CASTELLÓ. Estamos criando a la primera generación de adictos digitales… y seguimos actuando como si fuese un problema de disciplina individual.
El deterioro de la salud mental en jóvenes (y los no tan jóvenes) —ansiedad, depresión, baja autoestima, incapacidad de concentración— no es una suma de casos aislados ni una moda generacional. Es el resultado lógico de un entorno diseñado para captar atención de forma agresiva y constante.
Las redes sociales no son herramientas neutrales: son productos optimizados para maximizar tiempo de uso. Cada notificación, cada scroll infinito, cada vídeo corto responde a un modelo de negocio basado en retenernos el mayor tiempo posible. Y en ese contexto, hablar de “falta de autocontrol” en adolescentes es, como mínimo, simplificar en exceso el problema.
La clave no está en la tecnología, sino en los incentivos. Las plataformas crecen cuanto más tiempo pasamos dentro; los creadores son recompensados por generar impacto inmediato, no necesariamente por aportar valor; y los algoritmos priorizan lo emocional, lo rápido y lo superficial frente a lo complejo y lo profundo. El resultado es una dinámica donde la comparación constante, la búsqueda de validación y el consumo rápido se convierten en norma.
Ahora bien, reducir el problema a una crítica a las plataformas sería insuficiente. Porque este es, en esencia, un fallo colectivo. Las familias han normalizado el uso del móvil como herramienta de gestión del tiempo y del comportamiento. El sistema educativo sigue centrado en contenidos tradicionales sin abordar de forma real la alfabetización digital. Las empresas tecnológicas optimizan métricas de engagement sin asumir plenamente su impacto. Y los reguladores reaccionan tarde y con dificultad ante un fenómeno que avanza más rápido que cualquier marco legal. Pero, además, hay una responsabilidad individual que tampoco puede ignorarse: seguimos eligiendo lo inmediato frente a lo relevante, lo fácil frente a lo exigente.
La solución, por tanto, no pasa por prohibiciones simplistas ni por discursos alarmistas. Pasa por entender la naturaleza del problema. Regular ciertos mecanismos de diseño adictivo será necesario, igual que lo fue en su momento con otros sectores. Educar en pensamiento crítico y en gestión de la atención será imprescindible. Y, sobre todo, será clave asumir que convivimos con tecnologías diseñadas para competir por nuestro tiempo. Igual que nos toca aprender a alimentarnos en un entorno de abundancia, tenemos que aprender a gestionar nuestra atención en un entorno de estímulos infinitos.
Porque la cuestión de fondo no es cuánto tiempo pasamos en el móvil.
La cuestión es si estamos dispuestos a cambiar el sistema de incentivos que está moldeando cómo piensan, cómo se relacionan y cómo se construyen a sí mismos.
Jose Bort. Presidente Fundación E&S, XarxaTec y autor de El buen emprendedor