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TRIBUNA LIBRE

Lo que la ciudadanía percibe del conflicto docente valenciano

Publicado: 10/06/2026 · 06:00
Actualizado: 10/06/2026 · 06:00
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Si hoy preguntáramos a dos valencianos por la huelga de la enseñanza pública, es probable que describieran dos conflictos distintos. Uno hablaría de sueldos, de aulas masificadas y de centros sin reconstruir tras la Dana. El otro hablaría de valenciano, de libertad de elección de lengua y de una ley que unos quieren aplicar y otros derogar. Y lo desconcertante es que los dos tendrían razón. Estarían describiendo el mismo conflicto. Solo que leído desde extremos opuestos.

Conviene entender cómo hemos llegado hasta aquí, porque dice mucho más de lo que parece del funcionamiento de las negociaciones.

El 11 de mayo, cuando arrancó la huelga indefinida, la primera desde 1988, sobre la mesa había un pliego de reivindicaciones ordenado de mayor a menor urgencia, tal como se trasladó a la opinión pública: salario, ratios, plantillas, reconstrucción de los centros afectados por la Dana, reducción de la burocracia y, muy al final de la lista, el modelo lingüístico. La lengua ocupaba el sexto lugar de siete bloques. No era el motivo prioritario de la movilización, era una reivindicación más.

Ese es el motivo de la huelga que la ciudadanía recibió. Y es, en buena medida, el que sigue teniendo en la cabeza.

Pero la negociación ha ido dando la vuelta a ese orden original. El salario, que abría el pliego, es hoy lo más resuelto: hay una oferta sobre la mesa (una subida progresiva que situaría a los docentes valencianos entre los mejor pagados de España) y dos de los sindicatos convocantes, ANPE y CSIF, la aceptaron el 25 de mayo y desconvocaron la huelga. El modelo lingüístico, que cerraba el pliego, se ha convertido en la línea roja que mantiene viva la huelga para los tres restantes sindicatos. Lo esencial al principio se ha hundido hasta el fondo. Lo accesorio ha ascendido hasta la cima.

La división sindical es el marcador visible de ese giro. Dos centrales sindicales aceptan por lo material y tres lo rechazan por lo lingüístico. El conflicto ha cambiado de eje sin moverse de sitio, paradójico, ¿verdad?

¿Por qué se ha invertido el orden? No por un repentino giro ideológico, sino por la naturaleza de cada reivindicación. Lo material era negociable. El Consell podía poner dinero, plazas y calendario sobre la mesa, y lo hizo, ya veremos con qué consecuencias. Lo lingüístico no era, ni es negociable. Toca una ley en vigor, la de libertad educativa, aprobada por Les Corts, que el Consell considera innegociable en una mesa sectorial. De modo que la negociación fue resolviendo lo resoluble, que por eso descendió de orden en el pliego de reivindicaciones, dejando intacto lo irreducible, que por eso emergió.

Es el sedimento natural de cualquier negociación. Lo fácil se disuelve y baja. Lo difícil flota y sube. No hace falta atribuir mala fe a nadie para explicarlo. Lo que tiene precio se acaba pagando, y lo que no lo tiene se queda esperando.

La última oferta del Consell, ya entrado junio, lo confirmó una vez más. Subió de nuevo las ratios y las aceleró, añadió un plan para climatizar las aulas y más plazas de profesorado, hasta superar los 3.300 millones comprometidos. Y volvió a dejar intacto el único punto que no puede o no quiere mover: el valenciano. Lo negociable crece; lo irreducible sigue donde estaba.

Pese a todo, la ciudadanía sigue leyendo la huelga en su orden original, lo material arriba, mientras la negociación sigue con el orden invertido, lo lingüístico arriba. Las dos lecturas conviven sobre los mismos hechos. Por eso pueden afirmarse a la vez cosas ciertas y contradictorias. El Consell sostiene que las reivindicaciones materiales están atendidas, y es verdad; los sindicatos sostienen que el conflicto sigue abierto, y también lo es. Cada uno mira la lista por el extremo que le conviene.

Y esa brecha no es neutral. A quien quiere restar apoyo a la huelga le conviene subrayar que lo que queda es ideológico, una huelga sobre el modelo de lengua moviliza menos simpatías que una sobre sueldos y aulas. A quien quiere mantener la presión le conviene lo contrario, conservar el relato material, el que llenó las calles en mayo. La distancia entre lo que se negocia y lo que se percibe se ha vuelto, ella misma, un campo de batalla.

El propio Consell ha llevado esa batalla a su extremo. La última mesa sectorial se retransmitió en directo, algo insólito, para que cualquiera pudiera ver, minuto a minuto, cuánto se ofrecía. Los sindicatos lo calificaron de "rueda de prensa" y de "acto de campaña". No les faltaba razón, Cuando una negociación se emite en abierto, deja de ser solo una negociación y se convierte también en un mensaje.

Ninguna de las dos partes miente. Las dos seleccionan. Y el ciudadano, que no se sienta en la mesa sectorial y solo dispone del relato que le llega, se queda con una fotografía que dejó de ser exacta hace semanas.

Hay, además, una capa que no entra siquiera en esa batalla de relatos, y que es quizá la más oculta para la mayoría de ciudadanos. El esfuerzo material del Consell —la subida salarial, las plazas, el calendario de ratios, la climatización— supera ya los 3.300 millones comprometidos hasta 2029, y se ha hecho a pesar de gobernar una de las comunidades peor financiadas de España. Es dinero comprometido sin que nadie haya explicado de dónde saldrá, ni qué otras partidas (sanidad, dependencia, la propia reconstrucción post Dana), tendrán que estrecharse para hacerle sitio. Nadie ha hecho ese cálculo, o al menos nadie lo ha mostrado. Ni el Consell, que prefiere hablar del acuerdo, ni los sindicatos, a quienes el coste de oportunidad les resulta ajeno.

Y conviene anticipar lo que tampoco se ve. Si una huelga ha logrado, a fuerza de presión, mover el presupuesto a su favor en plena escasez, otros colectivos igualmente legítimos (sanitarios, funcionarios, trabajadores sociales), habrán tomado nota. Lo que hoy se percibe como una victoria es también, visto con perspectiva, la primera página de un problema mayor.

Quizá sea esa la lección menos comentada del conflicto. En las disputas largas, lo que se discute y lo que se percibe acaban separándose; y lo que se concede y lo que se puede pagar, también. Cuando todo se desacopla, lo relevante deja de ser quién tiene razón sobre el fondo. Pasa a ser quién impone su relato hoy y quién paga la factura mañana.

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