Las palabras se descargan por el mal uso. Pierden su potencia cuando se emplean de forma imprecisa, malgastando el valor semántico que atesoran. De potentes armas para el debate devienen en meras muletillas que sirven para todo y, por lo tanto, para nada. En España, país experto en todo tipo de chapuzas -también lingüísticas-, lo comprobamos con una de las palabras de moda: facha.
El término ha perdido su significado. Lo mismo sirve para descalificar al que sale de misa que al que lleva la pulserita rojigualda. El que no ha leído a Proust, es facha. Tanto como el que juega al pádel, sobre todo un viernes a mediodía. ¡Y cómo no va a ser facha quien, pudiendo vivir en una VPO, se compra un chalet! A menos que tenga carnet de Podemos, claro, que eso inmuniza ante dos males: el fascismo y la vergüenza.
El extenso marco mental generado en torno a la palabra facha se resume en una breve acepción en el diccionario de la izquierda: todo aquel que piensa diferente a mí. Esta definición es la argamasa ideal para levantar el muro con el que sueña nuestro presidente del Gobierno. Esta irresponsable actitud está consiguiendo difuminar en la memoria colectiva lo que realmente fue y significó el fascismo. Y esto, fuera bromas, puede ser muy peligroso. Todo el mundo otorga connotaciones negativas a la palabra facha o fascista. ¿Pero qué significa, en realidad?
El origen del término se remonta a Italia en 1919 en un contexto de grave crisis social, moral y económica tras la I Guerra Mundial. Benito Mussolini fundó los fasci di combattimento, unas milicias violentas que actuaban contra representantes políticos y sindicales. En 1921 el fascismo se organizó como partido político y un año después promovió la marcha sobre Roma, con la que coaccionó al rey Víctor Manuel III a encargar a Mussolini la formación de gobierno. Fue el primer paso hacia una dictadura que se prolongó durante dos décadas y abocó a Italia a la trágica II Guerra Mundial.
El movimiento fascista tuvo su eco en otros países europeos. En España, a través de la Falange Española, fundada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador que gobernó el país entre 1923 y 1930. Como sus inspiradores italianos, el pistolerismo de los camisas azules incrementó la violencia política en los últimos tiempos de la República. Franco, que como el resto de militares siempre desconfió de José Antonio, a quien consideraba un señorito, aprovechó su muerte (en Alicante) para establecer un falangismo de Estado. Promovió el encuadramiento de masas en sindicatos, secciones femeninas, juveniles y milicias para consolidarse como caudillo, fomentar el pensamiento único y ejecutar una brutal represión durante y tras la Guerra Civil.
El fascismo, por tanto, representa a uno de los movimientos más siniestros del mundo occidental del siglo XX. Un modelo que avaló dos de las más longevas dictaduras del siglo XX en Europa: Italia y España, que acumulan centenares de miles de víctimas. La mayor parte de las cuales, precisamente, por no pensar igual que los que tenían las armas. Eso es ser facha: avalar esta forma de pensamiento y de dirigir una sociedad, basada en el autoritarismo, la intolerancia y la violencia. Comparar esto con el chiringuito que se montó Abascal cuando intuyó que se le acababa el sueldo público en el PP es de un simplismo abrumador. Y, posiblemente, malintencionado. Vaciar la palabra facha de su pleno y verdadero significado concede carta blanca a quienes verdaderamente pueden ser etiquetados por ella. Les permite moverse mejor en una sociedad que, supuestamente, está repleta de semejantes.
¿Recuerdan el cuento de Pedro y el lobo? Por otra parte, descalificar con la palabra facha al amplísimo sector de la sociedad española que es partidaria de opciones políticas liberales o conservadoras es proclamar abiertamente el intento de aniquilar en España la existencia de una derecha moderna, culta y reformadora.
La misma que ha contribuido a construir el estado del bienestar en Europa desde que acabó la Segunda Guerra Mundial y de la que nadie puede avergonzarse. Es curioso que quienes se otorgan la potestad de designar quién es facha, por ridícula que sea la razón, sean precisamente los que dicen defender la memoria histórica. Acusar de facha por doquier es una ofensa a las personas que sufrieron el fascismo y a las que lucharon contra él.
La hipérbole del término aplicado a la situación actual empequeñece las tragedias que causó. Por eso, más nos valdría no utilizar la palabra a la ligera, aunque eso le suponga a más de uno empezar a gobernar en lugar de fomentar el eterno guerracivilismo para ocultar su viaje a ninguna parte.
Juan Enrique Ruiz es periodista y profesor de Historia