Opinión

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EL JOVEN TURCO

Las pesadillas no tienen gradaciones

Publicado: 09/03/2026 ·06:00
Actualizado: 09/03/2026 · 06:00
  • Un edificio en Beirut (Líbano) destruido por los ataques aéreos de Israel.
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Willy Brandt sabía, como pocos líderes políticos, lo que significaba la cicatriz de la guerra. 

Quizás por eso, como canciller alemán, se arrodilló en el gueto de Varsovia pidiendo perdón por los crímenes que habían cometido los mismos que también habrían querido asesinarlo a él. Brandt formó parte de la resistencia contra los Nazis, tuvo que exiliarse por ello y asistió al intento de exterminio de todos aquellos que pensaban como él. Sin embargo, su gesto -pese a ser una víctima quien se arrodillaba- se hacía cargo del perdón de los victimarios. Escribió en sus memorias que ‘desde el fondo del abismo de la historia alemana y bajo el peso de millones de muertos, hice lo que los seres humanos hacen cuando las palabras fallan’. Y conformó una imagen más poderosa que cualquier palabra.

Pedir perdón no era para Brandt un sinónimo de debilidad, sino de grandeza. También de esperanza. 

Algo impensable en un mundo donde la definición de fuerza se circunscribe a la fuerza bruta. A la bélica. Al tamaño del arsenal nuclear, a la capacidad de infringir daño y el miedo que produzca esa opción. 

A Brandt le asistía la inteligencia y la conciencia, pero nadie se imagina hoy a Trump, Netanyahu o Putin arrodillándose, pidiendo perdón por sus propios crímenes, ni mucho menos haciéndolo por los de otros. La dinámica de hombres -no por casualidad, hombres- fuertes es la de un poder sin conciencia, pero también sin límites.

Y siempre ha habido una correlación entre la civilidad y los límites al poder. Los límites al poder nos previenen de los malos líderes, pero especialmente de los líderes crueles. De los grandes verdugos de la historia. Por eso, cuando cayeron bombas sobre Gaza el mundo quedó expuesto. Cuando se permitió aquella injusticia se abrió el camino a todas las que le siguen. El orden internacional, que significaba un frágil equilibrio en el que hasta los poderosos debían ajustarse a las normas o disimular su incumplimiento, está enterrado bajo las ruinas de la franja. Bush no tenía mejores intenciones de las que tiene Trump, pero en la diferencia de lo que uno tuvo que hacer para impulsar su guerra criminal y la ausencia de controles del segundo está el cambio de época.

Hoy los medios ya no importan, si acaso ya solo se disimula en los fines. Y poco. Hay quienes pretenden hacernos creer que lanzar bombas en Teherán es una misión democratizadora, como si se exportara democracia desde el aire. Pero todos tenemos la certeza de que quienes dicen abominar del régimen de los Ayatolás y justifican la guerra con ello, no solo no están preocupados por la situación de las mujeres o la oposición política en Irán, sino que serían los más devotos seguidores del movimiento religioso ultraconservador si hubieran tenido la casualidad de nacer allí. Solo hay que ver el silencio ante ese coro de fanáticos que rezó desde el despacho oval. 

Y, ¿cómo justifican aquellos que andan súbitamente preocupados por los derechos en Irán, Venezuela o Cuba que la receta para ayudar a esa población sea hacerlos sufrir hasta la extenuación, mediante la sangre o el hambre? Nunca se ha liberado a nadie mediante la crueldad hacia ellos. 

El caso de este último país es especialmente significativo, porque el tiburón inmobiliario que hoy ocupa la casa blanca no es Brandt, pero entiende la importancia de los gestos. Quiere doblegar a la pequeña isla que plantó cara al gigante, a costa de muchos pesares y de décadas de claroscuros, ante los que formarse una opinión clara es probablemente el camino más recto para equivocarse.

Trump no quiere pedir perdón por los crímenes del imperialismo, al revés. Trump quiere acabar el trabajo. Ser quien acabó lo que no pudo lograrse en Bahía de Cochinos. Volver a la Cuba de un Batista; llámese Delcy. El presidente americano sabe que probablemente la isla no le aporte un gran bagaje geopolítico en términos de recursos, posicionamiento o importancia estratégica pero sí que le otorga la imagen de un imperio que dobla, ahora sí, el brazo de quienes osen contradecirlo.

Hace pocas semanas relataba el escritor cubano Leonardo Padura -que ha practicado el desarraigo interior viviendo la casi siempre definida como ‘peor que nunca’ situación de la isla- que hasta las pesadillas pueden tener gradaciones. Como en Gaza, lo que ocurre en Cuba también marca el precedente de cómo puede estrangularse a un país ante la impasividad del resto. Y así hasta que llegue el siguiente.

Y esa es la decisión por tomar; la de si permitimos que decidan las gradaciones de las pesadillas aspirantes a tiranos o no. Ese es el camino que nos proponen quienes apuestan por tragar para evitar la furia del imperio. El camino opuesto es el que nos marcó Brandt que sabía que en realidad no pueden gradarse las pesadillas, no podemos rendirnos a ellas a medias; que ir cediendo poco a poco la humanidad, solo lleva a perderla por completo.

Pobre de quien se crea que está más cerca de sentarse en la mesa de los hombres fuertes que de ser quien sufre un apagón en el Vedado de La Habana o se refugia de una bomba en Oriente Medio.

De todo eso trata el No a la guerra.

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