No recuerdo el día exacto, pero sí que fue por abril de 2007, hace ya casi dos décadas, en que alguien me invitó a meterme en política pese a que yo apenas sabía quién era alcalde en Orihuela -mucho menos, por supuesto, quiénes eran el resto de concejales en su ayuntamiento-. Meterme en política local, en la de mi ciudad. En la que más cosas puedes aportar de manera directa a tus vecinos. Hoy sé por fin, tras muchas experiencias, todas ellas apasionantes, que no me equivoqué al responder que sí.
Esta semana se llevó al Pleno del Ayuntamiento de Orihuela una propuesta para revisar de oficio el contrato que en 2008 adjudicó el consistorio, con la mayoría del PP, a un grupo de empresas mediante un contrato que ya entonces olía mal. Y no solo por tratarse del de servicio de recogida y tratamiento de las basuras… La decisión procede porque la Audiencia Provincial de Alicante, el pasado 8 de enero, falló por fin la rama oriolana del caso Brugal declarando, como base de las condenas de su sentencia, que ese procedimiento de licitación y adjudicación del contrato fue realmente un teatrillo. Que estaba todo amañado porque se adjudicó realmente al de siempre, al empresario amigo del PP y financiador de sus campañas. Con información previa que tenía, sin deber tenerla, de manos de cargos del PP oriolano.
Cuando me propusieron lo de meterme en política, sin experiencia alguna previa, lo único que me animó entonces fue, precisamente, colaborar a limpiar el nombre y el ayuntamiento de mi ciudad. Porque sabíamos ya desde 2002, por ejemplo, que el anterior alcalde del PP, Luis Fernando Cartagena, se había quedado con un dinero que no era suyo, sino de unas monjas. Como sabíamos también desde marzo de 2006 que Ángel Fenoll alardeaba de tener grabado a medio mundo para poder extorsionar a quien moviera un papel para que el servicio de limpieza viaria y recogida de residuos se licitara como tenía que ser saliendo del control del señor de las basuras.
Por eso unos cuantos nos metimos en esta aventura, convencidos de que había que acabar con titulares escandalosos, políticos corruptos y basuras malolientes más allá de sus naturales procesos de degradación. Por eso llevo desde aquel 2007 en que mi nombre apareció por primera vez en una lista electoral local convencido de que a veces es necesario ponerse a trabajar por que las cosas se hagan mejor. Al menos por evitar que los de siempre sigan haciéndolas mal. Y, lo que es peor, a propósito.
Lo de la revisión de oficio de aquel contrato es, como se dijo esta semana en el Pleno municipal de Orihuela, una solución jurídica: un “parche técnico” para ese roto que la Audiencia Provincial ha señalado en su sentencia. En efecto, es un paso que había que dar una vez que los jueces han dejado claro lo que había detrás de ese contrato. Pero sobre todo ha sido, seguramente, un plato nada fácil de digerir para ese mismo PP que sigue gobernando Orihuela como si no hubiera pasado nunca nada. Porque desde los años 80 así fue en esta Orihuela complaciente con sus políticos descarriados a los que nunca reprenderá más allá de lo necesario por sus travesuras, nos haya costado la broma lo que nos haya costado.
Porque más allá de las personas, que ahora ya realmente no importan, el problema es que seguimos empeñados en no exigir responsabilidad alguna a la organización que amparó y permitió todo lo sucedido. A ese partido que lleva años en Orihuela disimulando que fueron los suyos los que la liaron bien parda. Otro caso aislado más, por supuesto, de los muchos que conocemos del PP por aquí, como conocemos los del PSOE en otros lugares. Que en esto son ambos rematadamente buenos compitiendo cuando nos da por eso de que nos roben los nuestros.
Así es que cuando casi dos décadas después amanezco ya fuera de esa locura de la política local y me tomo mi café mañanero mientras leo en algún medio que en Orihuela un alcalde del PP ha propuesto que se anule aquel contrato que otra alcaldesa del PP calificó, literalmente, de “fetén”, no puedo evitar alegrarme por la decisión de meterme en política en mi ciudad por lo que se ha demostrado cierto. Más aún, incluso, cuando recuerdo que fui abogado de la acusación popular en nombre de mi partido en la fase de instrucción de aquel caso Brugal. Pero tampoco puedo evitar sentir cierta amarga frustración por la permanente ceguera, tan indolente, de tantos que han mantenido, y mantienen, su confianza en quien nos cuenta hoy que aquello que entonces fue una mentira se arregla ahora con un simple parche técnico.
Así, sin anestesia, sin empacho. Y sin vergüenza.