Dos sacudidas, un mismo sueño

Opinión

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Publicado: 09/08/2026 · 06:00
Actualizado: 09/08/2026 · 06:00
  • El Ejército transporta a centenares de migrantes desde las barriadas de Ceuta de vuelta a la frontera
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Hace justo un año, lo ocurrido en Torre Pacheco nos obligó a detenernos y a reflexionar sobre el modelo de sociedad que queremos construir. No solo sobre la manera de afrontar los conflictos, sino también sobre el lenguaje con el que los explicamos y sobre la facilidad con la que el miedo puede convertirse en rechazo, el rechazo en enfrentamiento y el enfrentamiento en violencia.

Hoy, al contemplar cómo la tensión vuelve a instalarse en otros lugares, Ceuta nos recuerda que la convivencia nunca puede darse por sentada. En una ciudad acostumbrada a vivir en la frontera, cada palabra adquiere un significado especial. Una acusación precipitada, una etiqueta repetida o un discurso que presenta al otro como una amenaza pueden ensanchar las distancias y hacer más difícil cualquier posibilidad de entendimiento.

De ahí nace este sueño. Sueño con que episodios como los de Torre Pacheco o Ceuta no se repitan ni se extiendan a otras ciudades de España o a ningún otro país. Sueño con que este deseo, que también puede ser el de muchas otras personas, nos ayude a buscar respuestas basadas en la serenidad, la responsabilidad y el respeto, y no en el odio, la sospecha o la confrontación.

No es, sin embargo, un sueño ingenuo ni ajeno a las dificultades de la realidad. Es el deseo de vivir en una sociedad capaz de reconocer los problemas sin convertir a comunidades enteras en culpables; de proteger sus fronteras sin deshumanizar a quienes llegan; y de afrontar la diversidad como una realidad que exige organización, responsabilidad y voluntad de convivencia.

Precisamente por eso, desde Ceuta —una ciudad marcada por su condición fronteriza—resulta inevitable reflexionar sobre cómo hablamos, qué palabras elegimos y qué consecuencias puede tener ese lenguaje cuando se instala en las tribunas políticas, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Las palabras no son inocentes cuando se repiten hasta construir una determinada mirada: pueden levantar muros, alimentar el miedo y legitimar la desconfianza, pero también pueden abrir puertas y favorecer la serenidad.

Sueño, por tanto, con que desaparezca de nuestra conversación pública ese vocabulario que convierte al otro en una amenaza. Me refiero a las palabras y etiquetas que transforman el origen, el color de piel, la nacionalidad o la procedencia en motivos de sospecha, desprecio o condena.

Esto no significa negar los problemas, ocultar los conflictos ni impedir la crítica. Significa abordarlos con rigor y responsabilidad, sin convertir a comunidades enteras en culpables ni presentar las diferencias como una amenaza inevitable. En el lenguaje que necesitamos recuperar deben ocupar un lugar central palabras como respeto, confianza, acogida, inclusión, dignidad, diversidad, paz, convivencia y seguridad.

Ahora bien, para comprender lo que ocurre también es necesario desconfiar de las explicaciones precipitadas. La visita de Pedro Sánchez a Argelia —o cualquier otra decisión diplomática concreta— no puede presentarse automáticamente como la causa de lo sucedido en Ceuta. Las relaciones entre España, Marruecos y Argelia forman un entramado político, diplomático y social demasiado complejo para reducirlo a un titular, a un Gobierno o a una única responsabilidad. Buscar un culpable inmediato puede resultar cómodo, pero rara vez ayuda a comprender la realidad.

Cuando los problemas se reducen a explicaciones simples, el resentimiento encuentra un terreno fértil. De este modo, quienes pretenden convertir las dificultades en una herramienta de división pueden enfrentar con facilidad a vecinos, comunidades y países. Los discursos de extrema derecha prosperan precisamente cuando transforman a las personas migrantes en instrumentos de sus estrategias políticas y presentan la diversidad como una amenaza. Dividir para vencer no es una solución sino una manera de profundizar las heridas e impedir cualquier respuesta serena.

Por eso, la repetición de estos hechos no debe conducirnos a la resignación. Al contrario, debería obligarnos a reconocer los patrones, aprender de lo ocurrido y actuar antes de que el conflicto se extienda. Si hace un año Torre Pacheco nos hizo reflexionar sobre el modelo de sociedad que queremos, hoy Ceuta vuelve a plantearnos la necesidad de elegir entre la confrontación y la convivencia, entre el miedo y la responsabilidad.

