Ahí estaban las mascarillas, en el lineal de las ofertas del día, escoltadas por la horchata y los fartons. Por lo menos, si nos confinan, tendremos algo que merendar. Eso y papel higiénico. Han conseguido desentrañar todas las pesquisas de la estrategia contra el covid-19; sin embargo, todavía nadie ha averiguado por qué millones de personas reaccionaron al encierro comprando de forma compulsiva dobles capas para limpiarse el culo. Cuando hubo el apagón, también hubo gente que hizo acopio de él. No entiendo cómo no ha hecho Iker Jiménez un especial sobre el asunto.
En las últimas semanas había más gente de lo normal comprando en el supermercado; es asomar la palabra "confinamiento" y nos entran ganas de comer. No nos dejarán salir, pero nadie nos va a quitar de hincharnos a helado, pipas, ganchitos y demás "alimentos asintomáticos". Con razón estaban en oferta las mascarillas, esas homologadas que quizá lleven el sello de Aldama y Ábalos. Que no les extrañe que esto sea una estrategia de José Luis para salir de la cárcel: "Pedro, si quieres que los españoles tengan mascarillas, sácame de aquí". Si el covid-19 lo liberaron los chinos, el hantavirus lo ha liberado Jéssica para volver a reunirse con su amor. Sabe que el único que nos puede salvar es el exministro, sobre todo teniendo en cuenta la ministra de Sanidad que tenemos.
Se quejaban de Salvador Illa, de que si era filósofo y que qué hacía un socrático dirigiendo el Ministerio de Sanidad. Ahora tienen lo que querían: a una médica y, además, madre velando por nuestra salud. Illa no sería doctor en inmunología, pero por lo menos no daba vergüenza ajena. Mónica García es anestesista; le voy a pedir una anestesia para que me ayude a pasar el calvario de tener políticos como ella. Sufre el mal de los dirigentes de hoy: el síndrome de hablarnos como si España fuera una gran barra de bar y ellos fueran los amos de la tasca, ese que se tira noche y día en el mismo sitio, en la misma esquina, fundiendo la bombilla de la lámpara que orbita sobre su cabeza.
Es normal que tengamos esa sensación de que no hay nadie a los mandos; pero, más que la falta de cabezas pensantes, lo que se provoca es que se dispare la histeria colectiva. Antes teníamos comités de expertos vacíos, sin gente; ahora los tenemos, pero están llenos de iletrados. Escucha uno hablar a los miembros del Ministerio de Sanidad y se pregunta si está escuchando a su vecina presidenta de la comunidad o a un miembro del Gobierno de España. Menudo nivel. Ese es uno de los motivos por los que se palpa la tensión en el ambiente: estamos a esto de que, en cuanto alguien viole el espacio personal, se le levante una frontera de zona de seguridad antiviral.
Nos metieron a todos el miedo en el cuerpo con la paciente ingresada en el Hospital de Sant Joan, en Alicante; entiendo que toda precaución es poca, pero, a juzgar por los despliegues de algunos informativos, la comparecencia confinada de Pedro Sánchez se preludiaba. Ahora la mujer ha resultado dar negativo en la PCR. A pesar de que los expertos —los de verdad y no los que asesoran a los que nos gobiernan— han dicho por activa y por pasiva que el grado de contagio no tiene nada que ver con el covid y que es más acotado, no dejaban, desde diferentes frentes, de meternos el miedo. Hace unos días murieron dos guardias civiles a manos de los narcos, una guerra que es más importante que la del hantavirus, pero había que hablar de la enfermedad. Parece que a determinados medios de comunicación no les interesa informar, sino asustar; que gastemos papel higiénico secando nuestras lágrimas de angustia.