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TRIBUNA LIBRE

La paz del ternero y el León

Publicado: 16/06/2026 · 06:00
Actualizado: 16/06/2026 · 06:00
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Las cámaras representativas estaban fracturadas y agitadas tras tanto rugido de eslóganes estériles y zarpazos hirientes. Urgía que, desde una distancia multisecular, cruzase el Papa León los broncíneos leones que escoltan el umbral del Congreso. Aún arriesgando ensuciar su blancura serena en el barro presentista del hemiciclo, se atrevió a promover esa paz del ternero y el león que pacen juntos en la maravillosa visión del profeta Isaías.

Ya en la recepción en el Palacio Real el Pontífice había anunciado su propósito: “Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación”. El Papa no ha visitado a los representantes públicos para venderles un programa político ni para sermonearles, sino para remediar una amnesia que se empezaba a hacer crónica: habían olvidado alzar la mirada, más allá de la refriega partidista y de la ansiedad de los noticieros, para captar la altura de su noble tarea de servicio al bien común.

El comienzo de la reconciliación que propone el Papa es tan sencillo como ese grano de mostaza que preconiza el Reino de Dios en el Evangelio: recuperar el respeto y el cuidado de la lengua. Advertía Wittgenstein que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. ¿Cómo, entonces, ensanchar un mundo en el que todos puedan arraigar y florecer, si el lenguaje político es cada vez más estrecho de miras, cuando no mitinero, burocrático y vacío; si se concibe más como una herramienta de poder unilateral (máxime ahora que la tiranía del algoritmo amenaza las formas de vida y convivencia auténticamente humanas) que como un lugar de relación y diálogo? Por eso alabó el Papa León a nuestros poetas, custodios de la fuerza embellecedora y comunicativa del lenguaje. Ya el fin de semana había convocado los versos de San Juan y Santa Teresa, de Lope y Calderón, y en el Congreso quiso traer a Unamuno y a Cervantes a la palestra.

Además, el Pontífice recordó que la base de nuestras instituciones, que se asienta en las colinas de Roma, Atenas y Jerusalén, se expandió en América y atraviesa las revoluciones norteamericana y francesa, lleva por nombre dignidad. Es una cualidad del ser personal, e implica un imperativo muy preciso: apreciar la libertad del otro y confirmar su alteridad. Este respeto encuentra una escenificación privilegiada, casi sacramental, en la atención y el cuidado que en la comunidad recibe el vulnerable, que no se vale por sí mismo y necesita a los demás: el niño que ha nacido y el que va a nacer; el enfermo o el anciano, dependiente o no; el inmigrante, venga de donde venga y como venga; el marginado o el desesperado ante la falta de oportunidades; la familia necesitada de hogar y educación en libertad. Todos ellos son los pobres con quienes el cristiano está llamado a identificarse, porque nadie, sin excepción, nace, crece y muere autosuficiente.

Tras su brillante discurso, Sus Señorías prorrumpieron en aplausos. Sería un error interpretar las palabras del Santo Padre como respaldo o reprimenda de uno u otro programa político. La doctrina social de la Iglesia, que es exactamente el contenido de las reflexiones del Papa, es un conjunto de ideas universales que orientan la misión de los distintos actores sociales. Ni más ni menos.

Siguiendo la célebre definición de la política como “el arte de lo posible”, es a los representantes públicos a quienes corresponde hacer posible la dignificación de las realidades humanas, en una tensión constante entre la irrenunciabilidad de los valores imperecederos y lo que las fuerzas parlamentarias y sociales permiten. Y en esa tensa misión tienen plena libertad y creatividad: cada partido opta por una estrategia para hacer viable la verdad en el momento presente; habrá quienes conciban la paz y la concordia civil como un máximo moral cuya consecución permite dosificar la plasmación normativa de ciertas prescripciones de derecho natural; mientras que otros buscarán una implantación positiva más frontal de esas mismas exigencias. Lo crucial es la apertura de las instituciones al horizonte del ser personal del hombre y la mujer.

De los monarcas santos canta Julio Martínez Mesanza que “ellos nunca quisieron ser los dioses, pues Dios era su sueño y su vigilia”. Tampoco vino el Papa León a imponerse ante los leones del congreso, ni a designar a un defensor fidei, sino a recordar a aquellos a quienes los ciudadanos han cedido el poder que hay algo más grande y noble que la demoscopia: la ilusión de hacer posible en este tiempo y en esta España nuestra un lugar de justica, paz, libertad y fraternidad, que muchos conocen como el Reino de Dios.

José Marí-Olano de Gregorio es abogado de la Generalitat

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