En ese contexto, ningún ser humano debería ser utilizado como moneda de cambio, rehén de una disputa diplomática, argumento electoral o combustible para la polarización. La dignidad de las personas no puede quedar subordinada a intereses partidistas ni a cálculos de poder. Nadie debería ser reducido a una cifra, a una amenaza o a una herramienta al servicio de una estrategia política.

Del mismo modo, la inmigración no puede gestionarse únicamente como una emergencia permanente o como un problema de seguridad. Es una realidad social que aporta trabajo, conocimiento, cultura, vínculos y nuevas formas de entender el mundo. Es cierto que nadie desea una inmigración irregular ni una gestión desordenada de los movimientos migratorios. La ciudadanía tiene derecho a reclamar fronteras seguras, normas claras y una política migratoria eficaz.

Pero defender la convivencia no significa aceptar la inmigración irregular ni renunciar al control de las fronteras. Significa comprender que la respuesta no puede consistir en criminalizar a todas las personas migrantes ni en utilizar su vulnerabilidad como instrumento político. La solución pasa por una gestión ordenada, vías legales y seguras, cooperación entre países y políticas eficaces de inclusión.

En consecuencia, luchar contra la inmigración no puede ser el único horizonte ni la respuesta a todos los problemas sociales. La seguridad es necesaria, pero no basta. Una política migratoria responsable debe combinar el control de las fronteras con la protección de los derechos humanos, la cooperación internacional, la integración y unas condiciones que permitan una convivencia real.

Integrar no significa ignorar las dificultades. Significa crear condiciones de participación, responsabilidad compartida y respeto mutuo. La población de acogida necesita sentirse escuchada, protegida y acompañada. Por eso son imprescindibles la seguridad, unos servicios públicos eficaces, información transparente, oportunidades y normas claras.

Al mismo tiempo, resulta fundamental impedir que cualquier conflicto se atribuya automáticamente a quienes llegan de fuera o que la frustración colectiva se descargue contra las personas más vulnerables. La seguridad y la convivencia no son conceptos opuestos. Una sociedad segura es aquella que protege a toda la ciudadanía, combate los delitos sin prejuicios y evita que el origen de una persona se convierta en una condena anticipada.

Para alcanzar ese equilibrio, la responsabilidad debe ser compartida. Las instituciones tienen que ofrecer respuestas eficaces y garantizar servicios públicos adecuados. Los medios de comunicación deben informar con rigor y evitar el sensacionalismo. Los responsables políticos deben abandonar la provocación y dejar de utilizar el miedo como herramienta electoral. Y la ciudadanía debe comprobar los hechos antes de difundir acusaciones, rechazar las generalizaciones y no permitir que el odio se convierta en una forma habitual de comunicación.

En realidad, la convivencia puede comenzar con acciones sencillas: pensar antes de insultar, comprobar antes de acusar y escuchar antes de juzgar. También exige recordar que ninguna persona puede reducirse a su origen, su color de piel, su nacionalidad o su situación administrativa. Detrás de cada cifra hay una historia, una familia, un proyecto de vida y una dignidad que merece ser respetada.

Por eso, Ceuta no necesita más odio convertido en consigna. Necesita seguridad sin prejuicios, firmeza sin crueldad y responsables políticos que dejen de jugar con las personas. Necesita discursos capaces de reconocer las dificultades sin convertirlas en armas arrojadizas y políticas que protejan tanto a la población de acogida como a quienes llegan en busca de una vida mejor.

Ojalá llegue el día en que pueda dejar de escribir sobre enfrentamientos y dedicar estas líneas a hablar de literatura, música y encuentros entre culturas; a contar todo aquello que nos acerca y nos recuerda que la vida compartida también puede construirse desde la belleza.

Hasta que llegue ese momento, debemos cuidar nuestras palabras y nuestras decisiones. Cada acusación sin pruebas, cada generalización y cada mensaje de odio puede abrir una herida que, con el tiempo, resulte mucho más difícil de cerrar. Las palabras pueden levantar muros, pero también pueden tender puentes.

Mi sueño comienza cuando dejamos de hablar de “ellos” y recordamos que, antes que nada, estamos hablando de personas. No consiste en ignorar los problemas, sino en afrontarlos sin deshumanizar a nadie. Tampoco consiste en elegir entre seguridad y convivencia, sino en comprender que no puede existir una seguridad duradera sin justicia ni una convivencia verdadera sin dignidad.

Torre Pacheco y Ceuta deberían ser una advertencia, pero también una oportunidad. Una oportunidad para aprender de lo ocurrido y elegir otro camino: uno en el que la serenidad sea más fuerte que el miedo, la responsabilidad más firme que la provocación y la convivencia más valiente que el enfrentamiento.

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