuerda al técnico, se cita al gestor, se celebra el aniversario, se anuncia la ampliación futura… y, sin embargo, el nombre del alcalde que impulsó aquel salto de época queda relegado a una especie de nota al pie invisible. Como si Toni Fuster no hubiera existido. Como si la política municipal moderna hubiera nacido ya adulta, con corte de cinta incorporado.
Pero muchos alfasinos sabemos que no se puede explicar el municipio actual sin hablar de él. La transformación de l’Alfàs en un lugar homologable con el
resto de Europa en servicios e infraestructuras tuvo un artífice político principal: un alcalde que gobernó desde 1979 durante 24 años y que dedicó su vida pública a su pueblo. La Casa de Cultura fue antes una idea en la mente de un visionario que una realidad de ladrillo, auditorio y cerámica. Hoy Toni Fuster tiene 83 años, y tal vez por eso mismo resulta más urgente reconocer lo evidente mientras la memoria todavía puede mirar a los ojos.
No se trata de restar méritos a nadie. Al contrario: una comunidad madura honra a todos los que hicieron posible su progreso. Pero honrar a todos no puede significar borrar al principal impulsor. Sería impensable que dentro de 35 años alguien hablara del pabellón cubierto sin mencionar a Vicente Arques. Pues bien, igual de extraño debería resultarnos hablar de la Casa de Cultura sin Toni Fuster.
Quizá algún día el Ayuntamiento tenga a bien crear una sala de alcaldes que recuerde a quienes presidieron la corporación y contribuyeron, con aciertos y errores, a escribir la historia local. Sería una forma sencilla de honrar no solo a los nombres, sino también a los vecinos que vivieron aquellas etapas.
En fin, la política y los políticos tienen estas cosas raras: a veces inauguran el futuro y otras veces se les olvida quién empezó a levantarlo.