Vivimos tiempos convulsos, propios de un cambio de era, o quizás al retorno a otra época que nunca se fue. Muchos se desgañitan afirmando que el comportamiento de Donald J. Trump en la esfera internacional (con la operación policial reforzada por medios militares en Venezuela) es la vuelta a la ley de la selva, a la ley del más fuerte. Como diría el Nazareno, ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. La ley del más fuerte nunca se fue.
Cuando el mundo carece de un país o unos países líderes, se instala el desorden y el caos, que traen consigo muerte y violencia. Recordemos momentos caóticos de la Edad Media. Aunque también la existencia de muchos liderazgos, la multilateralidad que dicen, nos ha traído un sin fin de conflictos, y competencias varias. Recordemos el siglo XIX y las guerras entre los imperios europeos y similares que acabaron en la Primera Guerra Mundial.
En cambio, cuando ha existido un poder único ha traído la paz. Recordemos la Pax Romana, de la Urbi et Orbi, desde tiempos de Gaius Octavius, ergo Emperador Augusto. Incluso la existencia de sólo dos poderes es defendida por Henry Kissinger, como la mejor forma de mantener la estabilidad y equilibrio en el mundo con su teoría del Balance of Power.
Ahora mismo, según el relato de los globalistas de la UE, ergo Bruselas, y sobre todo de la progresía, Trump está creando un neocolonialismo, cuando éste nunca ha desaparecido, y precisamente ellos, por ejemplo, Keir Starmer y Emmanuel Macron, unos de los que más dan lecciones, es decir, Reino Unido y Francia, tienen más de una docena, cada uno, de colonias repartidas por todo el mundo, comenzando por el indigno e ilegal asentamiento del Peñón de Gibraltar, cueva de ladrones y del blanqueo; por no hablar del colonialismo económico como es, por ejemplo, el CFA, la divisa del Franco africano, controlada por Francia, aunque parece que ya tiene los días contados.
Lo que ocurre es que Trump, cuestiones de imagen y exabruptos varios al margen, no baila al son del ritmo de los lobbies financieros de Bruselas, Londres y Wall Street, y no ejerce la hipocresía de anteriores mandatarios. Emerge del espejismo del total multilateralismo y buenísimo preexistente para hacer frente al gran desafío que supone la China de Xi Jinping (de la que no se sabe si la economía USA se podrá desacoplar), aliada de la Rusia de Vladimir Putin, en un juego de tres liderazgos, con un cuarto actor, Europa, que no sabe lo que quiere ser de mayor (en esa lucha entre soberanistas y globalistas) que debería conformar pareja de baile con los USA, y así poder competir con la pareja euroasiática, en ese mundo de bloques bipolares y diversos liderazgos regionales, una versión de la Guerra Fría 2.0, que está dejando a Europa en la insignificancia.
En este renovado viejo orden, la polaridad no será tan intensa, no existirá, quizás, tanto control sobre los países, excepto directamente en las cercanas áreas de influencia, como debieron acordar Putin y Trump en su reunión de Alaska del agosto pasado, Ucrania para ti/mí, Hemisferio Occidental para ti/mí, debieron decirse. ¡Ojo! pero China, también juega en este reparto, para el imperio del centro será el área de su mar Meridional en el que ocupa mar territorial de sus vecinos. Así mismo existirán liderazgos regionales sobre los que ambos bloques querrán influir/controlar, con mayor o menor entidad, pues aquí se incluirían Brasil, India, Turquía, Nigeria, Indonesia, etcétera.
Y mientras Bruselas sigue suicidándose con un tiro sobre las cabezas del sector agropecuario europeo con la firma del acuerdo con Mercosur, ese sector que ahora mismo está en pie de guerra, y se resiste a morir. Aunque quizás hay un rayo de esperanza, porque gracias al posicionamiento inicial de Viktor Orbán (Hungría) en contra del acuerdo, también de Polonia y con la adhesión (por vergüenza torera) de Irlanda, parece que Francia también (con un Macron en mínimos en las encuestas), y algún que otro país, ya iremos viendo si puede salvarse nuestra agricultura, ergo campo, ergo ecología, por lo que parece inaudito que esos ecologistas de salón no se manifiesten y movilicen también, y después se molestan porque les llaman ecologetas…